En Guainía, la salud viaja río arriba de la mano de gestores comunitarios.
Un programa de UNICEF para prevenir la desnutrición en comunidades indígena de zonas rurales apartadas.
UNICEF Colombia implementa en este departamento de la Amazonía colombiana un programa comunitario de atención en salud para detectar a tiempo, y en la comunidad, la desnutrición infantil. Sin estos gestores comunitarios, el centro de salud más cercano está a más de 3-5 horas de distancia por río.
“Tener un hijo enfermo se siente como tristeza”.
Raquel, de 23 años, recuerda el día en que tuvo que pedir una lancha ambulancia para llevar a su hijo Abraham, de 1 año, desde el Resguardo Indígena Yurí al Hospital de Inírida, la capital de Guainía, en la Amazonía colombiana. En las cerca de tres horas de trayecto en lancha, Raquel pensó que su hijo se le moría, estaba como desmayado en sus brazos, sentía que no respiraba, le veía los ojos perdidos tras un evento agudo de diarrea y vómito que lo llevó a un estado de desnutrición aguda severa.
“Cuando se le enferma a uno un hijo así, gravemente, uno piensa que las cosas no son como deberían ser. Uno piensa muchas cosas, le viene tristeza. A veces uno dice, ¿será que se va a ir o será que se va a recuperar? “, cuenta Raquel.
Por suerte, Abraham alcanzó a llegar con vida al hospital y, aunque tuvo que estar 15 días internado, primero en la unidad de cuidados intensivos y luego en hospitalización, se recuperó y volvió a su comunidad: de nuevo en los brazos de su mamá durante el trayecto en lancha, pero esta vez despierto, vivo, atento a los sonidos de la selva y el río.
Muchos niños y niñas menores de cinco años del Guainía no tienen siempre la misma suerte de Abraham y mueren por enfermedades diarreicas antes de llegar al hospital, que queda, dependiendo de donde esté ubicada su comunidad, a más de tres, cinco y hasta diez horas de distancia por río.
Guainía, un departamento con más del 75% de población indígena, se caracteriza por tener habitantes en zonas rurales muy dispersas, sin carreteras que conecten los resguardos a la capital y con el río como única vía de transporte. Esto hace que los trayectos sean extensos y los costos de traslado, considerando el combustible para las lanchas, muy alto: hasta 2 millones de pesos, que equivalen a unos 540 dólares.
Entendiendo esta barrera de acceso a la salud: la mejor solución para ayudar a la niñez en riesgo de desnutrición en estas comunidades es llevar la salud a ellos, en vez de esperar que los niños, muchas veces en condición de gravedad, corran el riesgo de no llegar a tiempo al hospital. A través de capacitaciones a 7 gestores comunitarios que atienden 23 resguardos indígenas, y de la mano de las autoridades de salud locales, se ha logrado detectar casos de riesgo de desnutrición a tiempo, con la idea de que no evolucionen hacia desnutrición aguda, que muchas veces, y sin atención inmediata, puede ser mortal. Se trata de un modelo de atención comunitaria alineado con la Atención Primaria en Salud (APS) y que toma en cuenta el enfoque de salud intercultural de los territorios indígenas.
“Ahora que se hace la atención en la misma comunidad, podemos detectar a tiempo casos como el de Abraham”, cuenta Raquel. “Cuando no están los doctores, los niños se enferman y uno no tiene como ayudarles”.
“Un niño con desnutrición no juega, no aprende”
Luis López Mendoza, es auxiliar de enfermería de la Empresa Social del Estado (ESE) Hospital Renacer y agente comunitario en salud del proyecto de UNICEF. En su experiencia de más de 30 años tiene claro cómo se ve la desnutrición en la niñez: se marcan las costillas, se secan la boca y los ojos y se palpa edema en los pies. “También está la palidez, la presencia es más delgada. Un niño que está desnutrido no tiene defensas y se ve débil, somnoliento como irritable, como que tiene bastante sueño. Es difícil de despertar”, cuenta. Un niño o niña con desnutrición, no juega ni tampoco aprende.
