Corresponsabilidad
La crianza como un trabajo en equipo
En una casa, mientras la madre prepara la cena, revisa la tarea del colegio y trata de acordarse del turno con la pediatra, el padre está en el sillón, con el celular, sin que ninguna de esas tareas parezca estar en su radar. En otra casa uno de los dos hace las mismas tareas y el otro pregunta desde la habitación de al lado: “¿en qué te ayudo?”. Aunque son distintas en la superficie, ambas escenas tienen algo en común: en las dos hay una sola persona pensando, organizando y sosteniendo la organización doméstica.
Estas escenas se repiten en muchas familias, con distintas variantes, incluso en las que tienen la mejor voluntad de repartir tareas entre los varones y las mujeres. Cuando organizar la vida cotidiana recae una y otra vez sobre la misma persona, aparece el agotamiento — y la sensación de estar solo en algo que debería ser de a dos.
A veces las tareas del cuidado y la crianza están distribuidas de alguna manera. Una persona cocina, otra lleva a los chicos a la escuela, alguien se ocupa del baño antes de dormir.
Sin embargo, buena parte de la organización sigue descansando sobre una sola cabeza: quien recuerda los turnos médicos, se da cuenta de que falta comprar pañales o papel higiénico, coordina los cumpleaños, piensa qué va a cocinarse durante la semana y controla que todo funcione.
A ese trabajo invisible se lo conoce como carga mental e implica tener en la cabeza todas las actividades que conlleva la crianza.
Aunque cambiaron las formas de organizar la vida familiar, todavía son las mujeres quienes sostienen la mayor parte de esa carga, incluso cuando ambos trabajan fuera de casa.
La corresponsabilidad supone que los padres participen activamente en la planificación y en las tareas del día a día — y que muchas mujeres puedan correrse de la idea de que el cuidado depende principalmente de ellas. Muchas veces aparece la palabra “ayuda”: decir que alguien “ayuda con los chicos” da por hecho que esa responsabilidad es de otra persona.
La corresponsabilidad empieza cuando esa lógica cambia y el cuidado se asume, desde el principio, como algo compartido.
Aprender a repartir el cuidado lleva tiempo y requiere el aprendizaje de nuevas habilidades. La corresponsabilidad se construye conversando, probando nuevas formas de organizarse y aceptando que habrá cosas que al principio no salgan perfectas.
Cuando el cuidado se distribuye de manera más justa, disminuye la sobrecarga de quien venía sosteniendo casi toda la organización, y cambia también la experiencia de niñas, niños y adolescentes: cuentan con más de una persona disponible para acompañarlos, resolver un problema o compartir un momento cotidiano. Además, crecen viendo en su propia casa el ejemplo de lo que van a poder construir el día de mañana: la sociedad también se arma hogar por hogar.
Pensar la familia como un equipo ayuda a compartir las responsabilidades. En un equipo no todas las personas hacen exactamente lo mismo. Los roles cambian según el momento, el trabajo, la salud o las necesidades de cada familia.
Algunas ideas para empezar
- Durante una semana, anotar todo lo que hace falta para sostener la vida cotidiana de la familia, incluidas las tareas que muchas veces pasan desapercibidas: pedir un turno, comprar un regalo, revisar una autorización escolar o acordarse de renovar un medicamento.
- Cuando alguien asuma una tarea, pueda encargarse del proceso completo, de principio a fin.
- Reservar un momento cada semana o cada quince días para conversar sobre cómo viene funcionando la organización familiar y hacer los cambios que sean necesarios.
- Usar un calendario compartido para que la información importante no dependa únicamente de la memoria de una persona.
- Evitar corregir continuamente la manera en que el otro hace las cosas. Existen muchas formas válidas de preparar una mochila, cocinar una comida o acompañar la rutina de sueño.
Quizás una de las partes más difíciles sea ceder el control. Cuando durante años una sola persona organizó casi todo, es habitual que sienta la necesidad de revisar, corregir o volver a hacer algunas tareas. Esto suele costarles particularmente a muchas mujeres, que han sido educadas para ser las principales responsables del cuidado, y para quienes delegar puede sentirse como perder un lugar propio.
Para los varones el desafío suele ser distinto: se trata de asumir, desde un principio, que la responsabilidad sobre los hijos e hijas les pertenece tanto como a sus compañeras, sin esperar que ellas les deleguen tareas o les recuerden que no son las responsables de todas las tareas.
Compartir la responsabilidad también implica desarrollar la confianza entre los adultos cuidadores. Dar lugar a que la otra persona encuentre su propio modo de hacer las cosas, aprenda con la experiencia y gane seguridad.