La privacidad y la intimidad en la adolescencia
La movilización interior que viven los adolescentes los lleva a replegarse sobre sí mismos. Pero ¿por qué se da este cambio de comportamiento y qué buscan con esto?
“Se pasa todo el día en el cuarto”.
“No sé con quién chatea tanto”.
“Ya no me cuenta nada de lo que le pasa”.
Quienes acompañamos a los adolescentes en su crecimiento solemos percibir cómo comienzan a buscar lugares donde esconderse y pasar —a veces largos— tiempos sin estar en contacto con los adultos con los que conviven. Estos espacios pueden ser físicos o virtuales, reales o simbólicos. Pero ¿por qué se da este cambio de comportamiento? ¿Qué buscan con esto?
Estas conductas y reacciones de los adolescentes son el reflejo de un proceso de transformación más profundo e importante que están viviendo internamente. La adolescencia se caracteriza por ser un proceso de mutación de la persona a nivel psicológico, biológico y social.
En esta etapa empieza un proceso profundo de transformación identitaria. De golpe, los adolescentes se encuentran con un cuerpo que comienzan a sentir de otra manera, que tiene impulsos nuevos, que los llevan a tener nuevos pensamientos, conversaciones, recuerdos, ideas, emociones, fantasías, sentimientos, secretos que no están dispuestos a compartir ante cualquiera y en cualquier lugar.
En ese proceso comienzan a buscar espacios de intimidad, de encuentro con lo que están viviendo. Por un tiempo cortan con sus raíces y esta movilización interior que viven los lleva a replegarse sobre sí mismos.
¿Por qué los adolescentes necesitan tanta intimidad?
Para transitar una adolescencia saludable es esperable que nuestros hijos busquen y defiendan una intimidad distinta de la que tenían cuando eran niños. Este proceso no solo es clave para transitar esta etapa, sino también para las que siguen en la vida, en lo que refiere a la salud mental y los vínculos sanos que mantenemos con nosotros mismos y con los demás.
¡Qué sería de la vida de los adultos y de los vínculos que mantenemos durante toda la vida si no hubiéramos aprendido a distinguir lo que es íntimo y privado de lo que puede ser público y social! Y esa distinción es un aprendizaje que se ejercita mucho y que se inaugura durante la adolescencia.
Por eso, es clave que los adultos respeten la intimidad y reconozcan la libertad que los adolescentes necesitan para crecer. Suele ser muy invasivo para ellos quedar expuestos en su intimidad o en lo que consideran privado ante otros.
La vergüenza, el pudor y el miedo a la exposición son emociones constitutivas del proceso que se vive durante la adolescencia y pubertad.
¿Qué lugar ocupa la sexualidad en esta búsqueda de intimidad?
La exploración de gustos y preferencias en el terreno de la sexualidad, la identidad de género, los noviazgos, son aspectos inherentes al proceso de definición identitaria que se vive durante la adolescencia. ¿Qué me gusta?, ¿qué quiero?, ¿quién soy? Son preguntas sustantivas de la vida, que en esta etapa cobran especial protagonismo. Este proceso puede generar angustia y desolación, pero ir encontrando algunas respuestas les dará confianza.
El adecuado tránsito por esas experiencias, exploraciones y decisiones dependen, en buena medida, del apoyo de los adultos. La relación de los adolescentes con la sexualidad y la identidad de género es vivida de una manera novedosa y diferente a como lo hicimos los adultos que hoy los estamos ayudando a crecer. Seguramente respetar, acompañar y apoyar este proceso adolescente desde el mundo adulto implique escuchar de nuevo, sin idealizar ni destruir aquello que no entendemos.
¿Cómo podemos los adultos de la familia acompañarlos?
La intimidad de los adolescentes es algo a respetar y a preservar en su justo término. En esa búsqueda de un espacio personal están viviendo un proceso saludable de desarrollo y crecimiento. Los espacios y tiempos dedicados a sí mismos constituyen un ingrediente sustantivo del proceso adolescente. Saber y demostrar que comprendemos esa necesidad y mostrarnos dispuestos a respetar ese espacio propio contribuye mucho a la relación que mantenemos con los y las adolescentes.
Acompañar a los adolescentes en su crecimiento supone, con frecuencia, manejar equilibrios y buscar términos medios. En este caso se trata de respetar su intimidad, sus espacios, el mundo que se van armando, y a la vez interesarnos, estar presentes, que sepan que cuentan con nosotros y que estamos disponibles cuando hace falta.
Muchas veces hay que manejar una línea no siempre fácil de delinear, entre respetar su intimidad, dejarlos solos y no estar lo suficientemente presentes en sus vidas. El límite entre dar espacio y estar presentes no puede medirse de manera universal ni de una vez y para siempre, sino que hay que construirlo paso a paso en las relaciones que cultivamos con nuestros hijos y a lo largo de las distintas etapas de su crecimiento.
Una clave muy importante para orientarnos es la importancia de estar disponibles para responder a sus pedidos de atención. Que ellos sepan que, si hace falta, estamos y pueden contar con nosotros es fundamental para que nos consideren un apoyo y nos sigan reconociendo como figuras de cuidado.
Aunque necesiten tomar distancia de los adultos que los acompañan a crecer, los adolescentes también necesitan mucho la proximidad, el cuidado y la protección de sus mayores, sin lo cual la adolescencia puede tornarse riesgosa y ser fuente de sufrimiento y malestar.
La presencia, la paciencia y la confianza constituyen tres cualidades de las cuales los y las adolescentes se benefician mucho cuando las reciben de sus adultos referentes. La presencia no invasiva, la paciencia de saber esperar sus tiempos y la confianza de que salgan como salgan las cosas hay adultos con los que pueden contar.