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Infancia frente al cambio climático: Cuando el viento arrasa

Conocé la historia del tornado de Dolores que transformó la vida de niñas, niños y adolescentes, y cómo el miedo, la pérdida y la resiliencia marcaron sus trayectorias.

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UNICEF Uruguay
15 Abril 2026​
Romina con compañeros y compañera del Liceo N°1
Ruiz/2016

Antes del 15 de abril de 2016, a las 16:15 horas, a Romina no le gustaban las tormentas. Le daban miedo. Pero después de aquel día en el que el viento se volvió más intenso y furioso que nunca, y el agua de los días siguientes invadió todos los espacios posibles, las tormentas empezaron a despertar en ella terror.

Se volvieron sinónimo de destrucción.

Todos en Dolores, Soriano, recuerdan con precisión qué estaban haciendo los minutos previos al tornado. Muchos son capaces de evocar el calor pesado e inusual para un día de otoño, y la forma en la que se fue transformando el cielo hasta crear un torbellino gigante que hacía volar consigo miles de “papelitos” que eran, en realidad, chapas, maderas, restos de casas.

En aquel momento Romina cursaba sexto de liceo, su último año de secundaria. Estaba pronta para comenzar una prueba de Matemática cuando un compañero se acercó a la ventana y dio el aviso de “tornado”. Nadie le creyó. Luego hubo bromas, videos, risas. 

“Nadie estaba preparado para ese momento”, dice Romina.

Florencia, la profesora de inglés, recibió la indicación de ubicar a los adolescentes en el segundo piso, el lugar más “seguro” del edificio. Sin mayor apuro, inconscientes de lo que ocurriría en los segundos posteriores, los adolescentes juntaron sus pertenencias y descendieron por la escalera.

De no haber sido así, dice Romina, “la historia sería otra”.

“Ni bien bajó el último, empezó lo peor”, cuenta.

La incertidumbre dio paso al pragmatismo, a la búsqueda de supervivencia. Se alejaron de las ventanas. Se acurrucaron en los pasillos.

El tiempo se detuvo cuando el cielo se oscureció. Todo empezó a partirse alrededor. El ruido era ensordecedor. Una profesora le pidió: “Romina, rezá”.

Romina Ruiz, quien protagoniza la historia, mirando hacia afuera, recordando el tornado de 2016.
Blanc/2016

“Fue realmente impresionante. No podíamos creer lo que estábamos viviendo”, dice. "Parecía una película de terror, un sueño, una pesadilla de la que no lograba despertar".

“Fue eterno”, sostiene Romina, incapaz de estimar fehacientemente la duración. En realidad, el tornado tardó menos de un minuto en atravesar el Liceo N°1 y alrededor de 12 en demoler dos tercios de la ciudad.

Cuando el viento descontrolado siguió su paso, comenzó a llover a raudales y el agua a escurrir por las escaleras del edificio, señal de que el techo que los había cobijado durante años ya no estaba en su lugar.

“Aquí, en este salón, estábamos cuando ocurrió todo”, suelta Romina hoy, 10 años después, mientras observa con nostalgia y admiración las nuevas paredes, el nuevo techo, los nuevos muebles. Todo lo que había allí aquel día quedó destruido y el techo, liviano, se desprendió por completo.

Anabel, que estaba en primer año de liceo, conserva toda la secuencia del día del tornado marcada en su mente como si hubiera sido ayer. “Fue bastante traumático, y hasta ahora me queda esa espina: ese recuerdo del tornado en cada tormenta”, dice.

El patio del recreo se volvió un infierno. “No sabíamos dónde meternos. En medio de la desesperación, golpeábamos las puertas”, rememora Anabel. Ella pudo resguardarse bajo el escritorio de la adscripción. Esos segundos sus oídos se desactivaron; no escuchó nada.

En cambio, a Ignacio, que cursaba cuarto de liceo, hasta hoy le perturban los gritos.

Isabella era tan solo una niña de 6 años, pero recuerda bien los vidrios explotando, a las maestras llorando, y a sus compañeros corriendo, cayendo al piso, sangrando de las heridas. Recuerda el pánico, el caos. Intentaron resguardarse en un solo salón los seis grados escolares. Ese salón quedó destruido y debieron sacar a los niños de entre los escombros.

Hasta hoy, Isabella, que salió casi ilesa, siente en el cuerpo aquel temor por la vida de sus padres.

Árboles destruidos luego del tornado
Garrido/2016

El tornado dio paso a una etapa de incertidumbre, nervios, miedo.

Romina encontró a su hermano en el liceo y respiró aliviada al verlo a salvo. Juntos atravesaron el caos de cables caídos, árboles desplomados, autos dados vuelta y destrozo por doquier rumbo a su casa. En el camino los interceptó su madre y se dieron un abrazo que los reconfortaría para siempre. Otros familiares fueron apareciendo.

“Nadie entendía nada”, repite una y otra vez Anabel. Para ella, que hacía pocas semanas que había empezado el liceo, todo era nuevo, y de repente “no había nada”. Y nadie sabía qué hacer, ni ellos ni los profesores.

