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Infancia frente al cambio climático: Cuando la lluvia no llega

La historia de Felipe muestra cómo la sequía impacta en la vida de niños y niñas, y cómo también puede despertar respuestas, aprendizajes y soluciones.

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UNICEF Uruguay
19 Marzo 2026​

En 2022, Felipe Cerdeña tenía 11 años y disfrutaba de ir al campo familiar, a unos 20 kilómetros de su casa ubicada en la capital del departamento de San José. Ya por aquel entonces solía acompañar a su padre, Gastón, en la tarea de criar terneros para la venta. Las vacas eran parte de su mundo, y ese mundo empezaba a dar muestras de tambalear.

“Cuando iba al campo veía que el ganado estaba más flaco y que el pasto se ponía amarillo. Faltaba agua. Todo eso lo percibía, pero no me daba cuenta del problema tan grande que ahora sé que fue”, cuenta Felipe.

La sequía había comenzado en 2020, pero dos años después se atravesaba la peor etapa, con lluvias prácticamente nulas. Era el comienzo de un periodo de mucha angustia e incertidumbre que se extendería prácticamente por un año y medio en todo Uruguay. San José fue uno de los departamentos que se llevó el peor golpe, no solo por la escasez de agua potable para la población, sino también por la enorme dificultad de sostener la actividad agropecuaria y, particularmente, la cría de ganado.  

Felipe contando su historia

“Era levantarse y esperar a que esa noche lloviera. O mirar el pronóstico del tiempo y que diera lluvia para mañana o para pasado”, recuerda hoy.

Pero eso nunca ocurría. Siempre amanecía con el sol radiante que iluminaba el piso raso y el ganado flaco. Felipe describe una escena recurrente: las vacas todas juntas, atiborradas en torno a los bebederos artificiales y alimentándose de fardos de paja seca, lo único disponible.

Un día tuvieron que levantar con el tractor a una vaca muerta. Luego debieron hacer lo mismo con dos y tres más. Los cadáveres de animales empezaron a ser cosa del día a día en el campo. Y aunque sus padres intentaban esconder las lágrimas, la preocupación se sentía en el aire. Ya no llegaban los camiones a comprarles el ganado. Entonces Felipe entendió que el problema “iba para largo”. 

Andrea, madre de Felipe

“Fue una pandemia para nosotros”, expresa su madre, Andrea. “Tratamos de proteger a los niños, que tuvieran una infancia normal, pero fue inevitable que notaran el impacto”.

Tanto Felipe como su hermano menor, Santino, pasaron dos vacaciones de verano consecutivas en el campo seco. Debieron aceptar que ciertas actividades ya no se podían hacer, que determinadas cosas ya no se podían comprar. Estar allí se volvió una exigencia para toda la familia. Había que ayudar.

Y hubo algo que quedó grabado en todos los miembros de la familia: el miedo a que el pozo que abastecía tanto la casa como los bebederos se secara. Las vacas, alimentadas de comida seca en vez de pasto verde, necesitaban más agua de lo habitual. La bomba que normalmente encendían de a ratos, en ese momento debía mantenerse prendida 10 horas al día. Así, corrían el riesgo de que un día se quemara y, entonces sí, se acabara toda esperanza.

Además, había que ir a prender y apagar la bomba cada día. Para Felipe, aquella época fue “un constante ir y venir” de la ciudad al campo y del campo a la ciudad, siempre con la angustia a flor de piel. “Esa situación nos quitó la libertad que teníamos y nos terminó agotando mentalmente”, reconoce hoy. 

Felipe con su creación Urutech

En el verano de 2023, ocurrió la primera lluvia tras nueve meses sin precipitaciones. Aquella tarde toda la familia salió a mirar el cielo y dejarse mojar por esas gotas tan esperadas. Pusieron música, se abrazaron, festejaron. 

Aún faltaba mucho para dar por concluida la sequía, y más todavía para dejar de sufrir sus efectos. Pero todos, incluidos Felipe y Santino, ya habían aprendido una lección sobre cómo el clima y su variabilidad puede poner la vida en jaque.

Una mañana de setiembre de 2024, un día como cualquier otro en el colegio Sagrada Familia, en el aula de Felipe se hizo presente la profesora Beatriz Segredo con una invitación para él y todos sus compañeros: participar de una feria de innovación que reuniría ideas de adolescentes de todas las localidades de San José, y premiaría a las tres mejores.

“Soluciones innovadores para problemas reales de la cotidianeidad”, resumió Beatriz, y automáticamente Felipe viajó en su memoria un par de años atrás. Recreó en su cabeza imágenes que habían quedado grabadas en su retina para siempre: el pasto amarillo, la tierra agrietada, los pozos secos, las cañadas convertidas en barriales, los animales flacos primero y muertos después. La preocupación de sus padres. La sequía más terrible que evocan todas las generaciones de maragatos.

Aquellos recuerdos conectaron con la curiosidad que lo había motivado desde pequeño: su deseo de ser inventor. A Felipe siempre le había gustado investigar, conocer el porqué de las cosas, crear y desarrollar sus ideas. Por eso, no demoró en proponerles a sus compañeros buscar una solución al problema de la sequía. Quería hacer algo que ayudara a los productores a no ser tan dependientes. 

Junto con dos compañeros, idearon un sistema de bebedero automático con monitoreo capaz de detectar cuándo se llena, para no tener que prender y apagar manualmente la bomba de agua. Además, crearon una aplicación para controlarlo desde el celular, a distancia. El invento, al que llamaron Urutech, les valió el tercer puesto en el concurso y los llevó a distintas instancias de exposición, tanto a nivel nacional en el exterior. 

Felipe, junto con su familia, en la puerta de su casa

Dice Beatriz, la profesora, que el 70% de los proyectos que generan los niños, niñas y adolescentes que participan del Hub de Innovación y Emprendedurismo de la Intendencia de San José tienen como objetivo atender o minimizar el impacto del cambio climático, y que un tercio se enfoca en situaciones de falta de agua. Pero Felipe siempre tuvo algo “especial” para ella, que podía advertir cómo la experiencia de la sequía lo había marcado profundamente y movilizado a la acción.

“La sequía nos afectó increíblemente las emociones. Nos hizo siempre estar pendientes, angustiados y con miedo de qué podía pasar al día siguiente”, dice Felipe.

Y agrega: “No me gustaría que pasara de vuelta, pero no se sabe. Creo que antes no hacía tanto calor y cada vez hay menos agua. Quiero que siga habiendo campo y que no sea todo edificios y ciudad”.

Santino, con 12 años, escucha orgulloso a su hermano. Dice que a él sí le gustaría trabajar en el campo cuando sea grande, aunque es consciente de que tendrá que buscar soluciones a problemas como las sequías.

De todas formas, a Felipe le gusta transmitir un mensaje de esta experiencia que le dejó huella para siempre: “Si no accionás, y te quedás mirando el problema, no avanzás. Esto sirve para todos los ámbitos de la vida”. 

Escrito por: Paula Barquet

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