María Camila y su regreso a la vida después del reclutamiento
“Para mí, solo existen el presente y el futuro. El pasado no existe”. Esto dice María Camila, luego de que un encuentro con la muerte la devolviera a la vida.
A sus 20 años, María Camila* vive siempre acompañada. Necesita apoyo para cruzar la calle y subir escalones, pero se mueve con fluidez. Aun sin poder ver, atraviesa el apartamento donde vive tanteando pasillos, puertas y objetos: los conoce de memoria. Ríe al recordar que debe prender la luz para las demás personas que la visitan. Desde que perdió la vista y sus dos manos en un accidente con una mina antipersonal, no puede diferenciar si una habitación está iluminada o a oscuras. Siempre sonríe. La guía de su vida es el optimismo pese a todo lo que ha vivido: más de lo que cualquier persona se imaginaría a sus 20 años.
María Camila utiliza el muñón en sus muñecas de forma casi idéntica a unas manos: sostiene su celular, que activa por comandos de voz, come con una cuchara que adapta a su antebrazo, se lava el rostro, sostiene las bebidas entre sus brazos... sonríe, abraza, y habla esperanzada sobre una vida donde, por tres años, se pusieron en pausa sus sueños. Lo que nunca le quitaron fueron las ganas de alcanzarlos: hoy en día, estudia y quiere terminar su bachillerato para buscar la manera de aprender inglés y convertirse en traductora. Lo dice con convicción y levanta las cejas en un gesto de seriedad.
Cuando era una niña, los padres de María Camila vivían en una región del Pacífico colombiano. Creció en el seno de una familia indígena. Ella fue la segunda hija de ambos, y se convertiría en la hermana de un total de nueve hijos, contando los de uniones previas de sus padres. Al igual que miles de familias colombianas, este hogar tuvo que desplazarse por la violencia. Decidieron alojarse en una comunidad de su misma etnia, lejos de allí, y vivir de lo que sabían hacer: cultivar maíz, plátano, arroz y yuca, entre otros.
Aunque la comida no siempre alcanzaba, María Camila y sus hermanos crecieron entre la naturaleza, jugando en ríos y cascadas donde aprendieron a nadar y a ser libres, apoyando como podían a sus padres con la crianza de los hermanos más pequeños. Montando en mula para atravesar un territorio verde y espeso, sentían que todo era pacífico, que habían encontrado un nuevo hogar para vivir en calma.
La madre de María Camila se esforzaba por enseñarles en casa, pues el colegio quedaba muy lejos de su comunidad. Les hablaba en español mientras el padre les enseñaba su lengua indígena. Adecuó una mesa de tablas y compró libros para que sus hijos aprendieran: este amor por el estudio se quedaría siempre con María Camila. Pero, a sus 12 años, ella sabía que era hora de también apoyar a sus padres económicamente.
Un día, recién pasado su cumpleaños, decide partir de casa para trabajar en una plantación cercana. La meta era clara: traer al hogar lo que ganara en una semana recibiendo dinero “al jornal”, pagado día por día. Se subió a una mula y emprendió camino, prometiendo a su familia que volvería una vez asegurara el trabajo para después irse del todo una semana más.
Pero lo que sería un trayecto de dos días se convirtió en un viaje que no parecía tener regreso. A María Camila la emboscada no le dio tiempo de entender qué pasaba: un grupo de al menos cinco hombres cubrió sus ojos con una venda y una capucha. Por más que se resistió, se la llevaron entre insultos y empujones. Si no obedecía, decían, tendrían que asesinarla a ella y a su familia. Sus padres no supieron qué había sido de ella. “En mi casa mi mamá solo lloraba, eso supe después”, cuenta.
Los hombres armados que se la llevaron la obligaron caminar durante dos días, lejos de su comunidad, de los ríos y montañas que conocía. Caminaron también de noche. Solo después de varias horas le quitaron las vendas y la capucha. Los insultos continuaron: serían su nueva normalidad en los años que pasaría, ahora, con el grupo armado.
Al llegar al campamento le quitaron la capucha y el vendaje, pero la dejaron esposada a un árbol. Pronto entendió que había jerarquías y que, de no obedecer, los insultos y los golpes empeoraban: no hacía ninguna diferencia que fuera una niña y ellos, hombres adultos y adolescentes mucho más robustos que ella, quienes le decían que debía despedirse de su vida “de princesa”, algo que la dejó sorprendida e indignada. María Camila sintió rabia y se negó a recibir comida. Escupió cada bocado durante los primeros días. La primera incoherencia, le pareció, era escuchar calificativos donde le dijeron que era una persona “débil” y “llorona”. Preguntó por qué la tenían allí si consideraban que era tan poco apta. Ninguna pregunta sensata le fue resuelta a ella ni en ese, ni en los tres años venideros.
