Jugar para entendernos
El juego como puente entre las infancias y los adultos
A veces sentimos que hablamos idiomas distintos: nosotros pedimos que se laven los dientes y escuchamos silencio, o peor, una negociación de quince minutos. El juego es esa lengua compartida que nos permite encontrarnos.
La crianza de niños y niñas pequeños está atravesada por esta sensación: adultos e infancias parecen pertenecer a mundos distintos. Nosotros funcionamos con agenda y urgencias; ellos y ellas viven una realidad interior gobernada por la curiosidad, el placer y el tiempo presente.
Cuando estos dos mundos chocan, empiezan los cortocircuitos: un pedido que no llega y una orden que hay que repetir cada vez más fuerte, hasta que la escena termina en conflicto.
El juego es la herramienta más potente que tenemos para tender un puente hacia ese otro mundo
Cada vez que un adulto se anima a entrar en modo juego algo cambia: en vez de exigir que los dientes se laven, invita a que el cepillo se convierta en una nave que tiene que atacar a los monstruos de las caries. Y ahí, casi sin darnos cuenta, el mensaje que queríamos transmitir llega solo, envuelto en risa y complicidad.
Entrar en modo juego no es sencillo para quienes ya dejamos atrás la infancia
Después de un día largo, con la cabeza en mil tareas pendientes, transformarse en un cohete, un dinosaurio o un personaje de aventuras puede sentirse forzado, incluso incómodo: pesa el cansancio, y también el pudor de sentir que ya somos grandes para estas cosas.
Pero es justamente ese esfuerzo el que abre la puerta: las niñas y los niños notan enseguida cuando un adulto se suelta y juega de verdad, y responden con una disposición que ninguna orden logra despertar.
La vida cotidiana familiar está llena de estos momentos de tensión: ir a la escuela, hacer la tarea, levantar la mesa, apagar el televisor, bañarse, preparar la mochila para el día siguiente. Son pedidos simples que, sin embargo, se transforman muchas veces en el escenario de discusiones de alto voltaje.
Convertir alguno de esos momentos en juego —una carrera contra el reloj para guardar los platos, un desafío de detective para encontrar todo lo que falta en la mochila— no resuelve mágicamente todos los conflictos, pero abre otra puerta posible. Cambia el clima de la escena, y con el clima, muchas veces cambia también el resultado: nos reímos, las niñas y los niños empiezan a colaborar, los momentos tediosos de la rutina se hacen más livianos.
Cuando el juego entra en la crianza cotidiana, nos entendemos mejor al tiempo que construimos armonía en casa y generamos mayor cooperación de parte de las niñas y los niños.
Te alentamos a probar algo distinto: antes de repetir el mismo pedido por tercera vez, preguntate qué pasaría si, por un momento, entraras en el mundo del juego.