No hace falta saber jugar
El valor del juego libre
El juego es la principal manera que tienen las niñas y los niños de conocer el mundo, aprender y expresar lo que sienten. No hace falta dirigirlo ni ser especialmente creativos: alcanza con hacerle lugar y estar presentes.
El juego es el lenguaje de la infancia
Las personas adultas solemos conversar para conocernos, resolver problemas o expresar emociones. Las niñas y los niños hacen gran parte de eso jugando.
Mientras inventan historias, preparan una comida imaginaria, esconden un muñeco o transforman una caja en un barco, están elaborando experiencias, ensayando soluciones, comprendiendo situaciones y poniendo en palabras —o en acciones— aquello que todavía no pueden explicar. En el juego aprenden y practican habilidades de la vida social que necesitarán más adelante.
Por eso, respetar momentos de juego libre sin guiarlos ni interrumpir la dinámica es parte vital de una crianza respetuosa.
No hace falta “saber jugar”
Muchas personas creen que no saben jugar o sienten que deberían ser más creativas para entretener a sus hijas e hijos. En realidad, jugar no significa dirigir la actividad ni proponer algo extraordinario.
Lo más importante suele ser estar disponibles. Seguir la iniciativa de la niña o el niño, dejar que explique las reglas, aceptar entrar en su mundo imaginario o simplemente construir una torre juntos. De eso se trata.
Jugar fortalece el vínculo
Los momentos de juego compartido generan cercanía, confianza, cooperación y son una de las formas más simples de alimentar el vínculo día a día. Jugar no evita los berrinches ni hace desaparecer los desacuerdos: la crianza seguirá teniendo momentos difíciles, pero cada rato de juego compartido suma a esa confianza que ya venimos construyendo en otros momentos del día.
El juego también ayuda a gestionar las emociones
Después de un cambio importante —una mudanza, la llegada de un hermano, el inicio del jardín o una situación que generó miedo— muchas niñas y niños vuelven a representar esas escenas durante el juego.
A veces hacen que un muñeco llore, que un dinosaurio tenga miedo o que una doctora cure a todos los pacientes. Haciéndolo, están procesando experiencias a su manera. Acompañar ese juego sin corregirlo, apurarlo ni buscar explicaciones puede ser una forma de ofrecer contención.
También se aprende a convivir
Jugar implica esperar turnos, negociar reglas, tolerar que algo no salga como esperábamos, inventar soluciones y reparar cuando aparece un conflicto. Estas habilidades no se desarrollan a través de sermones sino que se construyen practicándolas una y otra vez en situaciones cotidianas.
Acompañar esos momentos con paciencia, sin resolver inmediatamente cada dificultad, es también ofrecer oportunidades para aprender.
El mejor juguete sigue siendo el tiempo compartido
No siempre es posible disponer de largos ratos para jugar: las responsabilidades, el trabajo y el cansancio ocupan buena parte del día. La buena noticia es que la calidad de la presencia importa tanto, o más, que la cantidad de tiempo.
Diez minutos de juego sin pantallas, sin apuros y con atención plena todos los días va tejiendo la confianza y el afecto que ellas y ellos necesitan para crecer bien.
Te invitamos a tirarte al piso, seguir una historia inventada, cantar, leer un cuento, hacer una ronda o dejar que tu hija o hijo te muestre cómo funciona ese juego que tanto le entusiasma.