El viaje teatral de Ury Rodríguez
El actor y director artístico comparte cómo su pasión por el teatro y su trabajo en la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa han marcado la vida de miles de niños y niñas en las comunidades rurales más remotas de Cuba
Mi abuelo Mongo nació en un batey baracoeso llamado El Güirito. Allí se fundó el Grupo Kiribá y Nengón, representante del género musical bautizado como la célula primaria del son y declarado Patrimonio Cultural de la Nación cubana.
La primera y única vez que vi a la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa fue en la escuela primaria Manuel Fuentes Borges del Güirito. Desde la década de los noventa, artistas de toda la Isla emprenden cada 28 de enero una travesía cultural y llevan su obra a los poblados montañosos y de difícil acceso en esa provincia.
Supe qué era un cruzado en mi infancia, porque una vez al año me pasaba 10 o 15 días con mis abuelos. Todavía mis padres y yo mantenemos el hábito de viajar de La Habana a esa finca rodeada de cacao, plátano y otros cultivos. En El Güirito las casas se dispersan al pie de una montaña y la inventiva de su gente condujo a crear un «palo wifi», para coger dos rayas de cobertura y algo de conexión a internet. Ahí los amaneceres suenan a gallos y gallinas, un café colándose en el fogón de leña y un par de botas atravesando el fango. Las noches, sin embargo, las colonizan las cigarras y algún que otro yipi (carro) que ilumina la carretera.
En El Güirito vi actuar a Ursinio Rodríguez Urgellés, Ury, como prefiere que lo llamen. Al ser solo una niña, como los otros niños a mi alrededor, ignoraba que él era actor, director artístico, narrador oral y titiritero. Para nosotros Ury era un «Negrito» con la bemba colorá. Mi madre dice que mi primera impresión ante aquel personaje típico del teatro vernáculo fue llorar y luego reír mucho. De mi niñez conservo pocos recuerdos, pero ese solo ha transmutado por el efecto corrosivo del tiempo.
Para hablar de Ursinio no hace falta una lista de sus obras o premios, tampoco presentarlo como el actual presidente de la Unión de Escritores y Artistas en Guantánamo. Prefiero centrarme en su segundo apellido, Urgellés, y retomar la curiosidad ortográfica que me explicó varios años después, cuando lo volví a encontrar en La Habana. Acentuar o no la palabra va más allá de una errata en el registro civil.
Los Urgelles sin tilde lucen su ascendencia española y los Urgellés con tilde provienen de familias esclavas que le otorgaron a aquel apellido blanco la fuerza de pronunciación en la última sílaba. Físicamente, Ursinio tiene el cuerpo flaco, la piel clara y un pelo largo que parece heredado de sus ancestros ibéricos.
Él prefiere la bemba grande, la pasa dura y los pies sueltos, como describió a los antepasados negros Nicolás Guillén, el Poeta Nacional. Así conocí a Ury, el cruzado, en un batey baracoeso llamado El Güirito.
Cuando eras niño te ponías la ropa de tu abuelo e imitabas a Simplicio, aquel personaje de San Nicolás del Peladero. ¿Cómo aquel juego infantil se convirtió en tu vocación?
Todo surge de un sueño, de una idea y así nació este universo tan rico en mi vida: dedicarme a una de las profesiones más nobles y agradecidas que consiste en la interpretación de hechos y sucesos de la cotidianidad. Vestirme con las ropas de mi abuelo, que se guardaban debajo del colchón de su cama, era un mundo de extrema fantasía.
Al mismo tiempo me permitía convertirme en otro, jugar a un personaje, y créeme, lo hacía de una manera inconsciente. Para un niño de 10 años es bastante prematuro entender en aquellos tiempos que estaba adentrándose en las artes escénicas. Imitar a un personaje muy particular como Simplicio, del popular programa televisivo San Nicolás del Peladero, provocaba en el núcleo familiar el agrado y la risa, sobre todo en las fiestas y celebraciones familiares.
Nos divertíamos todos y a la vez encontrábamos una utilidad otra a las ropas viejas de mi abuelo, que tenían tallas exageradas para mi cuerpo. Aquel personaje siempre buscaba que le dieran alimento, era muy delgadito y hambriento, con una imagen caquéctica.
Esto daba posibilidades de caracterizar no solamente el cuerpo sino aquella voz temblorosa y aguda. Ahí estuvo la génesis. Cuando logré conciencia y llegaron a mi vida los instructores de arte y otras personas, el juego familiar se había convertido en una meta. El Ury de entonces ya intentaba tener varias vías de comunicación y conexión con los demás. El arte me regaló esa posibilidad.
En una entrevista afirmaste que La Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa se ha convertido en una fuente de inspiración y de vida. ¿Cómo recuerdas la primera vez que participaste?
Ir a la Cruzada Teatral fue un descubrimiento que ya presentía, puesto que era la segunda edición de este hecho aventurero y las anécdotas y los cuentos y las experiencias vividas me parecían de una grandeza extraordinaria. Yo quería vivirlo también y no solamente porque significaba un encuentro con una población que descubría por vez primera el teatro. Entonces ya había recorrido estas zonas rurales en otros proyectos y también había estado en la Sierra Maestra, pero ninguna vivencia se compara con un suceso como la Cruzada. Implicaba un intercambio mucho más directo, significaba vivir en esos contextos campesinos, intercambiar y conocer de esa génesis humana, de la cultura toda.
