Catatumbo: miles de niñas, niños y adolescentes sufren el miedo y la inseguridad del desarraigo

Respuesta humanitaria para la niñez

María Cristina Rivera
niñas y niños desplazados del Catatumbo
UNICEFColombia/2025/N.deSantander/Rivera
18 Febrero 2025
Tiempo de lectura: 7 minutos

En cuestión de semanas, más de 52.000 personas se desplazaron en la región del Catatumbo, Norte de Santander, por causa del conflicto armado, incluyendo cerca de 20.000 niñas, niños y adolescentes que hoy tratan de continuar sus vidas en lugares de alojamiento temporal.  

Norte de Santander, febrero 2025

Sus vidas cambiaron de un momento a otro: tras las explosiones, las amenazas, los combates y la huida. De vivir en sus casas y comunidades, de jugar en sus fincas y asistir a sus escuelas, pasaron a buscar dónde refugiarse, en lugares como coliseos, alojamientos temporales, hoteles o a dormir en colchonetas en el piso. Dejaron sus rutinas atrás y pasaron a vivir en la incertidumbre del desarraigo, en el que ha sido definido como el mayor desplazamiento masivo registrado en la historia de Colombia en los últimos 28 años. 

Tras combates entre grupos armados ilegales que buscan el control del territorio, más de 20.000 niños, niñas y adolescentes han sido desplazados en la región del Catatumbo, al nororiente de Colombia limítrofe con Venezuela, desde finales de enero de 2025 y se calcula que otros 11.000 se encuentran confinados. Sus necesidades humanitarias son urgentes: el desplazamiento interrumpe sus dinámicas cotidianas, sus trayectorias educativas; los expone al riesgo de sufrir separación familiar; aumenta los peligros de violencia y abuso sexual y reclutamiento en los lugares de acogida; así como de contraer enfermedades respiratorias y digestivas por la falta de acceso a agua segura, higiene, saneamiento y a servicios de salud. La situación de las familias afecta sus capacidades para el cuidado y la protección de los niños, lo que aumenta los riesgos de violencia y negligencia.  

El desplazamiento genera también graves consecuencias, muchas veces invisibles, en la salud mental de la niñez. Las autoridades han identificado casos de ideación e intentos de suicidio y el deterioro de la salud mental de la niñez y sus familias, lo que aumenta su vulnerabilidad ante la violencia, el abuso y la explotación.  

“Ella temblaba, no podía hablar. No paraba de tiritar. Afuera los disparos seguían. Cerramos las puertas y las ventanas. Tenía tanto miedo, que se le adelantó el período”, cuenta la madre de Carolina*, una niña de 13 años, y de otros dos niños de 8 y 1 año, desplazada con sus hijos tras enfrentamientos en Teorama.  

“Cuando todo paró, cuatro días después, decidí salir, por la seguridad de mis hijos. Eso era una zozobra muy grande, yo ni comía ni dormía. Llegaron hombres armados y caminaban por las calles del pueblo, eran muchísimos y nos dijeron que mejor nos fuéramos”. Ella y su familia residen ahora en un alojamiento temporal, que recibe apoyo de UNICEF con la habilitación de espacios de aprendizaje, dotación y entrega de materiales pedagógicos a docentes,  instalación de espacios amigables , apoyo psicosocial, trasferencia de metodologías y acceso a algunas necesidades básicas como alimentación y puntos de hidratación.

Los niños y niñas en situación de desplazamiento son altamente vulnerables, necesitan atención y protección urgentes. “Esa protección es igual de importante para la niñez desplazada como para aquella que está confinada en sus comunidades. Los niños y niñas en situación de confinamiento no pueden acceder a sus derechos fundamentales como educación, alimentación o contar con espacios seguros para desarrollar sus rutinas, y están en alto riesgo de reclutamiento, uso y utilización por parte de los grupos armados”, asegura Olga Lucía Zuluaga, quien coordina la respuesta de emergencia de UNICEF en Colombia. 

Aunque, si bien, muchas familias han considerado la opción de regresar, todavía no hay garantías de seguridad para hacerlo. Otras han pensado en quedarse a vivir en ciudades como Cúcuta y Ocaña, donde tienen mayor acceso a servicios y empleo, pero donde deben conseguir un lugar para vivir y ver la manera en que sus hijos ingresen a la escuela. Quedarse, también los puede exponer a situaciones de discriminación y exclusión.  Muchas madres se desplazaron solas con sus hijos e hijas y sienten que no tienen razones para regresar a lugares donde vivir y sobrevivir es un reto: “no hay tantas opciones, no tenemos tantos apoyos. Yo allá en el pueblo me tengo que ir a trabajar a fincas y no tengo quién me cuide a los niños. Pero acá vivo también con la incertidumbre de qué pasará mañana y en condiciones muy difíciles”.  

