A una semana del terremoto en Colombia

Escombros sobre necesidades ya existentes en Chocó y Buenaventura

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María Cristina Rivera
17 Agosto 2026
Tiempo de lectura: 6 minutos

A una semana del terremoto de 7.4 que sacudió el suroccidente de Colombia, la magnitud de la catástrofe empieza ser más evidente: 289 personas fallecidas, 4.187 heridos, 143 desaparecidas, 26.945 viviendas destruidas. En total, más de 185.000 personas damnificadas. 

Según cifras del Ministerio de Educación, más de 260 escuelas quedaron destruidas, afectando la continuidad educativa de más de 75.297 niños y niñas. La Unidad de Gestión del Riesgo estima que los centros educativos afectados superan los 2.800, así como 285 centros de salud. La niñez enfrenta también dificultades de acceso a agua, saneamiento, higiene y salud, y afectaciones a su salud mental.  

El terremoto se suma a problemas históricos de pobreza, desigualdad y violencia en dos zonas del Pacífico colombiano: Chocó y Buenaventura, un departamento y una ciudad habitados en su mayoría por comunidades afro e indígenas, donde las vulnerabilidades son mayores y la capacidad de respuesta local más limitada.   

Ahí, en el Pacífico, UNICEF concentra su respuesta inmediata en necesidades esenciales para proteger la salud y el bienestar de las familias y la niñez: agua, higiene y saneamiento para prevenir enfermedades; apoyo psicosocial y espacios amigables, que les permitan tener entornos seguros en un contexto marcado por el miedo y la incertidumbre.  A estas acciones se suman otras medidas en camino que incluyen el apoyo a la recuperación de las trayectorias educativas y espacios protectores y lúdicos para la infancia.  

Colegio destruido
Paula Andrea Orozco

Buenaventura 

“Estaba dormida y el movimiento me despertó. Me salí por la ventana. Logré salir y luego, cuando mi hermana estaba bajando las escaleras se le cayeron las paredes”, cuenta Karen, de 10 años. Gima Marcela, su vecina, narra una historia similar: “a mi casa se le cayó la azotea y los techos. Del susto, ese terremoto nos tiró a todos para la calle”.  

Gima Marcela y Karen viven en el barrio Alberto Lleras, uno de los más afectados por el terremoto en Buenaventura. Allí, como en la mayoría de los barrios afectados de la ciudad, las casas son en su mayoría construcciones palafíticas y de madera. Al caminar por el barrio se observa la destrucción: ruinas de casas sobre construcciones humildes que no aguantaron el movimiento.   

En esta época, las mareas crecen e inundan los restos de las casas y los caminos que las comunican. Por eso, además de no tener donde resguardarse, la niñez no tiene lugares seguros para jugar, algunos se reúnen en la entrada de alguna casa que sigue en pie y juegan con una pelota de goma o a recoger fichas de plástico. La mayoría no sabe cuándo podrá volver a la escuela, que quedó semidestruida.   

Según cifras oficiales de la Alcaldía de Buenaventura, hay 9 personas muertas a causa del sismo, cerca de 1.000 viviendas destruidas,32 colegios y más de 10.000 familias afectadas, de las que hacen parte Karen, Gima y todos sus amigos.  

A pesar de ser uno de los principales puertos que mueven la economía del país, Buenaventura tiene índices de pobreza multidimensional muy superiores a los nacionales.  El terremoto llega a multiplicar la vulnerabilidad que ya sufrían las familias, que cuentan con menos capacidades para enfrentar y recuperarse de la emergencia. 

La mayoría de las familias del barrio se quedó ahí, al lado de sus casas, cuidando fachadas que siguen en pie o los restos de los materiales que se usaron para la construcción y buscando con otros vecinos cómo reparar, cómo construir, qué materiales reusar y albergándose mientras tanto en casas de familiares y amigos.  

Se resisten a dejar su territorio e ir a los albergues. Responden a las emergencias como han respondido siempre a su situación de pobreza y olvido: solucionando ellos mismos sus problemas, volviendo a poner de pie ellos mismos sus casas. 

“Mi casa quedó con grietas y el techo se cayó, pero ya con los vecinos la reparamos”, cuenta Jermín Andrés, de 10 años. Sin embargo, muchas casas se han seguido cayendo después del sismo y es necesario un análisis integral para saber si es seguro que las familias puedan volver a ocuparlas.   

Escombros en Chocó
Augusto Pinedo / UNICEF Colombia

Chocó 

La situación de la niñez en Chocó es similar a la de Buenaventura, con mayoría de población afro e indígena que vive en zonas rurales, donde está plenamente garantizado el acceso a múltiples derechos como agua, saneamiento y salud. En 2024, Chocó registró la mayor incidencia de pobreza monetaria del país, con 67,4% de su población en condición de pobreza monetaria, mientras el promedio nacional fue de 31,8% 

Ahí, además de las diversas crisis humanitarias, la niñez chocoana enfrenta riesgos asociados al conflicto armado: entre 2021 y 2025, Naciones Unidas verificó más de 180 graves violaciones contra la niñez, incluyendo casos de reclutamiento, uso y violencia sexual por parte de grupos armados. Además,  fue el departamento con las cifras más altas de confinamiento en el 2025 

En este departamento, epicentro del terremoto, hay11 personas muertas y más de 69.000damnificadas. Las cifras siguen siendo parciales, pues aún faltan datos de poblaciones rurales que no están reportadas por dificultades de acceso: Chocó cuenta con pocas carreteras y la mayoría de zonas rurales ,se conecta solo por vía fluvial con Quibdó, la capital de departamento.  

Allí, UNICEF ha entregado soluciones de agua e higiene en los barrios más afectados de Quibdó, como el Medrano, Las Palmas, Los Claveles, La esperanza, Futuro y La Victoria. También ha apoyado a las familias albergadas en el Coliseo y adecuado las instalaciones para lograr condiciones dignas, y respalda a las autoridades para crear espacios lúdicos para la niñez. 

Personal de UNICEF haciendo entrega de ayudar humanitarias
Paula Andrea Orozco

Recuperar una la vida, esa es la esperanza 

A una semana del sismo, la tierra sigue moviéndose en réplicas y persisten el miedo y la tristeza por las pérdidas. Pero en Chocó y Buenaventura las comunidades saben que el desafío apenas comienza: reconstruir sus casas, recuperar la tranquilidad y volver a la vida cotidiana. 

Muchos niños y jóvenes aún tienen dificultades para dormir. Cada réplica revive el temor. "Hay mucho miedo, porque hay niños y jóvenes que hasta hoy no han podido dormir bien, pensando en que vienen otras cosas de esas. Como hay casas que quedan flojas, entonces cuando se mueve, gritan", cuenta Nicole, de 18 años, quien vio caer su casa tras el terremoto. 

Además de cubrir sus necesidades básicas, las familias piden apoyo psicosocial, espacios seguros para la niñez y oportunidades para empezar de nuevo. "Lo que más necesitamos ahora los niños y los adolescentes es apoyo, juegos para no estar tan asustados, pero sobre todo oportunidades, que crean en nosotros", dice Samuel, de 14 años. 

Porque después del terremoto no solo hay que reconstruir viviendas. También hay que reconstruir la confianza, la tranquilidad y hacer crecer la esperanza. 

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UNICEF Colombia