¿El rojo o el azul?
Cómo se entrena la autonomía en la infancia
Escuchar e incluir a nuestras hijas e hijos en las decisiones cotidianas es una de las formas más concretas de ejercer una crianza respetuosa. Y también una de las más poderosas para desarrollar su autoconfianza.
Cuando imaginamos a nuestras hijas e hijos como personas adultas, una de las aptitudes que más quisiéramos que tengan es la capacidad de tomar decisiones con confianza y seguridad. Esa capacidad se entrena desde la infancia, como cualquier otra habilidad, y es durante la crianza cuando tenemos la oportunidad perfecta para cultivarla.
Escucha y participación como base del vínculo
La crianza respetuosa implica escuchar e incluir a nuestras hijas e hijos: dejarlos participar en algunas decisiones, tomar en cuenta su punto de vista, reconocer que tienen opiniones propias sobre lo que los afecta. Esto no significa que decidan todo ni que su voz tenga el mismo peso que la de los adultos, sino que los escuchamos e incorporamos como parte activa de la vida familiar.
Cuando una niña o niño siente que su opinión importa, desarrolla la convicción de que es capaz. Este sentimiento es el primer paso para una autoestima sana. La crianza es una etapa donde, con nuestras acciones, podemos afianzar o entorpecer el sentimiento de capacidad. La participación en las decisiones es una forma de practicarlo.
La autonomía se ejercita
La autonomía es la capacidad de tomar decisiones y resolver situaciones por cuenta propia. Como toda capacidad, se desarrolla con práctica. Las niñas y los niños necesitan muchas experiencias para ir confiando en su propio criterio, y esas experiencias empiezan mucho antes de lo que solemos imaginar.
Desde pequeños y pequeñas podemos ir dándoles participación en decisiones acordes a su edad y madurez. No se trata de que sean quienes deciden, dado que las decisiones de crianza nos corresponden a los adultos, sino de ir ampliando gradualmente el margen de participación a medida que crecen. A esto se le llama autonomía progresiva.
Algunos ejemplos según la edad:
Primera infancia (2 a 4 años):
Ofrecerles lo que en crianza se llama opciones limitadas, es decir, elegir entre dos o tres alternativas que definimos de antemano — ¿el vestido rojo o el azul?, ¿con qué juguete te bañás? Además de darles un margen real de decisión, muchas veces alivia la resistencia a hacer algo que no querían, como vestirse o bañarse.
Edad escolar (5 a 10 años):
Participar en la organización de su mochila, elegir el cuento antes de dormir, opinar sobre el menú de la semana, elegir algunos objetos para decorar la habitación u otro espacio de la casa, ayudar a poner la mesa o colaborar en tareas del hogar acordes a su edad.
Preadolescencia en adelante:
Tomar parte en decisiones familiares que los involucran, gestionar sus tiempos de estudio, elegir actividades extracurriculares, salidas, visitas familiares, entre otras. Dar espacio para tomar decisiones y aprender a responsabilizarse por las consecuencias de las mismas es un paso vital en esta etapa.
Cada vez que dejamos a una niña o un niño tomar una pequeña decisión, le estamos mostrando que confiamos en su capacidad, y al mismo tiempo le damos la oportunidad de practicar: aprende a desarrollar criterios propios, a decidir en consecuencia y a responsabilizarse de los resultados.
Para hacer en casa
Tomá un momento para escribir una lista de situaciones cotidianas en las que tu hija o hijo podría participar más: elegir la ropa, decidir a qué jugar en el rato libre, ayudar a preparar algo en la cocina, decidir cuándo puede hacer la tarea, o si quiere ir a un cumpleaños. Después probálo durante una semana y observá qué pasa. ¿Cómo reacciona cuando le das esa posibilidad? ¿Qué cambia en el vínculo?
Acompañar la autonomía progresiva es una de las tareas más invisibles de la crianza: sus resultados no se ven mañana, sino años después, cuando esa persona confía en sí misma para tomar decisiones propias.