La labor de Luis consiste en, como lo dice en sus propias palabras: “hacer una caracterización a los niños de entre 0 y 59 meses (0 a 5 años), realizarles el tamizaje, medirles el perímetro braquial (el grosor de su brazo) e identificar a aquellos con desnutrición aguda moderada o severa para ofrecerles un tratamiento”. Si el tamizaje resulta positivo, se informa a las autoridades de salud y el niño o niña recibe un seguimiento especial: empieza un plan de acompañamiento en el que se le dan, entre otros, fórmulas nutricionales donadas por UNICEF que contienen las proteínas y las calorías necesarias para que el niño recupere su peso y vuelva a un estado nutricional adecuado.
“Estos agentes comunitarios son miembros de las comunidades, lo que facilita que confíen en los servicios de salud, los acepten y favorezcan la adherencia de las acciones de salud y nutrición en la comunidad. Adicional a esto, permite la identificación oportuna de niños menores de cinco años en situación de riesgo de desnutrición o en desnutrición aguda, trayendo a ellos tratamiento directamente en sus comunidades, lo que implica que no necesitan salir”, cuenta Yulieth De Oro, encargada del proyecto de salud comunitaria de UNICEF en Guainía.
Yulieth explica que este proceso también fortalece el trabajo de nutrición dentro de la familia, incluyendo el compromiso de los padres y madres y de la comunidad en la nutrición de los niños y niñas.
“Me gusta el mañoco”
Hay múltiples factores que pueden incidir en la nutrición de la niñez en estas comunidades, la inseguridad alimentaria y la falta de agua potable, son los dos más importantes.
No siempre los niños y niñas tienen las tres comidas al día o, si las tienen, no son en todas las ocasiones lo suficientemente nutritivas. Pese a la riqueza natural de la selva, no necesariamente hay acceso a frutas o verduras, estas dependen de los cultivos, que no siempre están cerca de las casas y que pueden inundarse en ciertas épocas del año.
“Las verduras y los vegetales tenemos que comprarlos en el pueblo. Antes de venir a clase los niños toman su migao (del mañoco), huevitos casi no hay, solo las familias que tienen gallinas”, cuenta un maestro de otro resguardo indígena.
La dieta principal está basada en la yuca, con las que las comunidades hacen mañoco o casabe, y en el ajicero (un caldo de pescado y ají). La proteína la pescan en el río o la cazan en la selva: micos, dantas, paujil, pero no siempre hay para todos los días. Si bien las prácticas de lactancia están extendidas, muchas familias incorporan alimentos como el migao de mañoco desde los dos meses.
Además, el agua que consumen las familias viene directamente del río: “la recogemos en la noche, la dejamos reposar, eso deja un asiento y luego la pasamos a otro jarro para consumir”, cuenta una pobladora. Esta agua también aumenta el riesgo de enfermedades gastrointestinales en la niñez.
Liliana, una madre del resguardo indígena de Venado, también a unas tres horas sobre el río Inírida de la capital, cuenta que desde que su hijo, el menor de 5, se enfermó y también llegó al hospital con desnutrición tras una diarrea y un vómito imparables, empezó a hervir el agua para que sus hijos no se enfermaran.
La misma historia la cuenta Raquel, no quiere volver a sentir la tristeza de que otro hijo se enferme. “Desde ese día, empecé a buscar la manera de cuidar bien a mis hijos”, cuenta. “No los dejo salir al sol cuando está muy fuerte, cuando llueve los cuido mucho. Lavo bien los platos, mantengo bien aseada la casa y antes de comer siempre hago que se laven las manos”.
“Yo no quiero que un hijo mío regrese nunca más a ese hospital”, sentencia Raquel. Por ahora Abraham está bien de peso, está animado, está sano.
Luis y Yulieth aprovecharon la visita a esta casa para medir el perímetro braquial a las dos hermanitas menores de Abraham, Judith, de 3 años, y a Salomé, de un año, junto a su papá Eliecer y a Raquel. Ambas dieron por encima de 15 en la medida: “las dos están en un estado nutricional adecuado”, les dijo Yulieth. También palparon la planta del pie para ver si detectaban edema, en ninguna de las dos apareció.
Esa revisión a tiempo y en sus propias casas, ayuda a prevenir cualquier signo de desnutrición o riesgo de desnutrición y a evitar que sus hermanas tengan que vivir una historia como la de Abraham. Raquel, su mamá, está feliz por eso, porque sabe que la salud de un hijo es alegría.



