Las tiernas locuras de Raúl Paz
Entrevista con un artista que fue Embajador de Buena Voluntad de UNICEF, como parte de la serie 35 voces por la infancia en Cuba
Aunque sus admiradores no siempre puedan descubrirlo, mucho del chiquillo travieso e hiperquinético que fue, se expresa y brilla en los escenarios. «En realidad, uno repite a lo largo de los años los deseos de niño, aunque no cumplamos los más extravagantes», afirma quien mereció convertirse en Embajador de Buena Voluntad de UNICEF y se involucró en proyectos muy sensibles socialmente como Escuelas contra huracanes.
Para ser artista hay que estar un poco loco, bromeó Raúl Paz en su vídeo promocional por la apertura de la 15ta. Bienal de La Habana. Si alguien lo presentara ahora mismo, diría que su estilo de «guajiro latin folk» y sus 14 discos han cautivado al público cubano e internacional. Pero pocos saben cómo era de niño. Las muchas trastadas que hizo le costaron ir a consultas médicas, como aseguró en una entrevista. Pero el tiempo demostró que su «esquizofrenia» era creativa y no de otra naturaleza.
Entre los ocho y los diez años entré en el universo de la Casa de Cultura de mi pueblo, en San Luis, Pinar del Río. En ese momento estos espacios funcionaban de manera muy interesante y seria. Allí pude equilibrar el niño que le encantaba la escuela y aprender con aquel que hacía muchas fechorías. Era un pequeño ansioso; mis padres trabajaban mucho y yo tenía ansias de hacer. En mi formación influyeron Gustavo, mi profesor de guitarra, y Carlos Gener, el director de la Casa de Cultura. Como evidentemente lo mío no era el deporte, centré toda aquella energía en la búsqueda de un camino artístico.
Siempre tuvo fascinación por los juglares medievales. ¿Por qué convertirse en esa suerte de contador de anécdotas, cronista de ciudades?
De pequeño justamente me dormían siempre con un cuento. La manera de calmar aquel niño tan inquieto era la abuela diciéndome cómo era papá de pequeño, la pregunta que siempre le hacía. Esa relación con el pasado o el futuro que no conocemos, a través de una historia, siempre es algo mágico. Se siente como estar en otro lugar simplemente con el pensamiento. Así surgió en mí esa manía de comunicar y por eso soy artista. Me gusta poner mi granito de arena y cantar historias verdaderas o falsas, que permitan a la gente pensar en posibilidades diversas.
En una entrevista anterior aseguró que la música tiene el poder de aglutinar gente diversa. ¿Cuál es la responsabilidad social de esta manifestación del arte?
La música es un arte fabuloso, un instinto humano que no necesita lenguaje o idioma, es entendible para todos. Resulta asequible incluso para quienes no pueden escuchar bien, a través de las vibraciones. Soy privilegiado de poder hacer música y entender que hay otro lenguaje, una manera de comunicar intuitiva y natural. Una de las grandes posibilidades que tiene la música es aglutinar mucha gente. En esos momentos, donde tienes las personas delante, hay un estado de libertad cerebral en el cual todos, incluyendo los artistas y los músicos, están en la misma onda física. Hay una especie de comunión por una hora, dos o 15 minutos. En ese momento se sienten iguales; ricos, pobres, grandes, pequeños, frustrados y triunfantes.
La música sirve para estar solo y sentirse acompañado por ella. Debería ser más cotidiana, estar más presente, porque es algo maravilloso que nos diferencia de los demás animales de este reino. Tenemos la posibilidad de aprovecharla para ser un poco mejores.
¿Por qué la niñez —como usted dijo— resulta un momento de alta creatividad en la vida del ser humano?
