Mami Kety, historia de un acogimiento familiar que transformó la vida de un niño

Los vínculos entre Michelito y Kety son testimonios del poder transformador del acogimiento familiar en Cuba

Miguel E. Gómez
Su historia, como la de muchas mujeres cubanas comprometidas con la ternura y la solidaridad, es testimonio del poder transformador del acogimiento familiar en Cuba.
Miguel E. Gómez
04 Enero 2026

Michelito vivía en el Hogar de niñas, niños y adolescentes sin cuidado parental de Las Tunas. Como muchos otros niños en su situación, necesitaba un entorno familiar que le ofreciera atención cercana, afecto y acompañamiento cotidiano mientras se definía la mejor alternativa para su cuidado y protección.

Kety González Cruz, trabajadora del sector turístico en la empresa Palmares, conoció a Michelito a través de actividades comunitarias que se realizaban con el Hogar. “Yo pasaba casi todos los días por allí, pero no conocía realmente a los niños y niñas que vivían en ese lugar. Hasta que un día participé en una actividad con ellos y algo cambió para siempre”, recuerda. A partir de ese encuentro, comenzó un proceso de acogimiento familiar que puso en el centro las necesidades y el bienestar de Michelito.

“Cuando los conocí, sentí cariño por todos”, recuerda Kety. “Me costaba aceptar que no podía acompañarlos a todos y eso me generaba muchas dudas. Finalmente entendí que debía estar disponible para un niño en particular, y fue así como comencé a acompañar a Michelito”.

Michelito tenía solo seis años. Era inquieto, retraído, y en la escuela lo describían como incontrolable. “La maestra me decía que no le gustaba estudiar y yo pensaba qué podía hacer para ayudarlo.” Así comenzó una relación tejida con constancia y cariño. Kety empezó a visitarlo con frecuencia, a acompañarlo a la escuela, a llevarle meriendas. Durante unas vacaciones, pudo llevárselo unos días a casa. “Fue maravilloso. Cuando tuvo que regresar al Hogar, lloramos los dos.”

Con esa vivencia fue tomando forma una convicción distinta: Michelito necesitaba algo más que visitas esporádicas o encuentros de fin de semana. Necesitaba un entorno familiar estable, con presencia cotidiana, cuidado y acompañamiento. Fue entonces cuando Kety decidió ponerse a disposición para brindarle un hogar.

La perseverancia frente a lo desconocido

El acogimiento familiar, aunque reconocido por la ley, es aún una figura poco implementada. Kety insistió, investigó, reunió documentos, y dedicó cada minuto libre —y a veces no tan libre— a lograr lo imposible. “No sé cómo no me botaron del trabajo. Me olvidé hasta de mí. Todo era Michelito.”

El día de la vista en el tribunal, la abogada no se presentó. Yo estaba desesperada. Pero la jueza me vio afuera y me dijo: “¿Tú eres Kety? Le expliqué lo que había pasado, y ella dijo: “Esto sale hoy”, me dijo. Llamó al bufete y mandaron a otro abogado, que tampoco conocía el proceso. Pero hicimos la vista y logramos presentarlo todo.”

La experiencia de Kety refleja que la implementación del acogimiento familiar ha sido, en el país, un proceso de aprendizaje progresivo tanto para las instituciones como para las personas involucradas. En ese camino, se ha ido comprendiendo con mayor claridad que debe ser el Estado, en su rol de garante, quien identifique a las niñas y niños que requieren esta medida, promueva el acogimiento familiar y acompañe cada proceso, asegurando que el centro sea siempre el interés superior del niño o la niña y no la iniciativa individual de las personas adultas.

“Mami Kety”. Foto tomada por Michel, de 9 años.
Michel, de 9 años “Mami Kety”. Foto tomada por Michel, de 9 años.

Una nueva vida juntos

Un mes después, llegó el dictamen favorable. Kety se convirtió legalmente en familia de acogida de Michelito. El niño —ya con nueve años— saltó de alegría. “Fue el niño más feliz del mundo”, recuerda Kety.

Hoy Michelito es otro niño. Juega fútbol en la escuela y en el barrio, lidera un pequeño equipo entre vecinos, y ya aprendió a montar bicicleta. Kety le compró una en La Habana, y al verla, “se volvió loco”. Es un niño alegre, querido, con sueños grandes.

La escuela también ha sido testigo del cambio. De aquel niño conflictivo y desmotivado, hoy queda solo el recuerdo. “La maestra dice que es el segundo más inteligente del aula. Y que pronto será el primero”, asegura Kety.

Pero el cambio más profundo no ha sido solo en él. “Yo también soy otra persona. Me siento plena. No me arrepiento para nada. Aunque hay gente que critica… yo lo hice. Y no me arrepiento”, dice Kety con determinación. “Todo lo que tengo es para él.”

Michelito la llama “mami” desde el principio. “A veces me pregunta si yo lo parí, y yo le digo que sí, que lo parí del corazón.” 

La Defensoría y los Hogares de niñas, niños y adolescentes sin cuidado parental se articulan mediante tres líneas de apoyo: tramitación de documentos, implementación de modalidades de Cuidado alternativo y servicios de protección.
Miguel E. Gómez La Defensoría y los Hogares de niñas, niños y adolescentes sin cuidado parental se articulan mediante tres líneas de apoyo: tramitación de documentos, implementación de modalidades de Cuidado alternativo y servicios de protección.

El valor del acogimiento familiar

Su historia ilustra lo que promueve UNICEF Cuba junto a las instituciones del país: un entorno familiar, seguro y afectuoso para cada niño y niña, como garantía de sus derechos.

El acogimiento familiar, tal como lo establece el Código de las Familias, busca ofrecer ese entorno a quienes no lo tienen, hasta que sea posible una reintegración a su familia de origen, o una solución definitiva. Es una medida temporal, pero profundamente humana, y como en el caso de Kety, puede ser también el inicio de una vida nueva, para ambas partes.

“Muchos de los niños del hogar me dicen ‘mami Kety’ y eso me emociona”, cuenta. Cuando le preguntan por Michelito, explica que es la persona que lo cuida y lo acompaña en esta etapa de su vida. Verlo tranquilo, seguro y querido es lo que le confirma que su esfuerzo vale la pena.