Además, mi familia proviene de las tierras intrincadas de Yateras y ya tenía una memoria vívida desde la oralidad. La Cruzada me permitió reinventarme y redimensionar lo poco que había aprendido. El contacto con aquellos primeros públicos me hizo tener una conciencia del deber de un teatrista y cómo aportar con mis humildes conocimientos al bienestar común. Fue un despertar y ahí descubrí que el teatro de investigación debía ser una de mis líneas prioritarias.
Me deslumbré con lo que encontré a mi paso y lo he ido enriqueciendo hasta hoy. Aquella primera Cruzada provocó en mí un arraigo mucho mayor. Me siento orgulloso de ser de estas tierras, donde nacieron mis padres, mis abuelos y donde tuve la posibilidad de trazar otro camino: el mío. Mi primera Cruzada me hizo entender y aprovechar un universo para el cual venía preparado genéticamente.
¿Qué encuentra un teatrero cuando lleva su arte a las montañas y pueblos intricados de la provincia más oriental de Cuba?
La virtud de poder reinventarse a través de otras miradas que fortalecen y concretan la obra. Como teatrista he encontrado soluciones múltiples a procesos y el público me ha dado soluciones artísticas o ideológicas. Encuentro siempre un receptor dispuesto a descubrir y desentrañar. No solamente se trata de una función contemplativa, también hay devolución de saberes durante el desmontaje de una puesta en escena o un taller de realización teatral.
En los primeros años de la Cruzada Teatral encontramos unos niños muy tímidos y se hacía complejo reunirlos. En ocasiones sentían hasta vergüenza de expresar sus emociones ante un espectáculo titiritero, de clown u otras variantes del teatro para niños, puesto que no era frecuente y en muchos lugares no había conexión alguna con agrupaciones artísticas.
Esto sin duda los hacía vulnerables ante unos soñadores que llegaban a brindarles una opción de esparcimiento y también de incrementar su acervo cultural. Fueron años de poder convencer con la nobleza del teatro. Con el tiempo se hizo habitual que los públicos entraran en contacto con nosotros los actores. Aquellos niños que sentían temor hoy son adultos que tienen hijos y nietos. A veces me preguntan mi edad, porque ya ellos han constituido familias enormes. Entonces me recuerdan cuando fui a su escuela, me narran la puesta en escena o me describen los personajes y los títeres. Resulta lindo porque uno sigue estando y el público infantil se va renovando cada vez.
Creo que tengo una gran fortuna y es la de ganarme el cariño y el amor de muchos niños y niñas. Al terminar mis funciones vienen a compartir su merienda, me regalan una flor o también una cartica donde dicen que me esperan el año próximo.
¿Cómo la influencia de las tecnologías y el turismo tiene un efecto en las comunidades de las montañas, principalmente en las infancias y adolescencias?
Indudablemente, hay un manejo mucho más consciente de las tecnologías en las comunidades rurales y cada vez se observa un empoderamiento en cuanto al desarrollo y la inclusión. Existe una mayor información en el contexto de la cultura general, porque a través de estas tecnologías llegan otros referentes que ayudan a construir un pensamiento crítico de los procesos sociales.
Esto constituye a su vez una fortaleza para el intercambio del arte. También es posible conservar estas memorias, cuando llegamos a estos sitios de la geografía rural se graban los procesos, hay teléfonos, cámaras y otros dispositivos en cualquier rincón o paraje, por muy intrincado que nos parezca.
El teatro sigue siendo una prioridad en estas poblaciones, porque el contacto directo, frente a frente, permite vivir otras experiencias y emociones. Hay zonas de un turismo muy evidente, pero la Cruzada sigue siendo una opción de alta espiritualidad.
Contar la historia de la migración cubana es para ti una deuda social y cultural. ¿Cómo cala este fenómeno en la vida de estos poblados y en sus generaciones más jóvenes?
El compromiso con nuestro tiempo y la memoria social es una deuda que vamos adquiriendo en la medida que conocemos más hechos y sucesos, al individuo en su entorno social y somos parte indisoluble de este contexto. Vamos construyendo un lenguaje en el decir y esto incluye todas las variables de la expresión artística, que parte de una investigación consciente. Contar muchas temáticas ha sido también parte de mis prioridades, hablar de las relaciones interpersonales, narrar los conflictos del amor, la amistad, la familia, la integridad del ser... y la emigración no es un hecho alejado, sino una sustancia creativa.
En mi obra L'tam qui pasé hago una recreación sobre la inmigración asentada en el Oriente de Cuba, llegada de las islas del Caribe. Ellos trajeron sus tradiciones y parte de sus culturas. Las mujeres tuvieron un papel fundamental porque educaron a sus hijos; en las primeras edades un cuento constituía una manera de formar valores. A partir de estos procesos de investigación me nutro de toda una oralidad, para también llegar a los niños y niñas de hoy. Dialogar desde temáticas como la emigración cubana contemporánea resulta vital para un teatrista. Es también nuestra responsabilidad plasmar lo que vivimos y sentimos.
