Franyyerson Montero tiene 12 años y lleva caminando desde hace cuatro meses. A veces dice que ya no siente sus pies, que va mirando hacia adelante, como al infinito, pensando que algún día se acabará esa carretera para él, que en algún momento esa pista de cemento, esa trocha, esas zapatillas a punto de romperse, esa sensación de empezar y nunca terminar acabará. Y estará en algún lugar, sin miedo y sin prisa, solo acompañado de la certeza, que por fin tiene un lugar al que le puede llamar, hogar.
Aún no había salido de Venezuela cuando en su mente empezó a caminar. Ocurrió un día que llegó de su escuela, “Monseñor Ramón Inocente Lizarde”. Estaba en primero de secundaria y si bien faltaba pan en su mesa, tenía amigos en la puerta de cada casa de su barrio. Ese día su madre lo recibió con una noticia que él ya se veía venir: “Nos vamos para Chile” – le dijo y él, que sabía que los monederos de la casa andaban más que vacíos, sólo atinó a preguntar ¿y cómo? Su madre lo cogió por la cara, lo miró de frente a esos ojos marrones inmensos y le respondió: de la única forma que podemos hacerlo, caminando.
Esa misma tarde, su madre, su tía y su prima empezaron el largo viaje que aún no termina.
“Caminamos primero hasta Colombia, dormíamos en los parques y un bus nos hizo un aventón a Medellín. De allí bajamos y seguimos. Estaba muy asustado porque hay grupos que no quieren a los migrantes y los golpean. Todos hablaban de eso. Había varios compatriotas que los encontrábamos heridos en las carreteras. Mis pies me dolían, tenía ganas de llorar, quería decirle a mi mamá para regresar, pero sabía que eso era imposible”.
La ruta se hizo más dura con el inclemente frío de Rumichaca, en Ecuador. “No nos calentábamos ni cuando caminamos y para salir de Ecuador tuvimos que pasar un río helado. Cuando toqué esa agua, me di cuenta que no me había bañado en semanas. Tuve pena porque en mi casa yo me bañaba a cada rato, cuando regresaba del colegio, después de jugar en las tardes, a cualquier hora pues. Pero esta era mi vida ahora. Solo avanzar, caminar y avanzar. Hasta que llegamos a Perú por Aguas Verdes y me encontré con esto, este lugar para descansar un rato, las mesas, los rompecabezas, los colores”. Para Franyyerson, el espacio que había instalado UNICEF fue una realidad maravillosa que se metió dentro de sus cansados pensamientos.
Además de estos lugares a los que se les denomina “espacios amigables”, UNICEF ha implementado en zonas de frontera, puntos de agua para que los caminantes puedan hidratarse, surtir de agua sus tomatodos y llevarse agua fresca para el camino. Algo tan valorado como el agua es la oportunidad de jugar y entretenerse que le brindan estos espacios. Aquí chicos y chicas como él pueden sentarse, conversar, disipar sus pensamientos y jugar. Con monitores que los reciben y escuchan, tienen un momento para ver títeres, leer, divertirse con juegos de mesa o simplemente descansar en una colchoneta y recargar energías.
“No había tenido esto en todo el viaje. Hablé con la señorita que está allí y luego pinté. A mí me relaja dibujar, leer. Mi mamá está recibiendo información para ver cómo seguimos el viaje y yo le he pedido quedarme acá un rato para tomar el fresco, echarme en la colchoneta, estar tranquilo. Sé que me falta mucho para llegar a nuestro destino final, pero este lugar ha sido lo más bonito que me ha pasado desde que salí de Venezuela. Cada vez que vea un polo de ese color, -dice señalando el polo de UNICEF-, voy a saber que tuve un momento para descansar, pintar y me voy a acordar de ustedes. Yo no los voy a olvidar ”.
Antes de continuar Franyyerson pregunta si en su camino encontrará otro sitio así. Nos queda la tranquilidad de saber que sí lo hará. UNICEF ha instalado además del lugar donde estamos que es en Aguas Verdes, otro espacio de descanso y juego para niños en Pueblo Nuevo, 25 kilómetros más al sur y un servicio para la familia en Máncora, en la región Piura.
Y así, mientras Franyyerson sigue su travesía, UNICEF continúa trabajando en la frontera norte del Perú por los derechos de la niñez y adolescencia migrante. En los últimos tres meses, los espacios amigables promovidos por UNICEF – en Aguas Verdes y Pueblo Nuevo- han recibido a más de dos mil niños, niñas y adolescentes migrantes caminantes.
Aguas Verdes (Tumbes), al norte de Perú en la frontera con Ecuador.