Reparar
Volver después del error también es criar
Nos equivocamos. Levantamos la voz más de lo que hubiéramos querido, dijimos algo que lastimó, perdimos la paciencia. Lo que hacemos después de ese momento puede cambiar el impacto negativo de esas interacciones. Volver, reconocer lo ocurrido y reparar no borra lo que pasó, pero ayuda a reconstruir la confianza y a cuidar el vínculo. En esta nota ofrecemos consejos y recursos para lograrlo.
Laura llega del trabajo agotada y encuentra la cocina cubierta de harina: Bautista, de seis años, decidió hacer una torta solo mientras ella no miraba. El grito le sale antes de pensarlo: “Sos un desastre, nunca puedo confiar en vos ni cinco minutos”. Bautista se queda paralizado, la mira con los ojos llenos de lágrimas y se va corriendo a su cuarto. Laura queda sola en medio de la cocina, con el corazón acelerado, escuchando todavía el eco de sus propias palabras.
Pero la escena no termina ahí.
Diez minutos después, cuando el enojo bajó, Laura golpea la puerta del cuarto de Bautista y se sienta a su lado en la cama. Le dice que se equivocó, que gritó y que lo que dijo no fue justo. Bautista, todavía dolido, le cuenta que se sintió “como si fuera malo”. Laura lo escucha, lo abraza y, juntos, piensan cómo hacer para que la próxima vez pueda cocinar con un adulto cerca. La torta, al final, queda para otro día.
Durante la infancia, las niñas y los niños aprenden a vincularse a partir de las experiencias que viven con las personas que los cuidan. Cuando después de un conflicto encuentran un camino de reparación, descubren que un momento difícil no rompe necesariamente la relación y que siempre existe la posibilidad de volver a encontrarse.
Aprender a reparar
Muchas personas adultas que hoy buscan criar desde un enfoque respetuoso crecieron en familias donde los errores de quienes cuidaban rara vez se reconocían. A veces se justificaban con un “era por tu bien”; otras, simplemente no se hablaba más del tema. Pedir disculpas frente a un niño o una niña no era algo habitual y, para muchas personas, todavía resulta incómodo.
Por eso reparar cuesta. No solo porque implica reconocer un error, sino también porque muchas veces no contamos con modelos cercanos que nos hayan mostrado cómo hacerlo.
Sin embargo, no hace falta haber recibido ese ejemplo para poder ofrecerlo. Cada vez que una persona adulta vuelve después de haberse equivocado está mostrando una manera de atravesar los desacuerdos sin romper el vínculo. Al mismo tiempo es una forma potente de transmitir cómo hacerse cargo de los errores sin culpabilizar a las niñas y a los niños: las típicas frases “me pusiste nervioso”, “ves que sino te grito no hacés caso” añaden un daño extra a la situación vivida porque le hacen sentir a la niña o al niño que lo que sintió no tenía motivo, o que la culpa fue suya.
¿Cómo reparar después de un conflicto?
Desde este espacio y en consonancia con la disciplina positiva, proponemos entender la reparación como una parte más de la crianza, y no como una excepción.
El primer paso es reconocer lo que pasó, sin excusas ni justificaciones. No es lo mismo decir “perdón, pero estaba muy cansada” que decir “me equivoqué, te grité y eso no estuvo bien”. Asumir la propia responsabilidad permite que el niño o la niña no cargue con un enojo que no le corresponde.
Después llega el momento de volver a acercarse. Escuchar cómo vivió la situación, darle lugar a lo que sintió y mostrarle, también con la presencia y el tono de voz, que el vínculo sigue ahí. Muchas veces no hace falta encontrar las palabras perfectas; alcanza con estar presentes para ese encuentro.
Escuchar en este momento es fundamental: ayuda a que la niña o el niño entienda lo que vivió desde un lugar de respeto, y no de confusión o culpa. Que las niñas y los niños sientan que entendemos lo mal que la pasaron cuando los tratamos mal tiene un valor enorme. Les ayuda a confiar en lo que sienten, incluso cuando fueron tratados mal. Y eso los acompaña después, de grandes, en cómo construyen sus propios vínculos.
Cuando el momento lo permite, también puede pensarse juntos qué hacer distinto la próxima vez. En el caso de Laura y Bautista, el problema era cocinar sin una persona adulta presente, no el deseo de cocinar en sí mismo: a los seis años, todavía necesita supervisión para eso. El límite sigue siendo necesario. Lo que cambia es la manera de transmitirlo.
Reparar no retira el límite ni deja pasar lo que ocurrió: reconoce que una cosa es poner un límite a una niña o niño y otra muy distinta es que le duela cuando lo hacemos.
Tampoco hace falta que la reparación ocurra inmediatamente. A veces la persona adulta necesita unos minutos para recuperar la calma antes de volver. Lo importante es que ese regreso suceda.
Lo que deja una reparación
Los conflictos forman parte de cualquier vínculo cercano. Lo que marca una diferencia es cómo se atraviesan.
Cuando esto se repite en el tiempo, la niña o el niño empieza a esperar que, después de un conflicto, el vínculo se puede reparar. Y esa expectativa los ayuda a animarse a mostrar lo que sienten, incluso cuando temen una mala reacción.
También aprende algo sobre sí mismo. Un error no lo convierte en una mala persona. Y ve, con el ejemplo, que las personas adultas también se equivocan, que pueden hacerse cargo de lo que hicieron y buscar una manera de acercarse.
Muchos adultos crecimos creyendo que pedir perdón frente a un niño era perder autoridad. Hoy sabemos que puede ocurrir exactamente lo contrario. Reconocer un error no debilita el lugar adulto; muestra una forma de ejercerlo con responsabilidad, respeto y cuidado.