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No me hacen caso

Comunicar límites, repetir y acompañar. La crianza posible.

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UNICEF Argentina
06 Agosto 2026

Pocas frases se repiten tanto en la crianza como “¿por qué no me hace caso?”. La sensación de estar hablando al vacío, de repetir lo mismo una y otra vez, puede cansar y generar frustración. Sin embargo, esa repetición es parte esperable del aprendizaje de los límites, aunque a veces se sienta como hablarle a la pared. 

Una escena cotidiana 

Son las cuatro de la tarde y Lucas, de siete años, está jugando con bloques en el piso del living cuando Valeria, su mamá, le avisa que en diez minutos salen para el turno con el pediatra. "Lucas, guardá eso, que nos vamos al médico", le dice desde la puerta. Cinco minutos después, Lucas sigue jugando: se lo repite, ahora parada a su lado. A los diez minutos, ya se les hace tarde, se lo dice por tercera vez, con la cartera en la mano y mirando el reloj. 

Lucas junta un par de bloques, se distrae, y recién se levanta cuando su mamá está parada en la puerta, enojada, esperando. Ella se pregunta si alguna vez va a lograr que la escuche sin repetirlo 100 veces. En ese momento, Valeria se siente agotada, enojada con su hijo, lo mira con bronca y mentalmente prepara las frases iniciales de un sermón que durará todo el trayecto hasta el pediatra. 

Muchas familias conocen esa escena. Y la pregunta aparece enseguida: si ya lo dije varias veces, ¿por qué no lo hace? 

Lucas

Por qué hace falta repetir 

Cuando una niña o un niño no responde al primer pedido, es fácil pensar que está desafiando a propósito o que como adultos estamos haciendo algo mal. En realidad, lo que ocurre es que todavía se están desarrollando habilidades como sostener la atención, controlar los impulsos, recordar una consigna y pasar de una actividad a otra. 

Escuchar un pedido no siempre significa poder ejecutarlo de inmediato. Si la atención está puesta en el juego, en una emoción o en otra tarea, las niñas y los niños necesitan más tiempo para registrar lo que se les pidió y ponerlo en acción. 


Por eso repetir un límite no necesariamente significa que el límite no funciona. Igual que cuando se aprende a andar en bicicleta o a atarse los cordones, el aprendizaje necesita práctica. Y la práctica, muchas veces, necesita repetición. 


Los límites se construyen comunicándolos y sosteniéndolos 

Poner un límite no se reduce a dar una orden una sola vez. Un límite se va construyendo cuando se comunica con claridad y se sostiene de manera consistente. 

La instrucción sola rara vez alcanza. Lo que le da fuerza es que el adulto esté disponible para acompañarla las veces que haga falta. 

Acompañar no significa hacer la tarea por la niña o el niño. Significa permanecer cerca mientras la realiza. Si el pedido es guardar los juguetes, el adulto puede acercarse, señalar por dónde empezar o comenzar junto con él. Con el tiempo, esa ayuda podrá retirarse gradualmente. 

Antes de repetir, conectar 

A veces el problema no es que la niña o el niño no quiera colaborar, sino que el pedido nunca terminó de llegar. Decir algo desde otra habitación, mientras está concentrado en el juego o sin esperar una respuesta, puede hacer que la consigna pase desapercibida. 

Antes de repetir, puede ayudar acercarse físicamente, esperar que mire o registre la presencia del adulto y hacer el pedido con una frase amorosa y concreta. 

Ese pequeño momento de conexión suele ser más efectivo que repetir la misma frase desde lejos. 

¡A comer!

El cómo también comunica 

La forma en que se repite un pedido transmite tanto como el contenido del pedido. 

Si cada repetición viene con más enojo, amenazas nuevas o un tono cada vez más fuerte, el mensaje puede volverse confuso: la niña o el niño aprende a esperar cierto nivel de exasperación antes de responder. 

En cambio, suele ayudar: 

  • acercarse en persona, 
  • bajar a la altura del niño o la niña, 
  • usar la misma frase, 
  • evitar sumar amenazas, 
  • sostener un tono firme y tranquilo. 
Acercarse

Cuándo hace falta acompañar con la acción 

Repetir no significa decir lo mismo indefinidamente mientras nada cambia. A veces el límite necesita pasar de la palabra a la acción. 

Si llegó la hora de apagar la televisión, probablemente no alcance con decirlo varias veces desde la cocina. Puede ser necesario acercarse, apagarla y acompañar la reacción que aparezca. 

Si el pedido es guardar los juguetes, puede ser necesario quedarse cerca mientras empieza, ayudando a organizar el primer paso sin reemplazarlo. 

La diferencia es importante: sostener el límite es ayudarle a atravesar la situación, no resolvérsela para terminar rápido. 

La seguridad interna que hace falta para sostenerlo 

Sostener una misma frase varias veces sin que el tono suba requiere algo que no siempre está disponible: cierta seguridad interna en el adulto, la confianza de que estamos convencidos de la validez de ese límite. 

Cuando sentimos que cada “no” del niño cuestiona nuestra autoridad o nuestro valor como madres, padres o cuidadores, es más fácil que aparezca la exasperación. O, en el extremo contrario, que abandonemos el límite para terminar con la situación incómoda. 

Construir esa seguridad implica recordar que la obediencia inmediata no es la medida de una buena crianza. Un límite puede repetirse con calma, aunque no se cumpla al instante. Su sentido está en que el mensaje llegue, se sostenga y pueda ser aprendido con el tiempo. 

Revisar de dónde viene cada límite

A veces los límites que repetimos todos los días no responden a una necesidad real. 

Algunos protegen algo importante: la seguridad, el descanso, el respeto por otras personas o la convivencia familiar. Otros pueden venir de costumbres heredadas, de cómo fuimos criados o de la necesidad de sentir que tenemos el control de la situación. 

Vale la pena preguntarse de vez en cuando: 

  • ¿este límite protege algo real?, 
  • ¿ayuda a la convivencia?, 
  • ¿o lo sostengo sobre todo para marcar autoridad? 

Una crianza posible 

Si sentís que repetís lo mismo todos los días, no quiere decir que estés haciendo algo mal. Aprender lleva tiempo. Y acompañar ese aprendizaje implica volver a decir, volver a mostrar, volver a estar cerca y volver a sostener el límite cuando haga falta

Repetir un límite con calma, sostenerlo con el cuerpo y con la voz, y revisar de tanto en tanto por qué se sostiene, es lo que va construyendo la crianza posible: constante y genuina, hecha de repeticiones que cansan pero que, con el tiempo, terminan formando parte del vínculo.