Educación y tecnología en tiempos de COVID-19

Artículo de opinión de nuestra Representante

Ana de Mendoza
08 Noviembre 2021

Ana de Mendoza
Representante de UNICEF

En 2020, cuando se decreta el estado de emergencia sanitaria, no imaginábamos que el aislamiento social seria tan prolongado. Madres, padres y docentes de los más de ocho millones y medio de escolares que hay en Perú pensaron que esto no era mas que el alargamiento de las vacaciones escolares. Jamás imaginaron que las escuelas permanecerían cerradas por más de 18 meses.

El Estado peruano, acostumbrado a los embates de la naturaleza, tenia preparada una estrategia para educar a distancia, y pudo implementar rápidamente el programa “Aprendo en casa”. Pero se encontró con que, debido a la discontinuidad, las prácticas de educación a distancia a través de la radio y la televisión prácticamente habían desaparecido. Además, en varios lugares, era imposible implementarlas porque en Perú, país considerado de ingresos medios altos, todavía hay hogares que carecen de electricidad. Es así, que al inicio de la pandemia alrededor del 9% de los estudiantes peruanos vivían en áreas donde no se podía acceder a ninguna modalidad de vínculo con Aprendo en casa.

En pleno siglo XXI las plataformas digitales aparecían como una solución momentánea. A favor se tenía la intensa vida digital de las y los escolares, lamentablemente la familiaridad de las y los docentes, pieza clave del proceso educativo, no era homogénea, y la situación económica de gran parte de las familias peruanas, tampoco. Incluso entre las y los maestros de un mismo centro educativo se encontraban marcadas diferencias en el ámbito de las habilidades digitales. Lo mismo sucedía entre los estudiantes. Mientras unos tenían Internet y equipo de cómputo, otros debían compartir un celular con sus padres y hermanos, buscar un lugar que permita la conectividad o depender del presupuesto familiar para la recarga de datos.

La pandemia, puso al descubierto estas brechas, que ya no solo eran entre el mundo urbano y rural, o entre costa, sierra y selva; sino que también se hacia evidente entre los escolares de una misma sección. Pero, además, y para bien, obligó al país a dar un salto hacia el mundo digital. Miles de docentes comprendieron que desarrollar habilidades digitales ya no era una opción sino una obligación para seguirle el ritmo a las y los nativos digitales que aguardaban por sus enseñanzas.

La lección ha sido dada. Y al país, para demostrar que la aprendió, solo le queda cumplir con las tareas que ha dejado.  Eso pasa por concebir el acceso a internet como un bien público global, habilitante para la educación y por ende un derecho de todas las niñas, niños y adolescentes. A partir de ello, se torna imperativo fortalecer la infraestructura digital en áreas rurales y urbanas, amplificar el uso de equipos tecnológicos personales entre estudiantes y docentes, e incorporar plataformas y aplicaciones. Según CEPAL (2018) Perú es el cuarto país de la Región con menos acceso a Internet para los grupos de población de los 2 quintiles más pobres.

Esta gran tarea no es exclusiva del gobierno de turno, ni del Estado. Es una misión que debe convocar la responsabilidad social del sector privado, y de la cooperación internacional con las generaciones más jóvenes. La experiencia de las empresas especializadas en tecnología de la información y comunicación para identificar las herramientas y estrategias más efectivas de despliegue y adaptación de modelos de conectividad digital específicos para el sector educación resultará clave para acelerar el proceso de la alfabetización digital, ampliación de cobertura, desarrollo y modernización de la infraestructura educativa digital en el Perú.

La educación virtual jamás podrá reemplazar los múltiples beneficios de la presencialidad, pero la educación cara a cara, a la que urge regresar, requiere nutrirse del avance tecnológico. Solo cerrando las brechas digitales podremos caminar hacia el gran mandato que nos plantea la agenda global al 2030: Que nadie se quede atrás.