Los niños de hoy necesitan de otros mecanismos de comunicación y de conexión porque tienen otros referentes. ¿Cómo buscar historias que hagan despertar los sueños de ese público infantil?
Hoy los niños tienen referentes como los videojuegos y estos les van armando un universo de personajes y héroes que no pertenecen a su universo cultural. Si lo miramos desde los animados y los propios juegos de participación colectiva, la tecnología les da otra visión de su universo cognitivo. No se puede tratar a un niño como un ente que no razona o no piensa, ni pensar que el artista, a través de los juegos lúdicos y el manejo de una literatura, definirá su formación cultural. La infancia tiene múltiples vías de nutrir su intelecto y nuestra responsabilidad es que las producciones que consuman resulten adecuadas para cultivar valores.
A pesar de que hay un sinnúmero de audiovisuales que conducen a la violencia y los hechos bélicos, aún existe en la infancia la inocencia perfecta para conectar con un hecho artístico, como puede ser una función titiritera, un cuentacuentos, los actores y el clown, donde cada uno aporta historias cercanas a las necesidades de cada grupo etario. Entonces el niño se aventura en la magia de la interrelación entre personajes, las historias y el espacio físico.
En mi caso en particular, cuando selecciono un texto o una idea para trabajarla no pienso en mi gusto personal, sino cómo le va a llegar al público. Hoy ningún tema es tabú y se pueden tratar todas las inquietudes que mueven la sociedad cubana. Siempre trato de encontrar en cada espectáculo qué quieren ver mis niños. Tengo varias obras donde el objeto titiritero está hecho con recursos muy nobles, fabricados con materiales reciclados. En este caso el cartón de embalar es muy noble y ofrece muchas posibilidades.
Además está al alcance de todos los espectadores y sus padres, abriendo la posibilidad de que lo puedan realizar y cada niño cuente su historia. He dictado incluso talleres de construcción de títeres utilizando materiales al alcance de la mano y también para que los maestros o promotores culturales se aventuren de igual manera. Para mí que me digan: quiero hacer tu espectáculo porque es muy sencillo, me resulta fascinante, porque el arte se convierte en una posibilidad de aprender y educar.
El mundo de la escena te eligió. ¿Por qué es además un compromiso social?
Hay seres elegidos para algo muy específico, algo así como un don especial y siempre me he creído elegido para hacer teatro, privilegiándome con esa magia que conecta con las personas y en especial con los niños. Hace muchos años un amigo teatrista, después de ver una función mía en El Naranjo de Yateras, me dijo: «Ury, tú pareces un personaje salido de los cuentos, tal parece que te has escapado de uno de esos libros para niños».
Lo encontré muy simpático, pero no tenía la dimensión de su frase hasta que tomé conciencia con el tiempo al ver tantos niños y niñas detrás de mí, cual encantador de pequeñines. Conocerlos va creando un compromiso, humano, espiritual, formativo, desde lo ético y lo artístico. El Ury y el titiritero, el actor y el cuentero existen ante las audiencias que reclaman compartir y la mirada social es un compromiso con este tiempo.
¿Cómo el teatro puede contribuir a preservar el folclor, las tradiciones y la cultura cubana y del Caribe?
Las tradiciones y el folclor son muchas veces la fuente nutricia de los teatreros, porque hay en todo ello una ritualidad que se parece a lo escénico. El que consume es un sabedor de todo un patrimonio y el producto artístico simplemente está reelaborándolo para convertirlo en múltiples interpretaciones.
El teatro maneja una síntesis de este mundo vivencial, por eso es una oportunidad de no dejar morir algo que el ser humano construyó de manera natural.
Esto nos acerca a nuestro contexto caribeño, la danza, el canto, el colorido, el uso de máscaras, la música hecha con múltiples instrumentos alternativos. Cuando el teatro se presenta en espacios abiertos, el público se acerca casi siempre de manera festiva, porque en ello está el culto a lo sagrado. Nuestros entornos culturales favorecen la reinvención de un acto puramente escénico teatral.
Además, somos el reflejo del entorno en el que vivimos, somos una suerte de memoria y la fortuna está en el que viene en busca de algo que va más allá de un simple entretenimiento.
¿Qué significa ser un cruzado?
La Cruzada es una familia gigante y tiene un sentido humanista, es la razón que une y teje puentes. Cuando se emprende el viaje existe una conexión y un único pensamiento y eso nos da razones para volver cada año. Somos muchos los enamorados de la travesía, hay tantos que han querido volver, unos lo han logrado y otros no, pero una cosa es cierta: basta una vez y ya se es un cruzado por siempre.
Estoy deseoso de que llegue el momento de la partida y eso me hace mucho bien. Ese deseo está desde el primer día que regresamos a la ciudad, porque ya estoy pensando qué puede ocurrir en la siguiente Cruzada, todo un año añorando.
Ser cruzado por 33 años me ha dado una de las razones de vivir.
Ser un cruzado es saber quién soy y hacia dónde voy.