Padres de todos los colores
Hay muchas formas de ejercer la paternidad. Entre errores, aciertos y compromiso, cada padre encuentra su manera de acompañar, criar y cuidar desde el respeto
Hay muchas maneras de paternar. Hay padres de todos los colores que cada día inventan un mejor presente para sus hijos. Algunos son jóvenes inexpertos que van tanteando los modos de criar desde el respeto. Otros son padres de familias numerosas que se esfuerzan en equilibrar para todos sus hijos el cariño y las atenciones.
Hay padres de sangre, padres de crianza, padres amantes y padres ausentes. Ser papá no se estudia, se aprende sobre la marcha con prueba y error. Son tiempos de mucha información sobre formas de criar. Sin embargo, la práctica diaria, el amor y el respeto por los hijos es la guía más certera.
Aunque en nuestro país existen muchos casos de abandono paternal y el machismo impera en varios contextos. Hay ejemplos valiosos de hombres que, con sus historias de paternidad, alientan al corazón y siembran la esperanza de un mañana más bonito para sus hijos y nietos.
Con los tiempos, las paternidades han ido cambiando. Los niños y las niñas de hoy, conducidos con responsabilidad, serán los fundadores de un mundo más pleno. Los padres también tienen la responsabilidad de un futuro más luminoso para el mundo.
Para celebrar a los padres en este día, ofrecemos cinco miradas a la paternidad, desde los recursos que aporta la Crianza Respetuosa o desde enfoques más tradicionales. Cada familia es un universo vasto y complejo por eso, cada manera de vivir el “ser padre” es única.
Sandor
Sandor vive en Artemisa, en una pequeña comunidad llamada Cangrejera. Allí los amaneceres son más lindos que en el centro de la ciudad. Hay animales y plantas. Todos se conocen y Sandor puede sentir, desde el portal de su casa, el olor de los frijoles colorados que está cocinando la vecina de al lado. En Cangrejera siempre ha habido muchos apagones y la cobertura de los teléfonos móviles es inestable. Allí Sandor ha vivido los mejores años de su vida junto a su esposa Yanelis.
Se conocieron en una misión internacionalista en Venezuela: ella de misión médica y él de entrenador deportivo. Desde allá soñaban con tener una hija juntos.
En su casita de paredes de colores, Sandor cuidó a Roxeli, la hija del primer matrimonio de su esposa y allí nació Rosanli Haena quien, desde la pancita de su madre, ha sido el amor más grande de su papá.
Su nombre encierra la historia de la armonía familiar, pues es una combinación de los nombres de su hermana Roxeli, su papá Sandor y su mamá Yanelis. Y Haena le fue puesto por la princesa coreana que salía en una novela.
Rosanli ya tiene 11 años, ha crecido corriendo descalza por el fango, jugando a las escondidas con las niñas y los niños del barrio y cantando en la oscuridad cuando se va la luz. Ella sigue creyendo que el huevito frito que le hace su papá es el más rico y sigue prefiriendo contarle sus travesuras y sus sueños.
Sandor tiene 48 años. Es entrenador de kayak y tuvo el privilegio de entrenar campeones centroamericanos. Con su voz amable, pero firme a la vez, va conquistando a todos los que se encuentra en su camino. Le gusta cultivar la tierra y le apasionan los carros destartalados, pero lo que mejor sabe hacer es paternar. “Ella es el centro de mi vida y nada es más importante para mí que ella. Cuando Rosanli Haena nació mis prioridades pasaron a un segundo plano. Todo es para ella.”
Haena lo sigue a todos lados. Lo acompaña a regar los cultivos, a recoger mangos, a sembrar yuca, a perseguir a las gallinas de la casa de enfrente que se cuelan en su patio. La niña, que a veces se viste de princesa koreana, prefiere combinarse con su papá y ponerse monos deportivos y pulóveres anchos, para parecerse a él. Ella se embarra de grasa y lo ayuda en la mecánica porque después saldrán todos a pasear en su carrito “hecho a mano” entre padre e hija.
Yanelis los mira de cerca, con ojos grandes y alegres, con el orgullo de tener para su hija, un gran padre siempre presente.
Walter
Casi todas las tardes Walter pasea por el malecón de Cojímar con su hijo Julián. Ese paseo cotidiano es el símbolo de la conexión entre ellos. Sentarse a mirar el mar, con su niño de 5 años al lado, es para Walter la mayor recompensa de su historia de amor.
Tuvo a su primer hijo a los 26 años, con su primer matrimonio y después de vivir un proceso de paternidad feliz y comprometida, recibió el regalo de ser abuelo de la pequeña Victoria. Mientras vivía la felicidad de disfrutar a su hijo y a su nieta, también se empeñaba en tener otro hijo su esposa Yulien, con la que llevaba compartiendo la vida por más de veinte años.