Eventualmente, sin entender por qué le estaba pasando esto, tuvo que ajustarse al estilo de vida del grupo armado. En el reclutamiento “no hay vida”, tal como dice ella moviendo la cabeza en negación. En el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes solo existe la supervivencia, el obedecer y el miedo. “Yo no lloro fácil”, dice María Camila enderezando su postura en señal de orgullo. “Nunca he sido de llorar fácil, y si me caigo, me levanto”, pero nadie podría cuestionar el dolor que sufrió en silencio.
Durante los primeros meses recibió entrenamiento militar en medio de abusos de todo tipo, incluyendo el físico y el sexual, y un aborto obligado. La enseñaron a cargar un arma, a disparar, a llevar municiones, trepar árboles, defenderse en peleas cuerpo a cuerpo y, sobre todo, a no rebelarse jamás. Ella y otros niños y niñas reclutados no recibían comida, únicamente los líderes del grupo podían alimentarse con frecuencia y cuando así lo querían. Los demás subsistían con suero y con inyecciones de vitamina, dolores a los que María Camila y los demás se fueron desensibilizando, aunque nunca se acostumbraron. En algunos momentos recibían cátedras ideológicas que para ella no tenían sentido: les hablaron del respeto a los líderes del grupo, pero nunca se hablaba del respeto hacia los demás miembros, nunca se hablaba del cuidado del otro.
Quien intentara rebelarse y escapar era obligado a cavar su propia tumba a modo de presión psicológica, y un par de veces María Camila fue testigo de cómo para algunos compañeros esto no fue solo una amenaza. Recuerda cada detalle, cada insulto y cada burla de sus compañeros con quien demostrara padecimiento o rogara piedad.
“A mí, para que algo me haga llorar es porque es algo muy fuerte… cuando me levanto pensando en estos recuerdos lo que hago es poner música o hacer otra cosa”
Estando reclutada, María Camila también fue obligada a convencer a otra chica de unirse al grupo. Se dirigió a una vereda junto a un compañero que tenía la misión de “enamorar” a la joven, que ya era madre de un niño pequeño. Con mentiras, le aseguraron que en el grupo armado tendría un sueldo y libertad de movimiento: ni Maria Camila ni ninguno de sus compañeros recibieron jamás una mínima cantidad de dinero. Preocupada por el futuro de su hijo, esta joven se fue con ellos, solo para entender demasiado tarde que no volvería en el futuro cercano. Maldijo por siempre a María Camila, quien solo atinó a decirle, afligida pero seria, que “algún día” entendería que ella también seguía órdenes y que de eso dependía su propia supervivencia.
En el grupo, María Camila aprendió a instalar minas antipersonal. Por ser ágil, inteligente y meticulosa la eligieron para esta peligrosa tarea. Pese a que nunca quiso hacerlo voluntariamente, pronto aprendió a armarlos, incluso sin luz, en la oscura noche de la selva.
Las minas antipersonal, como las que aprendió a instalar, son artefactos utilizados por los grupos armados para obtener ventaja militar ante sus adversarios, las usan para cerrar caminos y marcar territorios. Quien las pise o active accidentalmente queda herido, pierde partes de su cuerpo o muere. La población civil muchas veces es víctima de estos artefactos, incluyendo a los niños y niñas, quienes los pisan cuando van a la escuela o cuando buscan espacios para jugar y explorar entre la naturaleza.
Además de convertirse en explosivista, María Camila también participó en varios combates. Siempre sintió terror entre los disparos, la confusión, la desconfianza y el irrespeto de sus “compañeros”. En un enfrentamiento le llegó una orden: instalar dos decenas de minas antipersonales. Ese día, en particular, recuerda haber estado de buen humor: uno de los pocos que recuerda con esta particularidad. Cuando le dieron la orden se negó, pero rápidamente le recordaron que una chica como ella “no se mandaba sola”. Se dirigió entonces a cumplir con su tarea, y recuerda con una pequeña sonrisa que esa noche habría sopa en el campamento, lo cual la tenía muy contenta.
Se alejó del grupo con todos los elementos químicos y artefactos que utilizaba para instalar las minas. La escoltaron dos compañeros, como ocurría siempre desde el momento en que fue secuestrada. No la dejaban sola ni siquiera para buscar un espacio que fungiera como baño en la selva.
Cumplió con cuidado su tarea. Había instalado la mayoría de las minas antipersonal y se disponía a regresar para la merienda, pero un compañero le señaló que le faltaba una mina por armar e instalar. Ella se negó, aunque resultó ser cierto. Todavía le quedaba material para una más. Resignada y obediente, armó esta última mina. Estaba ocultándola bajo un cúmulo de hojas y tierra cuando ocurrió lo predecible: al poner la última hoja, voló por los aires. La mina antipersonal estalló en sus manos, alcanzando su rostro, pecho, abdomen y piernas. “¡Mamá!”, gritó, antes de caer boca arriba, sobre su espalda, a algunos metros de allí.
