Infancia frente al cambio climático: Cuando el calor no da tregua
Conocé la historia de Luis y su familia en Bella Unión, y cómo el calor extremo, y la contaminación exponen a niños, niñas y adolescentes a riesgos que forman parte de su vida cotidiana.
Luis está acostumbrado al calor. En su casa en el pueblo Franquía, en Bella Unión, no hay aire acondicionado, ventilador, piscina ni una canilla que abrir, aunque sea para mojarse la cara. No hay electricidad ni agua potable. El generador se enciende solo de noche, y el agua se obtiene de los pozos semisurgentes de algunos vecinos que generosamente permiten a la familia de Luis cargar tinajas y bidones.
En Uruguay, las olas de calor son cada vez más frecuentes e intensas como consecuencia del cambio climático. En el norte del país, donde las temperaturas suelen ser más extremas, sus efectos se sienten con particular fuerza.
A sus 14 años, Luis dice que está acostumbrado al calor, pero cuando la temperatura supera los 40 grados y no circula el aire, no hay costumbre que alcance y entonces le pide la moto a su madre, se sube y sale sin rumbo para sentir la brisa en la cara. Quedarse quieto le resulta “insoportable”.
“La mayoría de las veces me hace bien”, dice.
Hasta hace unos años, la desesperación por el calor sofocante lo empujaba a las lagunas generadas a partir del riego del cultivo de caña de azúcar, conocidas en la zona como baletones: aguas cargadas de productos tóxicos para la salud humana.
“Quedaban bien de bien como piscina para mí cuando era chico”, dice con ojos pícaros. “No tenía otra cosa que hacer que bañarme en ese tipo de lugares, ya que ir al río es peligroso, sobre todo cuando está crecido”.
A veces iba solo; otras, lo acompañaba su hermano. Le pedían permiso a Mercedes, su mamá, que dudaba debido a la posible presencia de víboras en esas aguas, pero no porque supiera que podía ser perjudicial para la salud de sus hijos.
“No queda otra que ir a los baletones, es la única agua que tenés. Ningún médico ni especialista nunca me habló de que hubiera riesgos”, asegura Mercedes. “No me dijeron que era peligroso bañarse en baletones”.
Ahora, dice, es más consciente porque su marido y su hijo Mauricio han trabajado en las distintas fases del cultivo y cortado de caña. Sabe que los productores usan “muchos químicos” y que, al regar, esos productos corren por los baletones.
Es una tarde calurosa en Bella Unión, pero la temperatura no supera los 35 grados y tal vez por eso no se ve gente bañándose en uno de los baletones más populares de la ciudad. Durante las olas de calor, ese espacio oficia de piscina para quienes no tienen una verdadera, especialmente niños, niñas y adolescentes.
Mauricio se pone de pie sobre una contención de roca que marca el inicio del baletón, y explica con naturalidad cómo el cultivo de caña precisa varias aplicaciones de abono y matayuyos. Él mismo los ha empleado protegido con máscaras, dice.
“Eso repercute en el agua del río. Y del río viene para acá, es una cadena. En las partes más bajas, como esta, se concentran más los productos. Y acá viene mucha gente a bañarse sin ser consciente. A algunos no les afecta, pero a muchos sí”, sostiene.
Luis dice que él, al igual que su hermano, hoy sabe que no es inocuo bañarse allí. Más de una vez, no sabe si por los productos químicos o por otro motivo, le dio algún “dolorcito de panza” luego de pasar tiempo en los baletones.
“No queda otra para combatir el calor. Refrescarnos un poco, aunque sea”, concluye Luis.
Sebastián Viana es pediatra neonatólogo y trabaja en el hospital de Bella Unión. Como locatario, tiene presente que los baletones “son muy concurridos como área recreativa”, a pesar de no ser lugares aptos para el baño. Según él, durante las épocas de calor se usan de mañana y de tarde, y “el 90% de los que van son niños de bajos recursos” que “no encuentran otra alternativa”.
“Están disfrutando sin ser conscientes de las repercusiones que tiene estar ahí adentro. Porque es agua estancada, llena de agrotóxicos, que seguramente tenga parásitos y bacterias”, explica.
Esa exposición los lleva a estar “más propensos a enfermedades digestivas, respiratorias y de piel por el contacto con los químicos”. A su vez, al ser un sitio sin vigilancia, ocurren accidentes, ahogamientos y traumatismos.
“Es algo de lo que no se sale a hablar, por más que no es nuevo”, plantea el especialista, e insiste: “Los padres no son conscientes de lo que puede provocar el bañado en los baletones. A veces, durante el control, al preguntarles si se recrean o usan algún medio para soportar el calor, te cuentan que van al baletón como si fuera algo… No dimensionan lo que es estar ahí. Es un tema de prevención y todos estamos involucrados”.
Viana asegura que durante las olas de calor aumentan las consultas pediátricas, tanto en policlínica como en emergencia, especialmente por enfermedades gastrointestinales y sobre todo en niños, niñas y adolescentes que viven en contextos socioeconómicos adversos, sin acceso al agua potable, en viviendas inadecuadas, con alimentación insuficiente e higiene deficiente.
Y, también, entre quienes utilizan los baletones para refrescarse.
Con el calor, sobre todo en hogares de bajos recursos, los más pequeños enfrentan mayor riesgo de deshidratación. Y en Bella Unión se ve cada vez con más frecuencia, advierte el especialista.
Las altas temperaturas también se reflejan en una menor asistencia escolar. Cuando el centro educativo queda lejos, y sobre todo si la familia no tiene vehículo, padres y madres desisten de llevarlos porque de tarde, al momento de la salida, no hay forma de aguantar la espera al sol.
La imagen se aparece en la mente de Mercedes, ahora sentada a la sombra de un árbol: recuerda cuando iba en moto, a la “peor hora”, a buscar a Luis a la escuela. Solo puede describir aquello con una palabra: “Sofocante”.
Pero ella sabe de mayores sacrificios. Cada 15 o 20 días debe transitar los 50 metros que distan del pozo del vecino, tratando de no pensar, y cargar todas las tinajas que sea posible. Es el agua que usan para bañarse, para tomar, para todo. Durante las olas de calor dura menos, y hay que ir a buscar a cada rato.
“Es un desafío no tener electricidad ni agua potable. Parece una comodidad, pero no lo es”, dice Mercedes. “Uno se adapta al calor. Sobrevive”.
“Prácticamente no hay quien esté acá quieto sin abanicarse o algo”, agrega Luis en un suspiro sonriente. Pero enseguida se le ensombrece la cara: “Es horrible acá el calor, y por el tema de que no tenemos ventilador ni aire, peor todavía”.
Entre semana, Luis reside en el internado de la escuela agraria en Artigas, donde disponen de equipos de aire acondicionado. Los fines de semana, al volver a su casa, se encuentra con carencias que le gustaría cuanto antes poder resolver para él y su familia.
Mientras tanto, colabora con las tareas asociadas a la cría de animales y la lechería.
“La rutina siempre tiene que ser la misma, incluso cuando hace calor”, aclara Luis, que reconoce sentir dolor de cabeza tras pasar horas al sol.
Y cuando las noches tampoco dan tregua, buscan estrategias: duermen con puertas y ventanas abiertas, o directamente en colchones en el camión del padre.
“Ya estamos acostumbrados al calor”, vuelve a decir Luis.
Pero ningún niño, niña o adolescente debería tener que acostumbrarse a sobrevivir al calor extremo.
Escrito por: Paula Barquet