Antes de que llegue una vacuna, primero tiene que llegar la confianza. En Betel, una comunidad del Datem del Marañón, en la región Loreto, en la Amazonía del noreste del Perú, eso implica recorrer casa por casa.
Alfonso Matis (57), Apu de la comunidad, autoridad tradicional indígena que lidera y representa a su pueblo, lo sabe bien. Cuenta que las brigadas llegan cada medio año o cada año, pero no siempre las familias acuden. “Aquí no tenemos altavoz, por eso vamos a avisar a las personas casa por casa. Le decimos a la gente que confíe en las vacunas”, dice.
Ese trabajo previo de convencer, explicar y disipar temores es clave para que una vacuna, que puede salvar vidas, finalmente llegue a los brazos de niñas y niños.
En ese mismo territorio, en un rincón remoto de la selva tropical, donde llegar puede tomar más de un día de viaje entre carretera y bote, Norma Antunish (27) cuida a su hija Nancy, de 3 años, con la atención de quien sabe que, en esta parte de la Amazonía, una enfermedad puede cambiarlo todo.
El centro de salud más cercano está ubicado en Wachintza, a 3 horas en bote desde la comunidad Betel, en la que vive desde siempre. Esa distancia, que implica costear un galón de gasolina, que puede costarle entre S/20 y S/25 (US$5.75 o US$7.19), es su principal obstáculo. Para llegar hasta Wachintza debe usar al menos tres galones, lo que significa sus ingresos de un día de trabajo o alimentación.
"Es lejos para ir a Wachintza. A veces no tenemos movilidad, se puede ir caminando, pero demora más. Cuando un niño se enferma, la única alternativa es ir hasta allá. Por eso las madres colaboramos cuando un niño se enferma", cuenta Norma.
En ese contexto, cuando la brigada de vacunación impulsada por UNICEF con el apoyo de la Unión Europea llegó hasta Betel, Norma supo que no podía dejar pasar esa oportunidad. Nancy, su hija de 3 años, recibió la vacuna contra la tos ferina en un momento en que la Amazonía enfrenta una alerta por esta enfermedad y por el avance de la fiebre amarilla. Norma reconoce que antes sentía temor, pero las explicaciones del personal de salud le dieron la confianza para protegerla.
Para Norma, ese pinchazo breve vale más que cualquier temor. En Betel, puede marcar la diferencia entre enfermar o seguir creciendo.
Y es que su preocupación no es exagerada. En Datem del Marañón, el brote de tos ferina ha golpeado con fuerza, ya que hasta diciembre de 2025 se reportaron 3,922 casos, de los cuales 2,941 correspondieron a menores de 18 años y 2,941 a niñas y niños menores de 4 años. Además, se registraron 57 fallecidos, todos menores de 4 años de edad. En toda la región Loreto, la cifra ascendió a 3,922 casos y 57 muertes, todas en menores de 0 a 9 años.
A nivel nacional, la tos ferina acumuló 4,976 casos y 76 defunciones hasta diciembre de 2025, frente a 253 casos y 2 defunciones en el mismo periodo de 2024. En paralelo, la fiebre amarilla también encendió las alertas en la Amazonía. El país notificó 49 casos y 19 fallecidos, más del doble de los 20 casos y 9 fallecidos registrados el año anterior. Esto se debe a que la fiebre amarilla es transmitida por mosquitos que habitan en zonas selváticas, donde las condiciones de clima y vegetación favorecen su propagación. Las regiones más afectadas fueron Amazonas, San Martín, Junín y Loreto.
En medio de este escenario, el acceso a la vacunación no es solo una necesidad, sino un derecho. Todos los niños y niñas tienen derecho a la salud, sin importar el lugar donde vivan o la lengua que hablen; sin embargo, en zonas como Betel, ejercerlo aún implica superar grandes barreras.
Norma, con la claridad de quien ha visto de cerca el miedo que deja una enfermedad en comunidades donde llegar a un puesto de salud puede tardar horas, asegura que “es bueno que mi hija tenga sus controles para que viva feliz. ¿Si no se vacunan, cómo se van a proteger de las enfermedades? Acá la mayoría de niños ha tenido tos ferina, ojos rojos, dolor de pecho, en su espalda… si no los cuidamos, pueden morir”.
Por ello, el riesgo de no vacunarse puede ser letal, tal como indica Fiorella Pinedo (29), parte de la brigada de vacunación impulsada por UNICEF con el apoyo de la Unión Europea y su socio implementador ADRA. “El extremo sería la muerte, porque muchos de esos niños y niñas están con un sistema inmunológico débil y están propensos a tener muchas enfermedades infecciosas y virales”, alerta.
Durante la semana de trabajo, la brigada atendió a 15 comunidades adscritas a los puestos de salud de Wachintza y Secunza. Se logró vacunar a todas las niñas y niños menores de 5 años, a pesar que, según Fiorella, una “barrera muy grande” sigue siendo el temor y la desconfianza de algunos pobladores, que muchas veces evitan vacunar a sus hijos por miedo a los efectos secundarios, como fiebre leve, dolor en el lugar de la inyección o malestar general temporal.
Otro de los mitos más extendidos, cuenta, está ligado a creencias religiosas o culturales que les impide recibir la vacuna. Por eso, antes de inmunizar, el personal de salud debe dedicar entre uno y tres días a sensibilizar a la población, además se brinda información en los idiomas originarios.
“Un aliado clave” son los Apus de cada comunidad, además de los líderes y lideresas locales, señala, ya que ellos “son el puente de confianza entre la comunidad y el personal de salud”.
De hecho, Alfonso Matis, Apu de Betel, una comunidad de 215 habitantes donde, en los últimos meses, se han reportado casos de fiebre amarilla, tos ferina y malaria, desde hace semanas coordina con los agentes comunitarios de salud para asegurar que ninguna familia quede fuera de la jornada.
“Algunos niños han fallecido porque ir a Wachintza toma mucho tiempo y a veces no se puede conseguir gasolina. No tenemos dinero, no hay pescado, plátano, yuca… Por eso necesitamos que venga la brigada”, refiere.
Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, Alfonso reconoce que no siempre es fácil lograr que todas las familias participen. Aun así, insiste en recorrer la comunidad para que ningún niño se quede sin vacunar.
Fiorella reconoce que llegar a comunidades tan alejadas como Betel también exige sacrificios para el personal de salud. A veces deben pernoctar en una chalupa o pedir posada a algún vecino, con una bolsa de dormir al hombro. “Cuando llegamos, significa mucho, porque estamos dando un poquito de nosotros a estas comunidades que no pueden trasladarse”, dice.
“Ellos tienen la limitación del acceso, de la economía. Trasladarse al puesto de salud es una inversión porque aquí hay mucha pobreza. Al llegar, les damos una esperanza de vivir plenamente y con salud, algo que suena sencillo, pero en esta zona es un privilegio”, finaliza.