Jimmy: el VIH me ha dado una nueva vida

Se ha topado más de una vez con la intolerancia humana, la soledad y la gravedad de una enfermedad.

Investigación y textos: Rafahela García y Sandra Esquén.
© UNICEF Perú/2018/Volpe
UNICEF Perú/2018/Volpe

19 Julio 2018

Lo encontramos en la ventana de su casa. Su menuda figura nos lleva a pensar que se trata de un adolescente, pero su historia y la tristeza de su mirada nos confirman que es alguien que ha vivido mucho.  Y es que a sus veintiún años, Jimmy Krumm (nombre que él ha elegido para contarnos su historia), se ha topado más de una vez con la intolerancia humana, la soledad y la gravedad de una enfermedad.  Pero, también ha encontrado manos extendidas y voces comprensivas que le han devuelto la esperanza y lo han fortalecido.

Nos cuenta que recién hace seis meses fue diagnosticado como seropositivo. Recuerda que al recibir la noticia pensó que su paso por este mundo finalmente terminaba, que la tuberculosis con la que le tocó luchar a los diecisiete años había sido una advertencia del destino para que abandonara las noches de fiestas y alcohol que marcaron los últimos años de su adolescencia, una advertencia que él no había sabido escuchar.

Pero esos segundos de profunda y silenciosa reflexión se interrumpieron con un consejo en tono de mandato que le dieron casi al unísono el médico y la enfermera que lo atendían ese día en el Hospital Amazónico: “Vas a tomar los medicamentos, te vas a cuidar en tu alimentación, y vas a vivir, porque ahora nadie que se cuide, muere”, le dijeron.  El salió del nosocomio convencido de que ganaría la batalla al VIH, pero decidido a enfrentarla en silencio, a no contarle nada a su familia.

Por más de un mes se refugió en su cama, sin explicarle a su madre el porqué de sus malestares (reacción natural al inicio del tratamiento). Se sumía en el silencio, ese silencio que acompañó los años de su niñez en los que convivió con su padre, un hombre entregado a su iglesia cristiana quien por asegurarle bienestar económico lo dejaba solo mucho tiempo en una casa que la madre había abandonado por no compartir la misma religión y donde nunca hubo otros hermanos con quienes hablar y jugar.

Finalmente, ante la insistencia de su madre, reveló su nueva condición: “Soy portador de VIH y ya estoy recibiendo mi tratamiento”, le dijo una mañana a la autora de sus días. Ella, se resistía a creerlo, hasta que Jimmy la llevó al hospital donde recibe el tratamiento y consejería:

“No ha sido fácil, mi madre se quebraba, me quebraba yo, pero ahora hemos aceptado y estamos viviendo con esta situación, pero solo se lo hemos comentado a la pareja de mi mamá, a quien yo considero un padre”, comenta Jimmy.

Jimmy está convencido que un paso importante es aceptar su nueva condición de vida, pero reconoce que se trata de un camino duro: “Un día estuve a punto de abandonarlo todo, no veía futuro. Mi padrastro se dio cuenta y me dijo que conocía mucha gente que tenía lo mismo que yo y que vivía normal. A las pocas horas trajo a casa a una amiga de él que se veía muy saludable y ella me confesó que hace diez años había sido diagnosticada, y desde entonces no se apartaba del tratamiento. Me llenó de esperanza”, señala con voz entrecortada.

Y así fue. Conforme pasaron los malestares que genera inicialmente el tratamiento volvió a trabajar, a pensar en retomar los estudios de Farmacia que quedaron truncos por problemas económicos de su familia, creció su interés por participar y asumir roles de liderazgo en el colectivo LGTB de Pucallpa.

© UNICEF Perú/2018/Volpe
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“Nos están preparando para ser activistas y líderes, nos han hablado de la posibilidad de viajar a Italia a participar en un curso de formación y yo me estoy esforzando por estar entre los seleccionados”, nos dice, al tiempo que nos comenta que le gustaría, como líder LGTB, contribuir a la prevención del VIH, llevar a los adolescentes la información que no recuerda haber recibido en su etapa escolar, quizá porque no se la dieron, quizá porque no prestó atención.

Tiene ilusiones, pero también dolor y temor a que su condición de seropositivo sea descubierta. No es vergüenza, es miedo al rechazo, porque sabe que para ese dolor no hay fármaco que valga.

“Tenía una pareja que siempre me decía que entre nosotros no deben existir secretos, que le confíe todo, pero cuando le dije que era portador me dio la espalda. Yo no sé quién me contagió, de nada me sirvió ser sincero”, comenta.

A pesar de que visita a su padre biológico con regularidad, no considera la posibilidad de contarle que es portador del VIH: “Mi padre no es malo, pero jamás entendería, por eso mi madre me ha dicho que no le diga y tiene razón”, nos dice.

Tampoco quiere que sus amigos y conocidos lo sepan, porque teme que cambien su comportamiento hacia él y se le cierren oportunidades laborales: “Hace poco estuve trabajando como asistente de cocina, tengo mucha habilidad para cortar y picar. Jamás me he lastimado, no tengo un solo rasguño. Pero un día, otra compañera se cortó un dedo mientras preparaba una ensalada y se puso nerviosa. Me confesó que tiene algunos síntomas que le hacen pensar que es portadora, le recomendé hacerse el examen de Elisa y ella me preguntó si yo tenía VIH, si me había hecho la prueba. Le dije que no y me quede pensando que si algún día alguien se contagia por un accidente como el de ella pueden venir a hacernos un despistaje a todos y me descubrirían, por eso renuncié, cobre lo que me correspondía y me fui”, comenta.

Le preguntamos qué le ha quitado el VIH y nos dice que nada, que por el contrario le ha dado una nueva vida: “Sigo saliendo con mis amigos, yendo a fiestas, pero bebo muy poco, como saludable, descanso bien. No soy más el muchacho infaltable en los lugares donde había trago, no más aquel que era el primero en llegar y el último en irse. La vida que llevo ahora es mejor porque ahora tengo proyectos”, nos dice.

Y así lo dejamos, pensando en sus proyectos y caminando por las calles de Pucallpa, esa ciudad que no lo vio nacer, pero que él decidió convertir en su hogar, porque ahí siempre encuentra los brazos de su madre.