La chica que soñaba con una pizza en la selva más peligrosa del mundo

Janete, una chica de 13 años, relata su travesía a través del Tapón del Darién.

Por Alfonso F. Reca, Diana Romero y Clara I. Luna
23 Junio 2020

Janete, una chica congoleña de 13 años, relata su travesía junto a 6 primos a través del Tapón del Darién, una de las rutas migratorias más peligrosas del planeta, donde el tránsito de niños y niñas se ha multiplicado por siete en el último año. “Un día antes de llegar pensaba que iba a morir”, asegura.

Janete
UNICEF Panamá/2020/Urdaneta

“Cuando estaba en la selva tenía mucha hambre. Todavía siento el dolor del hambre. Ni comiendo se termina. Yo pensé que iba a llegar a la ciudad. Yo pensaba que iba a comer una pizza con soda. Pero cuando yo llegué acá, a Bajo Chiquito, no había nada. Fue un alivio, pero decepción también”.

A sus 13 años, Janete es una superviviente del Darién, la selva más peligrosa del mundo que ejerce de frontera natural entre Colombia y Panamá. Un lugar inhóspito que ha visto cómo el número de migrantes que deciden atravesarlo se multiplicó, pasando de 9222 personas en 2018 a cerca de 24000 en 2019. Lo más preocupante es el incremento de niños, niñas y adolescentes que pasó de 522 a casi 4000, de los cuales la mitad son menores de 6 años, según cifras oficiales.

La comunidad emberá de Bajo Chiquito (Provincia del Darién), accesible únicamente a pie o en bote, es el primer contacto con Panamá a este lado de la selva. Es un pequeño grupo de casas de madera que floreció en un claro del bosque junto al río Tuquesa. Viven 460 indígenas. Pero más de 600 migrantes de hasta 50 nacionalidades distintas conviven aquí, en carpas, a la espera de cupo en una barca para seguir camino. Bajo Chiquito no tiene acceso a servicios básicos todavía. De ahí la decepción de Janete.

Janete lleva 7 días aquí. Y no está sola. Viaja junto a su padre Kulutwe, su tío Romeu y su mujer Sanjia, y los 6 hijos de éstos: Francisco (16), Genese (14), Israel (8), Miriam (6), Jetfro (3) y Jeicobed (1). Hace 4 años llegaron a Brasil desde Congo y Angola. En las favelas de Sao Paulo, donde nacieron los más pequeños, no encontraron prosperidad. Y decidieron moverse. Siempre juntos.

“Brasil era mejor que África, fue bueno. Fue un poco difícil adaptarme en Brasil, porque los niños tenían un poco de prejuicio. Cuando aprendí a hablar como los niños y niñas brasileños fue fácil en la escuela”, recuerda Janete. “Después tuvimos que despedirnos de los amigos de nuevo”.

UNICEF Panamá

Los peligros de la jungla

Y de la escuela en Brasil, Janete llegó a las puertas del Darién: “Cuando llegamos acá, entramos a la selva y teníamos que subir montañas muy resbaladizas. Había muchos riesgos. Había un puente del que si no tenías mucho cuidado te podrías caer. Tenías que tener mucho equilibrio para pasar. Había que pasar por encima de rocas y si no pisabas correctamente, caías. Las piedras en el agua también eran muy deslizantes. Casi caímos en el agua y nos morimos ahogados porque no sabemos nadar. Pero nos esforzábamos”.

El Darién no se ha ganado la fama de ser la selva más peligrosa del mundo solo por sus montañas y ríos. Ni mucho menos. El cóctel explosivo del Darién tiene muchos otros ingredientes típicos de la selva. Como la alta temperatura y la humedad. Y como animales e insectos: “No había solo mosquitos, había serpientes. Vimos unas cobras cerca de nuestra carpa donde dormimos. Escuchábamos también ruido de jaguares. Había monos pasando. Era muy peligroso”.

Sin olvidar el factor humano. “Había personas que decían que eran guías pero solo cogían nuestro dinero. Teníamos que seguir solos el camino. También vimos tres hombres que no eran muy confiables. Pero no nos robaron, solo nos pedían 5 dólares para que nos enseñaran el camino. Parecía que querían asaltarnos, pero como dijimos que no teníamos nada, se fueron. Nadie nos ayudó”, dice Janete.

En total, Janete y toda su familia tardaron siete días en recorrer la selva hasta llegar a Bajo Chiquito. Un lento caminar con peligros a cada paso. Y al que todavía hay que sumar algún ingrediente más.

Janete (13 años) viaja con su familia compuesta de su padre, su tío y esposa y 6 primos con edades entre 16 y 1 año.
UNICEF Panamá/2020/Urdaneta
Janete (13 años) viaja con su familia compuesta de su padre, su tío y esposa y 6 primos con edades entre 16 y 1 año.
El viaje de Janete.
UNICEF/Panamá/2020/Urdaneta
En un celular, Romeu, tío de Janete, muestra en el mapa su lugar de origen en el Congo, desde donde partieron hace más de 4 años.

