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Luna y Estrella: volver a sonreír después de la migración

Protección y apoyo para niñas y niños retornados

Paola Baldizón
Luna y Estrella
UNICEF/UN0865745/Izquierdo
27 Julio 2026

Dentro de la unidad móvil, Luna y Estrella dibujan juntas, se ríen y muestran orgullosas sus dibujos coloreados. A simple vista, parecen dos niñas como cualquier otra. Pero, hace no mucho tiempo, las gemelas de 10 años apenas hablaban; vivían atrapadas por el miedo a salir a la calle, a los ruidos fuertes, a dormir, e incluso de convivir con sus propios hermanos. 

Dormían inquietas, lloraban constantemente y muchas veces se escondían en silencio. 

Antes no quería hablar, no quería salir de la casa”, recuerda Estrella. “Ahora me siento feliz, estoy tranquila cuando salgo”, dice Luna. 

En Guatemala, miles de niñas y niños retornados enfrentan las secuelas emocionales de la migración y la violencia. Solo en 2025 retornaron al país 1,904 niñas, niños y adolescentes, según datos del Instituto Guatemalteco de Migración (IGM). La historia de Luna y Estrella muestra cómo el acompañamiento al proceso de reintegración familiar en comunidad de origen puede transformar el miedo en esperanza. 

Luna y Estrella con personal de UNICEF
UNICEF/UN0865722/Izquierdo
Personal de UNICEF
UNICEF/UN0865721/Izquierdo

La historia de esta familia comenzó a fracturarse mucho antes del retorno. En el departamento de Quiché, de Guatemala, marcado por el alto índice de retorno de niñas, niños y adolescentes quevivían violencia constante dentro del hogar.  

El padre de Luna, Estrella y sus dos hermanos mayores empezó a tener un comportamiento violento.Las humillaciones y amenazas hacia la madre aumentaron hasta que un día, ella y sus hijos quedaron en la calle. 

“Nos dejó sin casa, sin nada. Hubo un día que dormimos en el parque”, cuenta Mimi, madre de Luna y Estrella. 

Con cuatro hijos a cargo, tomó una decisión desesperada “migrar”. Buscaba un futuro distinto para sus hijos, buscaba sobrevivir. Como muchas familias guatemaltecas, migró huyendo de la violencia y buscando oportunidades para sus hijos. 

Pero el trayecto hacia Estados Unidos estuvo marcado por el miedo, más violencia y nuevas heridas. En México, tanto la madre como las niñas vivieron situaciones traumáticas que las transformaron. El sueño migratorio terminó antes de llegar a destino y la familia, profundamente afectada por violencia durante el tránsito, fue retornada a Guatemala. 

Niños dentro de salón de clases
UNICEF/UN0865736/Izquierdo

Cuando vine, estaba bien destrozada”, recuerda Mimi. “Afortunadamente mi esposo ya no estaba en la casa y pudimos entrar. Pero ya no quería salir de la casa. Me encerraba en el cuarto, en la oscuridad. Ya no quería bañarme ni verme en un espejo”. 

Las niñas también cargaban el impacto emocional del viaje. Según Olga Pérez, psicóloga del programa apoyado por UNICEF con fondos del Gobierno de Japón, las gemelas llegaron con miedo permanente y dificultadesemocionales severas. 

Tenían miedo de salir a la calle, miedo a que alguien les hiciera daño. Mostraban mucha tristeza y dificultades para hablar. La relación familiar también estaba muy afectada”, explica. 

Historias como la de Luna y Estrella reflejan la realidad de cientos de niñas y niños retornados.  


En 2025, 1,262 niñas, niños y adolescentes migraron acompañados de un familiar y 642 lo hicieron no acompañados” (IGM), enfrentando múltiples riesgos durante la ruta migratoria y al regresar a sus comunidades.Frente a esta realidad, UNICEF y sus aliados, con fondos del Gobierno de Japón, fortalecen los sistemas de protección para niñas, niños y adolescentes retornados y sus familias, brindando acompañamiento psicosocial, acceso a educación, espacios seguros y articulación de los servicios a nivel departamental, municipal y comunitario para apoyar su recuperación y reintegración. 


 

Luna y Estrella acercándose a personal de UNICEF en calle
UNICEF/UN0865725/Izquierdo

A través del programa, la familia recibió acompañamiento psicosocial, visitas domiciliarias y apoyo para acceder nuevamente a servicios de salud y educación. Las niñas volvieron a la escuela. Recibieron útiles escolares, mochilasy acompañamiento emocional en su propio idioma y desde la pertinencia cultural. 

Poco a poco, comenzaron los cambios. 

Gracias al apoyo que nos dieron ahora podemos escribir, hablar y sonreír”, cuentan las gemelas. 

Hoy, Luna sueña con ser doctora para ayudar a las personas enfermas. Estrella quiere ser policía para proteger a quienes viven con miedo. Tienen amigas en la escuela, hacen sus tareas, dibujan juntas y vuelven a imaginar un futuro. 

Su madre también logró reconstruirse. Ahora trabaja como alfabetizadora y tiene un pequeño negocio, dice que volvió a encontrar esperanza. 

“Pensé que ya no podía salir adelante sola con cuatro hijos”, cuenta Mimi. “Pero ahora compartimos, reímos, vemos películas juntos. La tristeza que tuvimos antes se convirtió en felicidad”. 

En casa ya no hay silencio ni puertas cerradas; ahora hay abrazos al regresar de la escuela, tareas hechas entre risas y sueños que vuelven a tomar forma. Poco a poco, el miedo fue dejando espacio a algo que parecía imposible: la tranquilidad de volver a sentirse familia. 

Luna y Estrella ya no se esconden, ahora hablan, juegan, estudian y sueñan con el futuro. Su historia es el reflejo de que, incluso después de la violencia, el desarraigo y el miedo, una red de apoyo oportuna puede ayudar a reconstruir la vida de niñas, niños y adolescentes retornados y sus familias. 

Y, sobre todo, hay una frase que las gemelas repiten juntas, casi como una promesa y una victoria: “Ahora somos una familia unida y feliz”.