Todo era desconocido e inseguro. ¿Cómo seguirían sus vidas? ¿Cómo recuperarían las clases? Romina creyó que sería un año prácticamente perdido para su aprendizaje.

Su casa no había sufrido demasiado, pero las de sus vecinos sí. El liceo al que iba a diario estaba destruido. Las viviendas de muchos amigos, también.

“A mí el tornado me marcó mucho. Esos días quedé paralizada. No podía ayudar, aunque quería. No podía salir de mi casa porque realmente tenía mucho miedo”, cuenta Romina.

Durante una semana no hubo clases. Luego, los profesores hicieron un esfuerzo por reunirlos en lugares no convencionales que no hubieran sido dañados. A Romina le tocó tener clases en el comedor de una escuela.

En junio se instalaron unos contenedores provisorios para todos los alumnos de los liceos 1 y 2, que estarían allí el tiempo que llevara reconstruir los edificios. Debieron acostumbrarse a sentir mucho frío en invierno y mucho calor en verano, a las goteras en los días de lluvia y a que los pisos se levantaran por la humedad.

Para los alumnos de las escuelas destruidas, el panorama fue menos alentador. Tuvieron solamente algunas clases virtuales. Isabella sostiene que prácticamente no pudo cursar primer año de primaria.

Fueron meses en los que pasó a segundo plano rendir académicamente. “Había que sanar lo que había pasado y volver a estar bien para encarar el estudio. No podíamos hacer como que nada había pasado”, piensa Romina.

Florencia, la profesora de inglés, lo dice así: “No era dar clases, era más ir a contener, porque muchos gurises no tenían casa. Qué le podía interesar a ese chiquilín que yo le enseñara el verbo to be. Yo no estaba de ánimo. La comunidad no estaba de ánimo para estudiar”.

El liceo ofreció ayuda psicológica. Trataban de estar en grupo para contenerse unos a otros.

En clase se hablaba del tema. Los alumnos habían reaccionado de distintas maneras. Analizaban el impacto que estaban sufriendo, internamente y en sus casas. Algunos habían perdido familiares. Muchos, como Romina, seguían en shock. Para todos, algo era seguro: las tormentas ya no significaban lo mismo.

Y cuando había alerta amarilla o naranja, era habitual que los alumnos salieran corriendo de los contenedores hacia sus casas porque presentían que se venía “algo”.

“Hubo un impacto psicológico por el tornado”, afirma Florencia. “Ante una nube, te llamaban los padres avisando que sus hijos se iban a retirar porque se ponían re mal, tenían ataques de pánico. O directamente caían dos gotas y no iban. Todos habíamos quedado con miedo”.

Florencia, profesora de inglés, narra su versión de los hechos del tornado dentro de una clase.
Blanc/2026

Por un tiempo no hubo espacio para la “vida social”. No se veían entre amigos, no hacían deportes. Sus adolescencias habían quedado paralizadas.

“Tratamos de ponerle onda para empezar de nuevo. Aprender, aprendés. Capaz si lo comparás con alguien a quien no le haya pasado, aprendió más de lo curricular, pero claramente para nosotros fue una enseñanza lo vivido”, opina Ignacio.

Romina dice que no hubiera imaginado terminar la secundaria teniendo clase en contenedores, pero también le encuentra lo positivo: “Lo que pasó nos unió como grupo, y eso estuvo bueno. Lo recuerdo como un buen año en ese sentido”.

Y aunque por mucho tiempo prefirió ni mencionar el tema, 10 años después Romina es testimonio de resiliencia.

El tiempo fue ayudando. Con cada tormenta que no se convertía en tornado, fue sanando. Necesitó terapia. Hablar ayudó.

Hoy, como antes del 15 de abril de 2016, a Romina siguen sin gustarle las tormentas. Pero el terror ya pasó.

Niños y niñas en un espacio protegido, rodeados de ropa e insumos con una tira de seguridad que dice Municipio Dolores.
Ponzetto/2016

En 2016, un tornado sin precedentes atravesó la ciudad de Dolores, en Uruguay. En aproximadamente 12 minutos, vientos de hasta 330 km/h destruyeron dos tercios de la ciudad.

Dolores no era ajeno a tornados. En 2012 había sufrido vientos de importante magnitud. Pero en esta oportunidad los daños fueron muy significativos: más de 200 personas resultaron heridas y 5 fallecieron; 8 centros de estudio fueron afectados; más de 200 viviendas, comercios y construcciones se vieron destruidas total o parcialmente.

Eventos extremos, como tornados, ciclones, y tormentas fuertes están asociados directamente a los efectos del cambio climático en Uruguay. Las altas temperaturas, incrementadas por el cambio climático, y asociadas a vientos intensos y humedad generan condiciones propicias para tornados.

El cambio climático aumenta la frecuencia e intensidad de tormentas, tornados y ciclones. La infancia es espacialmente vulnerable a la crisis climática. Sus efectos impactan en la vida, la salud y el bienestar de niños, niñas y adolescentes.

Escrito por: Paula Barquet

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Blanc/2026