Antes de que naciera Julián, su madre tuvo dos embarazos ectópicos. La pareja tuvo que hacer un tratamiento fuera de Cuba para lograr un “bebé in vitro”. Él tenía 53 años y ella 40. Walter acompañó el embarazo desde el primer día, sabiendo que era el resultado de tanto empeño y de tanto amor.
Él es ingeniero en termoenergética, pero también es artista visual y hace esculturas e instalaciones de diferentes tamaños y formatos. Generalmente trabaja en la casa y eso ha hecho que el vínculo con su hijo sea más fuerte. Durante la pandemia, Yulien comenzó a trabajar a los tres meses de parida y Walter se quedaba con el bebé. La mamá se extraía la leche y la dejaba preparada para que papá alimentara al bebé. “Ha sido muy fuerte, muy intenso. Yo lo agradezco, porque tenemos una relación súper linda. También siento que soy como un padre-abuelo y lo malcrío más.”
Walter es quien prepara a su niño para la escuela todos los días, pues la mamá se va muy temprano para el trabajo. Ese proceso de despertarlo, vestirlo, darle el desayuno y luego despedirlo en la escuela, es una rutina hermosa que ellos disfrutan. Después lo recoge, pasean por el malecón y esperan juntos a que mamá llegue para seguir disfrutando de su niño deseado.
Walter es muy simpático y tiene un sentido del humor muy especial. Es un padre dedicado, amoroso y juega mucho con su hijo. Lo puedes ver tirado en el piso, o haciendo cualquier travesura como si fuera un niño. Ya casi está entrando en los 60 y a veces le duelen los huesos. Hace dietas y ejercicios porque quiere acompañar a su hijo en todas las aventuras que están por venir.
En su casa de Cojímar hacen esculturas de plastilina y pintan las paredes con fantasías infantiles. Él le construyó un camión, una silla, una casita en el árbol. Él construye cada día el trayecto de su hijo por la vida.
Fabián
Fabián es un joven con un talento infinito. Lo hemos visto en la película “Boletos al paraíso”, en la serie “Mucho Ruido” y en el teatro interpretando grandes personajes. Ha obtenido varios premios importantes por su trabajo como actor. Detrás de la gravedad de su voz, se esconde un muchacho tierno y sensible. Sabe tocar el bajo y le gusta la música.
Fabián y Yane llevan casi 8 años juntos. Cuando se mudó con ella, Mía tenía 4 años. Para él fue complicado al inicio de la relación, le parecía un poco incómodo que la niña lo viera como el novio de su mamá. Entonces iba a la casa como un amigo y cuidaba mucho de que la niña se sintiera bien con sus visitas. Así fue naciendo esa relación con Yane y Mía, respetando los tiempos de la niña, velando por su seguridad y su estabilidad emocional.
Poco a poco fue fomentando la confianza de la niña hasta que se mudó con ellas. Para Fabián fue un cambio radical en su vida, no solo en el sentido de la responsabilidad como padre de familia, sino en términos de afectos. El sentimiento de ser padre de Mía es genuino y hoy en día impulsa todos sus actos. “Tenemos un vínculo muy bonito, más allá de no tener el mismo ADN o la misma sangre. Ella me dice papá. Ella es mi hija.”
En este proceso de vivir la paternidad, Fabian no puede evitar pensar en su padre. Recuerda que, cuando era niño, le tenía miedo a la corriente, pero quería ser electricista como su papá. Y andaba por Regla con sus pinzas y sus herramientas, orgulloso del oficio de su padre.
El cariño que recibió de él ha sido el ejemplo vivo para ofrecerle a Mía, su hija, un hogar seguro y amoroso.
Quizás por eso ella, con sus 12 años, quiere ser como Fabián y aprendió a tocar el ukelele para acompañarlo en canciones y quiere ser actriz para acompañarlo en la escena.
Fabián, Yane y Mía son una familia de artistas. Su casita pequeña de El Cerro está llena de refrentes culturales que provienen del cine, el teatro, la música y las artes visuales.
Él ha contribuido, con su sensibilidad, a un modo de criar que privilegia la libertad, la confianza y el amor.
Conversa mucho con su hija, salen a patinar, leen un libro, ven una película, juegan al teatro.
Van caminando juntos por la vida, sonriendo y defendiendo el derecho de ser padre e hija.
Rafa
Rafa practicó natación y artes marciales, es pintor, restaurador y tatuador. Se ha movido en varias áreas y ha disfrutado al máximo su juventud. Siempre supo que cuando llegara un hijo a su vida iba a ser muy planificado. Ha sufrido lo que significa tener un padre ausente y mantener relaciones conflictivas con su padrastro. Por eso tuvo muy claro que, cuando llegara el momento, iba a asumir su paternidad con absoluto compromiso.