Sin agua y sin comida

“Pensábamos que la podíamos hacer (la travesía) en cuatro días y solo trajimos comida para cuatro días. Pero la travesía nos costó siete días y la comida se acabó. Solo teníamos jugo de polvos. Buscábamos el agua en el río y la poníamos en el jugo y bebíamos para tener fuerza. Porque el jugo tenía azúcar. No sabíamos si el agua del río era limpia o no, si se podía beber o no. Pero teníamos sed. La comida se había acabado toda y nuestros pies estaban rojos, hinchados, dañados”.

Y así durante una semana. “Nos arrastrábamos con un palo de árbol para poder caminar. Un día antes de llegar pensaba que iba a morir”. “Todos tuvimos problemas de salud. Nuestros pies estaban dañados, no conseguíamos caminar más. Yo tuve gripe, no conseguía respirar muy bien y mis pies dolían. Me arrastré mucho, mucho para llegar acá. Solo pensábamos en llegar”.

Desde Bajo Chiquito, agentes de la policía panameña de fronteras, atienden las urgencias médicas y conducen a los migrantes en barca hasta La Peñita, comunidad ubicada a la orilla del río Chucunaque, adaptada como Estación de Recepción Migratoria (ERM), localizada en el distrito de Pinogana, Provincia del Darién. Aunque quizá sea nuevamente decepcionante para Janete saber que tampoco hay pizza, La Peñita será el primer lugar donde se encontrará con servicios como agua, salud, nutrición y protección y último peaje antes de escapar definitivamente del Darién como parte de la operación flujo controlado que la conducirá a otra ERM ubicada en Los Planes, distrito de Gualaca, Provincia de Chiriquí en la frontera con Costa Rica, y de allí seguir su tránsito por Centro América, con los riesgos que ello implica y a los cuales ahora se aúna la pandemia por COVID-19 y los cierres de fronteras.  

“El principal riesgo que enfrentan los niños y niñas son temas de deshidratación porque llevan muchísimos días caminando por zonas donde existen células de crimen, donde a muchas familias les han robado todas sus pertenencias. Si los migrantes llegan a la selva preparados con comida y agua, usualmente o se les acaba o les han robado”, explica Margarita Sánchez, funcionaria de UNICEF en el Darién.

“Como consumen agua de los ríos sufren diarreas, vómitos y cuadros febriles”, sigue Sánchez. “También se exponen a picaduras de mosquitos y serpientes. Muchos niños nos cuentan que se han cruzado con serpientes por el camino”, añade.

Janete con sus primos.
UNICEF/Panamá/2020/Urdaneta
Janete y sus primos más pequeños se dirigen al espacio amigable para niños, niñas y adolescentes que UNICEF con socios opera en la Estación de Recepción de Migrantes de Gualaca, cerca de la frontera con Costa Rica.
Janete conversa con su primo Francisco
UNICEF Panamá/2020/Urdaneta
Janete y su primo Francisco pasan el tiempo conversando en Bajo Chiquito, una comunidad Emberá que se ha convertido en paso para los migrantes que cruzan Panamá en su ruta a Norte América.

UNICEF ha instalado en este punto una planta de tratamiento que proporciona diariamente 40.000 litros de agua limpia y segura a través de cuatro puntos de distribución. Un servicio del que también se beneficia la comunidad, que se ha convertido en la primera de esta zona panameña de bajo desarrollo en tener agua potable y redes de saneamiento, así como la promoción de prácticas de lavado de manos para reducir el riesgo de contagio por COVID-19.

Las autoridades sanitarias panameñas vacunan y atienden a todos los migrantes. Un técnico sanitario de UNICEF y Cruz Roja recorre diariamente la comunidad en busca de niños, niñas y madres embarazadas. Los más vulnerables entre los vulnerables. Mide los niveles nutricionales de cada niño menor de 5 años, chequea el estado de todos y enseña a las madres lactantes la importancia de esta forma de alimentación.

Al fondo del poblado, bajo la sombra, en un espacio seguro y de apoyo psicosocial para la infancia, un grupo de niños y niñas migrantes, así como los de la comunidad, dejan sus juguetes y sus pinturas y, todavía disfrazados, se tiran al suelo en círculo para ver una película. Ríen y juegan de nuevo. Vuelven a ser niños. Niños como Janete y sus seis primos. Sobrevivientes del Darién. Pero ante todo, niños.

Desde mediados de marzo las fronteras panameñas han sido cerradas como parte de las medidas de prevención de la propagación del COVID-19 dejando a más de 2.500 personas migrantes en tránsito atrapadas en las ERM, 30 por ciento de los cuales son niños, niñas y adolescentes. Además, hay 60 mujeres embarazadas y 17 recién nacidos, lo que ha implicado adaptar la respuesta de UNICEF a esta nueva realidad.

Janete y su familia.
UNICEF Panamá/2020/Urdaneta

 

 


Janete y su familia atravesaron el Darién buscando llegar hasta Canadá. Sueña con regresar a estudiar y convertirse en diseñadora de modas. En el espacio amigable instalado por UNICEF y gestionado por socios implementadores locales, practica los dibujos que mantienen vivo su anhelo.