Así les digo a mis hijos, que traten de pensar en todos los deseos, las ideas y las grandes locuras que se hacen a esa edad. Estoy prácticamente convencido de que ese nivel de creatividad, libertad, ese tiempo dedicado al pensamiento y poder estar con uno mismo, después la adultez te lo arrebata con tantos problemas, trabajos y dificultades. La infancia es un momento creativo por excelencia y, en realidad, uno repite a lo largo de los años los deseos de niño, aunque no cumplamos los más extravagantes. Tampoco es una cuestión de cumplimiento, sino de ser eternamente un pequeño al que le van quitando cada vez más tiempo y energía. Pero si guardamos esa parte podemos seguir siendo creativos, porque en la niñez el cerebro está tan libre, constantemente creando y preguntando. Por eso hay que defender tanto la infancia.
¿Cómo potenciar el instinto creativo de los niños a temprana edad?
La humanidad ha evolucionado y en ciertas partes del mundo ya se piensa en la niñez, no como un estado transitorio para llegar a la adultez, sino como un período fundamental. Hay que darles la posibilidad de soñar al máximo desde muy temprano. Creo que la música, los idiomas y el deporte resultan importantes en esa primera infancia. Un pequeño es un ser humano que está aprendiendo y si le enseñamos lo malo o lo bobo, lo sin importancia, eso va a quedarse con él siempre. Sin embargo, si se le incentiva a hacer cosas, a reflexionar desde muy temprano, tendrá un impacto en su desarrollo posterior.
¿Cuáles son los principales peligros que, en su opinión, enfrentan hoy las infancias?
Los peligros siempre han existido y están en consecuencia con las épocas. Nosotros vivimos la pérdida de valores al extremo y el desarrollo del liberalismo total que inciden de manera negativa en la niñez. Por un lado, en algunos casos se deja totalmente abandonada la infancia porque hay trabajo que hacer y dinero que ganar. Entonces el niño queda como un objeto no muy lejano a un jarrón o una flor. Lo fatal también es integrar al niño en esa competencia para lograr y lograr, que tenemos naturalizada en la sociedad moderna. Soy padre y vivo constantemente preocupado con eso.
Usted fue Embajador de Buena Voluntad de la UNICEF. ¿Cómo proteger a las infancias de estos peligros?
Defender la infancia, a los más desprotegidos en todos los sentidos es un deber. No se puede ser adulto y no creer que la mejor manera de retribuir lo poco o lo mucho que nos han aportado es defendiendo los derechos de la niñez. Durante mucho tiempo se pensó que la infancia era una etapa de espera y se le trataba con una cierta condescendencia. Todo el trabajo cerebral y emocional empieza en la infancia, el respeto a los demás, las ganas de sentirse útil, de ayudar.
La mayoría de las veces los padres y los adultos no se percatan que los niños tienen cada vez menos tiempo real. Se trata de frenar la esquizofrenia social y darle al niño la plaza que merece. Me parece muy importante vincular a los niños a cosas reales, a la naturaleza, la música o el deporte, y menos al mundo falso que nos obligan a experimentar.
El proyecto Escuelas contra huracanes se financió a partir de conciertos y el apoyo de UNICEF. ¿De qué manera contribuyó esta iniciativa a la rehabilitación de lugares y ayuda a los damnificados?
El proyecto empezó en 2009 y fue el típico ejemplo de contribución de seres humanos y gente chévere a una causa totalmente normal y lógica que es ayudar al otro. Escuelas contra huracanes se propuso ayudar a volver a fabricar escuelas que se habían caído en zonas rurales, para que también se convirtieran en un posible refugio para los demás ciclones. Un grupo de músicos y artistas dijimos de manera natural: algo tenemos que hacer. También hubo una labor increíble del representante de UNICEF en ese momento en Cuba, José Juan Ortiz, que era un hombre maravilloso y con un corazón de oro. Él enseguida nos dio todo ese apoyo.
Como pequeña anécdota, hace unos días, filmando un videoclip para el disco nuevo, estábamos en el medio del campo y el muchacho que cuidaba los caballos se acercó a mí y me enseñó una foto de una de las escuelas cerca de Viñales, que se reconstruyó con esa ayuda de UNICEF. Efectivamente, era un niño pequeño de primaria entonces y estaba agradecido de que hubiésemos estado allí. Nunca será suficiente la ayuda que podamos dar a los niños porque ellos van a construir el mundo en el que vivimos.