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¿Cómo se desarrolla el cerebro de un adolescente?

Con los cambios hormonales de la adolescencia, se deja de ser niño o niña físicamente para comenzar un proceso que lleva a la adultez. Pero también existen otros cambios radicales que suceden a nivel cerebral

Adolescente mujer mirando a camara con mural de plantas de fondo.
UNICEF/Uruguay/2020/Pradera
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La adolescencia es un período crucial para el desarrollo del cerebro, en el que aumenta la velocidad de conexión de las redes entre sus distintas áreas. Durante este tiempo el cerebro terminará de cablearse y se remodelará completamente. Como si fuera una computadora, durante la adolescencia el cerebro está en plena actualización de su software, para adaptarse al entorno y quedar listo para funcionar en el resto de la vida adulta.

Antes creíamos que este proceso terminaba a los 6 años y era la gran ventana de oportunidad para el desarrollo.

Hoy sabemos que la adolescencia es la segunda gran ventana de oportunidad para formar adultos saludables, independientes y socialmente adaptados, funciones que se inician en la infancia, pero se completan y fijan en la adolescencia.

Es una época de maduración en la que el cerebro vive las llamadas podas neuronales, en las que analiza conexiones que hasta el momento no utilizaba. Por esto los adolescentes pueden hacer cosas mucho más complicadas y abordar temas profundos que de niños no estaban preparados para afrontar. Esto es clave para comprender su comportamiento, tan variable e impredecible que muchas veces puede irritar a los adultos: en el mismo día pueden tener reacciones muy distintas y oscilantes.

Tres características claves para comprender el fascinante cerebro adolescente:

Ícono de cabeza de perfil, con sol saliendo de ella.

Etapa de sensibilidad máxima del cerebro a la dopamina, un neurotransmisor que activa los circuitos de gratificación e interviene en el aprendizaje de pautas y toma de decisiones. Esto ayuda a explicar lo rápido que aprenden los adolescentes, su extraordinaria receptividad a la recompensa y sus reacciones extremas ante el éxito y el fracaso. El adolescente se guía más que nadie por actividades que le producen placer. No podemos desconocer este aspecto para entender cómo toman sus decisiones.

Ícono de cabeza de perfil, con corazón saliendo de ella

El cerebro adolescente es especialmente sensible a la oxitocina, otra hormona neurotransmisora, que entre otras cosas hace más gratificantes las relaciones sociales. La oxitocina a menudo trabaja sinérgicamente con la dopamina para vincular las conexiones sociales con los sentimientos de recompensa. Por eso la respuesta del cerebro adolescente a la exclusión del grupo de pares es muy semejante a la que se observa en el cerebro ante situaciones de amenaza física o falta de alimento.

Ícono de cabeza de perfil, con carita feliz saliendo de ella.

La serotonina es otro neurotransmisor que puede aparecer desregulado en la adolescencia. Esto explica el estado cambiante y variable en el ánimo de los adolescentes, así como su apetito y sueño. Cuando funciona de manera óptima, la serotonina conduce al bienestar y la felicidad. Niveles bajos de serotonina en la adolescencia pueden relacionarse con la soledad, los trastornos alimentarios, la depresión y conductas autoagresivas.

La toma de decisiones en la adolescencia

En la adolescencia está muy presente el deseo de sentirse libre, autónomo y competente. El adolescente no solo tiene más capacidad para aprender que un niño, sino que lo hace de manera diferente, porque está aprendiendo a tomar sus decisiones y comienza a hacerlo de manera responsable. Es un momento clave para visualizar proyectos, para soñar con hacer posible distintas ideas. La adolescencia es la etapa en la que se adquiere la posibilidad de hacer real lo posible.

Retrato de adolescente, con biblioteca de fondo

Lo fundamental en este apasionante camino de toma de decisiones adolescentes es aprender a elegir con libertad.

Los adolescentes tienen capacidades intactas para razonar, tomar decisiones, planificar y tener otros modos racionales de pensamiento y comportamiento. Sin embargo, aunque reconozcan racionalmente el bien del mal, estas capacidades pueden ser interferidas con mucha facilidad por sus emociones o por las influencias de otras personas. Los entornos en los que se dan la toma de decisiones y un estado emocional alterado pueden llevarlos a realizar actos peligrosos, inapropiados, o actuar irresponsablemente. Los adolescentes son más propensos a correr riesgos si creen que sus compañeros los están observando.

Mientras que el adulto tiene la capacidad de modificar o inhibir adecuadamente conductas negativas o riesgosas con el fin de evitar consecuencias futuras, el adolescente es proclive a responder con impulsos. A medida que crece, acompañado por la presencia del adulto como un agente clave en esta guía y orientación, el adolescente irá desarrollando la capacidad para gestionar sus emociones y ganando en autorregulación. Con el tiempo será capaz de interrumpir un comportamiento si lo evalúa arriesgado, podrá pensar antes de actuar y elegir entre diferentes posibilidades de acción. Esta maduración de las redes neuronales, necesarias para la ya mencionada capacidad de autorregulación, no se produce hasta el final de la adolescencia.

 

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