Aura sueña con defender derechos.
La respuesta en emergencias protege los suyos
Aura, de 16 años, vive en Pie de Pató, una vereda del Alto Baudó (Chocó), en el Pacífico colombiano, a las orillas del río Baudó. Su territorio está habitado principalmente por comunidades afrocolombianas e indígenas que han construido su vida alrededor del río y la selva: pescan, cultivan plátano, maíz, arroz y cacao, y practican la minería artesanal tradicional con batea. Para llegar allí desde otras ciudades y municipios hay que tomar lancha: no hay carretera ni ninguna otra entrada.
Este lugar, donde Aura vive con su mamá y su hermanito, también es una zona en disputa por actores armados, lo cual limita aún más la posibilidad de salir y entrar, convirtiendo al Alto Baudó en un territorio con emergencia por conflicto armado.
Al hablar de emergencias, lo primero que viene a la cabeza es algo excepcional, que irrumpe la normalidad. Pero en lugares como Chocó, la presencia de actores armados y sus acciones hacen que los confinamientos y las restricciones a la movilidad no sean eventos aislados. De acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), en 2024, el departamento concentró el 36% de la población confinada en Colombia, ocupando el primer lugar por tercer año consecutivo.
Lo que se registra como una crisis humanitaria, para las niñas, niños, adolescentes y sus familias se vuelve parte del día a día: se cancela la lancha que les permite recibir atención médica si están enfermos, las escuelas cierran por amenazas o porque son usadas por actores armados, el toque de queda hace que no puedan jugar con sus amigos y amigas, y en las noches es usual escuchar enfrentamientos cerca.
Cuando la violencia se vuelve permanente, sus consecuencias también se normalizan: el miedo constante, el duelo y la incertidumbre. También se vuelven cotidianas las reacciones que el cuerpo y la mente desarrollan para poder sobrevivir a todo eso: la irritabilidad, la dificultad para concentrarse en clase, los silencios, los problemas de convivencia en casa, la escuela o la comunidad.
“A mí me gusta mi territorio, pero ser una niña aquí no es muy fácil. Son cosas que ahora puedo ver, que no son buenas. A veces no nos respetamos o no tenemos empatía. Uno no sabe qué está pasando el otro, incluso si se está riendo y recochando”, afirma Aura.
Crecer expuesto a este tipo de situaciones tiene consecuencias que van más allá de lo visible. Los niños, niñas y adolescentes que viven en contextos de conflicto armado prolongado muchas veces dejan de reconocerse como niños: asumen responsabilidades que no les corresponden, cargan con el peso emocional sin conversarlo por temor o por no saber cómo hacerlo, y cuando no tienen entornos seguros donde refugiarse, aumenta su vulnerabilidad. Eso se traduce en mayor riesgo de uniones tempranas, de ser engañados y reclutados por grupos armados, de consumo de sustancias psicoactivas, y en los casos más graves, de suicidio. A eso se suma algo más difícil de medir, pero igual de real: la imposibilidad de imaginarse un futuro.
La respuesta debe llegar a donde más se necesita
Reconocer esto permite entender por qué en estos territorios, la respuesta humanitaria debe ser integral y no limitarse a atender las necesidades más inmediatas, sino ir acompañada de acciones que fortalezcan las capacidades de las niñas, los niños, adolescentes, sus familias y comunidades.
Por esto, UNICEF junto con sus aliados, trabaja en estos territorios ofreciendo espacios donde la niñez y la adolescencia puedan hacer exactamente eso: hablar de lo que sienten, identificar sus emociones, desarrollar habilidades, identificar riesgos y saber pedir ayuda. Espacios protectores que, en medio de todo, les devuelven algo fundamental: la posibilidad de verse más allá de sus circunstancias.
"Este espacio es importantísimo porque en los tiempos libres que tengo, me permite venir a desahogarme, y también a mis otros compañeros que tienen sus cosas", dice Aura. "Si tengo un problema en mi casa o fuera, aquí puedo venir."
Pero el trabajo no termina con las niñas, los niños y adolescentes. Sus familias y comunidades también necesitan herramientas para poder acompañarles mejor. Por eso, parte fundamental de este enfoque es fortalecer a los hogares como entornos protectores: que los adultos puedan identificar señales de riesgo, manejar mejor sus propias emociones, que sepan cómo acercarse, escuchar y responder.
Lo mismo aplica para las instituciones y organizaciones comunitarias locales. Muchas tienen el compromiso, pero no siempre cuentan con las herramientas para activar rutas de protección efectivas. Fortalecer esa capacidad local es parte de lo que hace que la respuesta deje algo que permanezca: la posibilidad de prevenir y actuar.
La importancia de tener un proyecto de vida
Aura siempre ha tenido claro qué quiere hacer en su futuro: quiere ser abogada. “Soy una persona a la que le gusta mucho liderar. Yo tenía la costumbre de no escuchar a mis compañeros. Ahora sé que el aporte de los demás es importante, que debemos escuchar a las personas. Quiero estudiar derecho y ser abogada. Quisiera ayudar a las otras personas a reconocer los derechos que a ellos como personas les pertenecen.”
Para Aura, ese sueño es lo que la motiva a creer en sí misma, incluso cuando no siempre es fácil. Y quisiera que otros compañeros tuvieran esas mismas oportunidades sin tener que abandonar su territorio para encontrarlas.
“Quisiera que hubiera oportunidades porque es un pueblo que no está económicamente bien. Vemos que los estudiantes a medida que terminan el colegio se quedan aquí y no encuentran oportunidades. Me gustaría que hubiera una universidad para las personas que terminan su colegio, para que ese futuro de ellos sea algo en lo que puedan refugiarse, para que sean lo que siempre han querido ser”.
Los territorios como el Alto Baudó requieren que cese el conflicto y que lleguen oportunidades para que las niñas, niños y adolescentes como Aura puedan desarrollar sus proyectos de vida. Sin embargo, mientras esas condiciones no existan, UNICEF y sus aliados seguirán llegando a los lugares donde la ayuda es más necesaria y más urgente, con respuestas humanitarias que ponen los derechos de la niñez en el centro, y que les ofrecen herramientas para continuar construyendo sus proyectos de vida, incluso en las circunstancias más difíciles.