Los insurgentes que remueven La Habana
Entrevista a Sandra Sotolongo, activista que impulsa la enseñanza en ambientes no convencionales desde el proyecto de desarrollo local Insurgentes. Una de las 35 voces por la infancia en Cuba.
Un día, al paso entre la suciedad, el desaliño y el bullicio de una de las calles de la capital, uno de sus hijos le lanzó una provocación que cambiaría la brújula de su vida. Desde entonces es el ángel de un proyecto en el cual la naturaleza y la educación llevan a espacios de libertad, bienestar y buen vivir.
Penetrar entre las calles Aguacate y Villegas, en la populosa Habana Vieja, es como hacerlo en un mundo paralelo. En la medida que avanzas dejas atrás los vertederos en las esquinas, el desaliño citadino, la música a todo volumen y el bullicio que desde tiempos de la Colonia describían los cronistas. Lo que antes era derrumbe, destrucción y basura en la calle Sol, No. 420, se convirtió en un oasis verde gracias al liderazgo de Sandra Sotolongo junto a otros soñadores.
Los escombros fueron sustituidos por canteros sembrados de espinaca, caña santa, café y otros cultivos. En el barrio de Belén hay un pequeño bosque donde niños y niñas aprenden sobre los olores y las texturas de la naturaleza. En este espacio de la ciudad se escucha el sonido del agua regando las plantas, las hojas movidas por el viento y el zumbido de las abejas meliponas. Si no fuera por el estruendo de los carros y los pregoneros modernos con sus bocinas, creerías estar en un apacible ambiente campestre.
El Proyecto de Desarrollo Local (PDL) Insurgentes interviene en un municipio en el que más del 40% de las más de 20.000 viviendas no cumplen con las condiciones de habitabilidad mínimas, según reconoce el Plan General de Ordenamiento Urbano de La Habana al 2030. Por ello no resulta raro que la codirectora de la iniciativa promueva la riqueza del centro histórico y embellecer aquellos espacios donde radica.
Para Sandra, las infancias cubanas necesitan una educación responsable con el ecosistema, en contacto con la tierra, que les permita tener la autonomía para ser los guías de su propio aprendizaje.
En sus encuentros con los pequeños, esta activista comunitaria combina la filosofía Montessori, basada en la libertad de cada pequeño para desarrollarse a su propio ritmo y la educación Waldorf, que estimula el estudio a través de actividades artísticas, el juego libre y la imaginación.
La inclusión de su proyecto en el Directorio de experiencias de educación ambiental para niños, niñas y adolescentes en Cuba, publicado por FLACSO-Programa Cuba y UNICEF, es el reflejo de sus más de diez años de trabajo en los barrios de la capital.
«Nuestra insurgencia también se centra en nuestra capacidad de transformarnos, de querer un país con objetivos y métodos en el que todos estemos incluidos y en el cual la naturaleza y la educación nos lleven a espacios de libertad, emancipación, bienestar y buen vivir», asegura.
¿Cómo la estudiante de Contabilidad se convirtió en activista comunitaria?
Tengo 40 años y 20 de ellos he vivido en La Habana Vieja, en casa de mi abuela materna. Aquí llegué después de comenzar la universidad, donde necesité un poco más de espacio y la casa de mis padres en el Vedado no me lo permitía. Esta casa vieja y bastante deteriorada se convirtió en la única posibilidad de encontrar un camino. Me casé dos veces. Tengo una niña y dos varones: el mayor Fabio, la del medio Sofía y el más pequeñito Camilo. Mis criaturas hermosas me han guiado e impulsado. Alrededor del año 2013 ya hacía un trabajo comunitario junto a Pavel García en el Proyecto Barrio Habana, que buscaba alejar a jóvenes adolescentes de conductas peligrosas a través del fútbol-sala.
Un día, cuando doblábamos la esquina de Villegas y Sol, mi hijo Fabio dijo: mamá, papá, ustedes que tanto trabajan con los niños, con las niñas, con la comunidad, habría que hacer algo por esta suciedad. Así empezamos con el reciclaje y los temas medioambientales.
¿Por qué convertir una edificación en estado de derrumbe en el Aula Ecológica Sol 420?
En 2013 Fabio se enfermó de necrosis en la cabeza del fémur. Fue duro para nosotros llevar el tema comunitario con niñas y niños, sobre todo de La Habana Vieja, y saber que nuestro pequeño no podía practicar fútbol porque estuvo cuatro años usando un aparato y en un sillón de ruedas sin poder caminar. Eso impulsó el otro trabajo que hacíamos con el ajedrez, los rompecabezas y los legos, porque él encontró en esos deportes un recurso para divertirse. Compartimos con muchos vecinos de escuelas y comunidades en aquellos años.
En 2014 todavía no teníamos un espacio físico donde las personas nos pudieran identificar. Nos movíamos por todas las plazas y lugares que nos dieran acomodo. Ese año nos identificamos más con nuestro territorio, el barrio Belén, y nos ubicamos en el área del Cristo, cerca de nuestra casa.
Empezamos a soñar un lugar verde, donde se pudiera respirar la naturaleza dentro del centro histórico. Entonces le pedimos al gobierno un espacio donde poder trabajar y así el basurero, el derrumbe que estaba en la esquina de la casa, se convirtió en el Aula Ecológica Sol 420. Este sitio se ha utilizado como sala de juegos, de vídeo y como un espacio multifuncional. Queríamos un lugar donde se respetara el medio ambiente, con un discurso impulsor para solucionar o, por lo menos, llegar a las respuestas necesarias dentro del propio territorio.