Sus compañeros enmudecieron al verla. “Ya está muerta”, fue lo que dijeron, y asustados buscaron ayuda en el campamento, sin mostrarse demasiado preocupados por el futuro de María Camila. Otro compañero, que siempre estuvo enamorado de ella, la alzó en sus brazos y la trasladó al campamento: sus heridas eran de tal profundidad que todos la daban por muerta. Molesto, el que la alzaba dijo que no la dejaría morir, y tomó la decisión, pese a enfrentarse con los comandantes del grupo, de llevarla a una comunidad indígena cercana. María Camila recuerda poco de allí en adelante.
El grupo la abandonó en una casa vacía de la comunidad. Sola, herida y sin poder ver, María Camila entendió que este era el principio del fin. En medio de su debilidad despertaba por momentos. Escuchó las voces de los indígenas que se acercaron de a pocos, asustados, dudosos, pero dispuestos a cuidarla: las mujeres la cubrieron con sábanas, y entre turnos limpiaban sus heridas y le daban algunas bebidas. Eventualmente le explicaron, sin saber que ella entendía su lengua, que tendrían que amputar partes de sus manos. Poco a poco se corrió la voz de que había una adolescente muy malherida en la comunidad, y entre comunidades, la noticia llegó al Ejército colombiano.
María Camila se estaba rindiendo, no le quedaban fuerzas, cuando supo que venían a buscarla. Los indígenas temían por su bienestar, pero ella los tranquilizó. De todas maneras, no creía que fuera a sobrevivir. Lo que pudiera pasarle de ahora en adelante no haría diferencia. Eso pensó. Este es el recuerdo que más le duele: saber que estuvo tan cerca de la muerte, sin esperanzas.
Un paramédico del Ejército la evaluó: estaba muy malherida y llena de infecciones, había perdido mucha sangre aún con los atentos cuidados de la comunidad, que la mantuvieron viva casi 10 días hasta este rescate. Tuvieron que conectarle suero como mejor pudieron, y llevarla de urgencias al día siguiente a un hospital. Fue su primer viaje en helicóptero.
Los días siguientes son todavía más nublados. Recuerda poco. Los días de hospital fueron largos, no podía mantener comida alguna en el estómago y los dolores eran extremos. Le amputaron ambas manos, y comenzaron la evaluación de un trasplante de córnea que eventualmente su cuerpo rechazaría. Y aún cuando todo apuntaba a la pérdida, recuperó lo más valioso en su vida: su familia.
Sus padres supieron que su hija estaba en este hospital gracias a que ella pudo dar su nombre real, y a través de las comunidades indígenas también ellos se enteraron de su paradero. Aunque todo era difícil, tener a sus padres cuidándola era algo con lo que solo podía soñar en los tres años que pasaron. Entre enfermeras, personal médico, y el amor de sus padres, pronto volvió a caminar e inició su proceso de rehabilitación física. Pronto volvió a comer. Pero lo más importante es que volvió a soñar con un futuro lejos de la violencia. Un futuro donde puede ser quien ella decida ser.
Hoy en día, María Camila está bajo un programa de protección estatal, en un hogar sustituto con una familia que la cuida como a una hija propia. Sus padres no tienen los medios económicos para cuidarla, pero están en contacto con ella todos los días: hablan por teléfono y se actualizan de cada pequeña anécdota del día. Las visitas no son muy frecuentes, por la situación económica, pero sus padres son sus admiradores fervientes: creen en que logrará todo lo que se proponga y acompañan cada paso. La madre sustituta de María Camila la mira con cariño mientras atiende una de sus animadas llamadas con su madre biológica. Hablando en su lengua nativa, la familia ríe por algún comentario.
María Camila asiste a terapias psicológicas para continuar trabajando en los dolores emocionales que, en ocasiones, superan los físicos. A veces, entristece cuando piensa en su familia y en lo que le fue arrebatado. Aun así, no se acomoda en el pasado. Le da su lugar cuando necesita hablar de él para sanar, pero su lugar es en el presente y en el futuro, como ella misma dice. Sonríe con dulzura cuando habla de sus planes, y sabe que nada, absolutamente nada, se va a interponer.
En Colombia, al menos 1.206 niños, niñas y adolescentes han sido víctimas de reclutamiento entre 2019 y 2024, de acuerdo con cifras del informe del Secretario General de Naciones Unidas sobre niñez y conflicto armado. La mayoría de los niños, niñas y adolescentes reclutados viven vulneraciones de todos sus derechos durante el reclutamiento y son víctimas, como María Camila, de múltiples violaciones.
De igual manera, 1.303 niños, niñas y adolescentes fueron víctimas de minas antipersonal y artefactos explosivos entre 1990 y 2024, según la Oficina del Consejero Comisionado de Paz (OCCP/AICMA).
La niñez tiene derecho a crecer libre de violencias, en entornos que garanticen sus derechos a la vida, a la salud, a la educación y a elegir libremente sus proyectos de vida. Entornos protectores donde puedan alcanzar todo su potencial.
*Nombre cambiado por motivos de seguridad y privacidad.