Tuvo varios amores, hasta que se encontró con Marybel una actriz y profesora que es la mujer de su vida. Se enamoró de su belleza, de su histrionismo, de su manera de ver la vida y también de la madre que era, pues ella tenía un hijo de 15 años. A los tres años de relación y viviendo el romance más hermoso, él sintió la necesidad de ser padre. Marybel a los 43 años quedó embarazada y decidieron tener a la niña.
Cuando nació Andrea Roma, Rafa dejó de entrenar artes marciales. Aunque esa es una de sus grandes pasiones, tuvo miedo de que algo le pasara y no poder estar sano y salvo para sostener a su familia. Antes de que la niña naciera, Rafa hacía pinturas eróticas. Esa era una de sus líneas creativas más reconocidas, pero ahora recrea otros motivos en sus cuadros.
Antes de ser padre disfrutaba las fiestas y las salidas nocturnas, ahora prefiere quedarse en su pequeño apartamento de El Vedado jugando a las casitas con su pequeña de 6 años.
“Yo no sé cómo un padre cría a una hija. Ser padre es lo más difícil que me ha tocado en la vida. Pero lo estoy disfrutando mucho y sé que mi hija va a tener siempre un padre cerca.”
A él le gusta que su hija crezca libre de prejuicios, juega a las muñecas y también la enseña a boxear, juegan X-box y pintan casitas de cartón. Ella lo imita cuando él hace ejercicios y cuando medita sobre la estera. Rafa es uno de esos padres que se quedan solos con su hija cuando mamá va de viaje por trabajo.
Él y Marybel viven para su Andrea Roma. Juntos participan en las actividades del Círculo Infantil, llevando a todos los niños del salón diversos talleres que conectan las artes plásticas con el teatro.
Su hija es el regalo más grande que le ha dado la vida y sabe que todo el amor que no recibió de sus figuras paternas, ella lo tendrá de él.
Rafa vive para demostrar que, aún sin un referente valioso, se puede ser el padre más adorado.
Marco
Se le puede ver con una mochila al hombro, y su uniforme azul de aquí para allá. Marco siempre se está moviendo, a veces en bicicleta, a veces a pie. Es un hombre serio y honorable, una persona sencilla y llena de valores. Trabaja en ETECSA, sin embargo, no tiene teléfono en su casa.
Aunque ya tiene 53 años, cuando se sonríe, parece un niño pícaro. Esa misma sonrisa entre ingenuidad, nobleza y picardía la sacaron sus hijos. Yann Marco de 18 y Yannier de 16 son los frutos de su primer matrimonio. Con ellos ha sido un padre entregado y amoroso. Es por eso que ahora son dos adolescentes hermosos, educados y sensibles.
Cuando Marcos se enamoró de Bárbara, su segunda esposa, ella tenía a Arian, de 4 años. Juntos formaron una familia en la que comparten como hermanos Yann Marco, Yannier y Arian. Una de las cosas más lindas que tiene esa familia son los vínculos extendidos, pues Arian tiene a Wilfredo, su papá biológico, muy cerca y al mismo tiempo tiene a Marco como otra figura protectora. A veces se cruzan los tres por el barrio haciendo gala de su cariño compartido.
A los pocos años nació Amanda que representó un nuevo reto en la vida de Marco. Luego de haber criado a tres varones llegaba una niña para cambiarle todo lo que había aprendido. Amanda tiene 7 años y también sacó la sonrisa de su padre. Ella tiene locura con él. A veces va para la escuela con su papá de la mano, orgullosa de ser su hija hembra. “Amanda llegó para darnos más alegrías a todos, es la chispita que faltaba”.
Marco busca la comida para sus cuatro hijos, se preocupa por sus estudios, por sus amores de adolescencia y por los disfraces que debe llevar la niña a la escuela en los días de fiesta. Muchas veces se le ve con flores en la mano para sorprender a Bárbara en las fechas especiales, y consigue todos los ingredientes para hacerle una ensalada fría en su cumpleaños. Le gusta darse unos traguitos, una vez al año, con los vecinos y se emociona con alguna canción vieja.
Como buen padre de varios hijos él se esfuerza en amarlos por igual. Casi todos los días va caminando desde Nuevo Vedado hasta el Casino Deportivo para visitar a Yann Marco y a Yannier. Mientras también atiende las necesidades a Arian y a Amanda, con quienes vive a tiempo completo. “Lo más difícil y gratificante a la vez es ver cómo van creciendo y tomando sus propias decisiones”.
Marco es un papá estrella, que trabaja incansablemente y lucha para alimentar a sus hijos. Además de ese esfuerzo, en los tiempos complejos que vivimos, tiene siempre una mirada comprensiva y amable para sus cuatro hijos.