Con los legos de Fabio hicimos los primeros diseños para presentarlo como proyecto. Fue aprobado y bien acogido por el Sindicato de los Trabajadores de Roma, que nos ayudó con el financiamiento. Aquel basurero, un edificio en ruinas, hoy es un oasis, un lugar maravilloso. El objetivo fundamental en este momento es que la planta crezca y podamos compartirla con las niñas, los niños y la comunidad. Nos estimula que vean cómo crece, huele y sale un fruto.
Durante el aislamiento por el COVID-19, el Aula Ecológica brindó un poco de aliento a los pobladores del barrio de Belén. ¿Cómo se insertaron los vecinos en las actividades del proyecto?
Cuando llegó la pandemia el Aula Ecológica tenía algunos canteros, el orégano estaba hermoso y grande, pero todavía nos faltaba ampliarnos muchísimo en variedad. Compartimos con los propios vecinos y vecinas, que nos dieron sábila, nacieron árnicas y nosotros buscamos semillas y posturas.
Alex, codirector del PDL Insurgentes, mi esposo y papá de Camilo, tuvo la iniciativa, el sueño de tener plantas de café y resultó maravilloso. Nos abrió una nueva línea de intercambio, aprendizaje y disfrute también de este cultivo en el centro histórico.
Disfrutamos y compartimos el aroma de la flor, los procesos de espera de este fruto, su transformación del verde al rojo intenso y su colección. Con esta experiencia coexistimos entre la ciudad y los conceptos habituales del campo: hacer mermelada, ganar aromas diferentes gracias a la fermentación, tostarlo y machucarlo delante de las niñas y los niños.
¿Por qué utilizar precisamente el concepto aula para nombrarlo?
El aula tiene un significado importante. Traemos a las personas, niñas, niños, la comunidad en general, a hacer las actividades, promovemos espacios de lectura para compartir con la espinaca, la sábila o la manzanilla. Hay caña santa y algunas especies cuyo objetivo es llevarlas a otro lugar, como la mandarina, el limón y la pera.
Cultivamos también flores, porque convivimos con las abejas meliponas. Creemos que la mejor manera de tener flores en el centro histórico y que estas nos aporten al ecosistema en general es dándole la oportunidad a las abejas de vivir aquí y polinizar. Esta especie, al no tener aguijón, permite a niños y niñas desarrollar una sensibilidad por estos insectos, percibir el olor de una colmena. Cuando tenemos una abeja cerca y la tocamos, se inicia un diálogo sobre por qué debemos trabajar todas y todos en una ciudad más limpia para nosotros, disfrutar de un entorno más agradable.
El proyecto defiende una educación que no siga el estereotipo de un salón con pizarra. Cada cual crea su propio aprendizaje y este tipo de espacios verdes estimula la generación de neuronas, las reanima, como demuestra la neurociencia. El estudio es delicioso en un lugar así, dentro del centro histórico, de la casa. Las niñas y los niños pueden decir: este lugar no tiene pizarrón, no tiene techo, pero puedo ver el cielo, las plantas, las mariposas y aprender muchísimo.
El terreno de Sol 420 no es el único lugar transformado por Insurgentes ¿Qué sucede en el Jardín de Cuba?
El Jardín de Cuba está en otro territorio y allí realizamos un trabajo diferente. Al ser más grande, ubicado frente a la Academia de Ciencias, la oportunidad está en sembrar el cultivo, que las niñas y los niños asistan a los talleres y participen. Soñamos con un espacio más comercial para vender, intercambiar, crear alianzas con los entornos cercanos.
La misión fundamental del Jardín de Cuba es aprovechar el área del parque para clases de Tai Chi, yoga, danza y otras actividades, aprovechando la sombra y la seguridad que brinda. Queremos impulsar un ambiente preparado para el estímulo de las inteligencias múltiples, hablar de matemáticas, lenguaje y otras materias. Nuestro sueño es que la enseñanza Montessori nos permita llegar a las familias con estos sistemas educativos. La sustentabilidad parte también de la fabricación de bicicletas de madera, juguetes y otros materiales. Con la filosofía Montessori pretendemos romper con un estilo más que económico, elitista, y acercarnos a toda la comunidad.
¿Por qué Insurgentes?
Nuestro logo de Insurgentes fue posible gracias a Yusmilis Dubrosky y su capacidad creativa. «In» está escrito chiquitico, en minúscula, que significa incluir a todas las personas en su inmensa diversidad. «Sur» bien grande, marca que, geopolíticamente hablando, hemos tenido una vulnerabilidad a lo largo de la historia. Aunque actuamos localmente, pensamos de forma global cómo transformar, incidir en un empoderamiento. Y «gentes» se escribe de forma distinta y habla también de quienes trabajamos estos temas. Nuestro emprendimiento comunitario se convirtió en un PDL con las transformaciones de la economía en el año 2022. Tomamos este nombre porque rompemos el status quo: la separación entre la ciudad y el campo.
Tratamos de vivir desde nuestra experiencia personal y compartimos los beneficios de habitar un centro histórico con su antigüedad y sus características patrimoniales, tantas cosas que durante mucho tiempo se separaron del verde, del cultivo, de la planta, del aroma. Nuestra insurgencia también radica en la educación, defendemos que cada niña y niño sea capaz de crear y buscar los incentivos, los estímulos sensoriales y el conocimiento.