“Si bien la ayuda humanitaria contribuye a aliviar las necesidades urgentes de las familias durante la emergencia, es importante garantizar las condiciones para un retorno seguro, con acceso a derechos, así como estrategias de apoyo, integración e inclusión para aquellas familias que decidan no regresar y continuar su vida en los lugares de acogida”, afirma Dayro Castro, coordinador territorial de UNICEF para Norte de Santander.

“Mis juguetes y mis cuadernos se quedaron allá”

Victoria* tiene 9 años y ya ha tenido que enfrentar dos desplazamientos. El primero fue cuando, por falta de oportunidades, migró de Venezuela, su país de origen, y llegó con su familia a Tibú; el segundo es ahora, un desplazamiento interno a Ocaña donde su familia se resguarda del conflicto armado. Se calcula que cerca de 4.667 personas desplazadas del Catatumbo son de nacionalidad venezolana. 

“Mis papás decidieron venir por lo que estaba pasando, allá había muchos tiros. Y en Tik Tok montaron un video en que en las montañas estaba la gente gritando y llorando, todos estaban asustados. Mi mamá le rogaba a mi papá: “no salga, no salga”, porque mi mamá quiere mucho a mi papá. Después hablamos con mi hermano mayor que está en Venezuela y nos dijo que nos fuéramos y decidimos mejor venirnos para acá”. 

Victoria se albergaba con su familia en el coliseo de Ocaña, el coliseo fue uno de los primeros lugares habilitados para recibir a las familias desplazadas, que después fueron reubicadas en Plaza Ferias. Ahí, junto con otras 510 personas dormían en colchonetas y se alimentaban en ollas comunitarias, esperando definir su situación. Tanto en este lugar como en Plaza Ferias y en otros siete alojamientos temporales, han estado presentes desde el inicio de la emergencia las Unidades Móviles del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) que buscan contribuir a la atención integral de niños, niñas y adolescentes, víctimas del desplazamiento forzado, así como UNICEF y su socio Cidemos, con la instalación de espacios amigables que brindan servicios de protección a la niñez , estimulación temprana y apoyo psicosocial a ellos, ellas y sus familias. 

Desde los primeros días del desplazamiento, Victoria también pudo retomar sus rutinas educativas. Recibió uniformes y útiles escolares por parte de la Secretaría de Educación de Norte de Santander y todos los días va al colegio en horas de la tarde, en una jornada especial habilitada para la niñez migrante.  En una mesa de plástico que puso al lado de sus colchones en el coliseo, hace sus tareas y colorea dibujos de princesas: su preferida es la Sirenita. Aunque todavía no sabe leer ni escribir, por las interrupciones que ha sufrido su proceso educativo tras la migración, Victoria, a sus 9 años, se levanta todos los días con ganas de ir a la escuela.   

“Donde yo estudiaba, en Tibú, el colegio era muy chiquito, al menos acá hay un colegio más grande y espacio donde yo puedo caminar. Acá tengo muchos amigos”.  

Victoria*

Carolina también empezó a ir a un colegio nuevo, habilitado para que la educación de la niñez desplazada de Catatumbo no se detenga. “Me gusta en parte allá, en San Pablo, y en parte acá. Allá tengo mi casa, pero acá consigo muchos amigos. Cuando nos desplazamos mi mamá alcanzó a traer una ropa y acá nos han regalado otra. Mis juguetes y mis libros se quedaron en San Pablo. Acá me regalaron nuevos cuadernos y gracias a esto puedo estudiar”. 

Los niños, niñas y adolescentes no saben qué pasará, si regresarán a sus hogares, si se quedaran en las comunidades de acogida: mientras esperan, tratan de seguir con sus vidas, de olvidar el miedo que sintieron cuando tuvieron que seguir corriendo. Ese miedo, sin embargo, no les impide hablar de sueños. Carolina sueña con ser azafata cuando crezca, Victoria, veterinaria: ambas esperan que sus sueños no los frustre la violencia que viven en sus territorios

*Nombres cambiados.