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El castigo

¿Qué les pasa por dentro a las niñas y los niños cuando los castigamos?

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UNICEF Argentina
05 Agosto 2026

Un castigo puede lograr que un niño o una niña se quede quieto un rato. Pero adentro suyo pasa otra cosa: rara vez está aprendiendo lo que el adulto quiere enseñarle. En esta nota te contamos cuatro reacciones típicas frente al castigo. 

Valentina, de siete años, rompe un jarrón jugando a la pelota adentro de casa. Su mamá la manda a su cuarto una hora, sin escuchar que fue sin querer. Valentina se queda ahí sola, dándole vueltas a lo que pasó. Puede terminar sintiendo alguna de estas cuatro cosas, a veces más de una al mismo tiempo.

¿Qué les pasa por dentro a  las niñas y los niños cuando  los castigamos?

Las cuatro “R” desde la disciplina positiva 

Cada niño y cada niña reacciona a su manera frente a un castigo, según su carácter, su momento y el vínculo que tiene con los adultos que lo rodean. Aun así, hay algunas reacciones que aparecen con frecuencia. Desde la disciplina positiva se las agrupa en cuatro, conocidas como las cuatro “R”: los ejemplos más frecuentes, entre las tantas reacciones posibles. 

Resentimiento

Resentimiento

Piensa que fue injusto: ni siquiera la dejaron explicar que la pelota se le escapó de las manos. Por dentro queda algo del estilo “esto no es justo, y si a ella no le importa cómo me siento, a mí tampoco me va a importar cómo se siente ella”.

Revancha

Revancha

Decide, sin decirlo en voz alta, que la próxima gana ella: si total la van a castigar igual, la próxima vez que rompa algo va a ser a propósito. Por dentro, algo parecido a “ahora le toca a ella”.

Retraimiento.

Retraimiento

Puede tomar dos caminos. Uno es la travesura: la próxima vez juega a la pelota en un cuarto donde nadie la vea, para no ser descubierta, pero no porque haya entendido el riesgo. El otro es guardarse todo hacia adentro: dejar de contar lo que le pasa, cerrarse, concluir que es torpe o que hay algo malo en ella. “Me cierro, me escondo, no hablo más”.

Rebeldía

Rebeldía

Al día siguiente vuelve a jugar a la pelota adentro, esta vez adrede, para demostrarle a su mamá que ella no decide todo. “Hago lo contrario para demostrarle que ahora mando yo”.

El castigo desvía la atención de niñas y niños hacia el enojo, la bronca y el miedo, en vez de generar las condiciones para que reciban una nueva lección sobre lo sucedido. Un aprendizaje genuino. Valentina y su mamá, por ejemplo, podrían haber conversado sobre cómo y dónde jugar a la pelota. 

Las cuatro R son ejemplos de reacciones emocionales que atraviesan las distintas edades.

Sofía tiene tres. Está en la plaza y le pega a otro nene porque le sacó la pala. Su papá la agarra fuerte del brazo, la sienta en el banco lejos de los juegos y le dice que se quede ahí “hasta que aprenda”. Sofía llora, se resiste, después se queda quieta mirando el piso.

A los tres años, Sofía todavía no puede pensar “esto es injusto” ni planear una revancha. Pero el cuerpo y la conducta ya muestran versiones tempranas de estas reacciones: el llanto y la resistencia inicial son una forma de rebeldía instintiva; quedarse quieta mirando el piso, sin buscar que la alcen en brazos, es una versión temprana del retraimiento. Cuanto más chica es la niña o el niño, menos elaborada es la reacción, pero el circuito emocional que se activa es el mismo.

Sofía

Por qué pasa esto

El cerebro no distingue del todo entre un peligro real y un reto de un adulto enojado: las dos cosas activan la misma respuesta de alerta. Frente a esa alerta, la parte del cerebro que permite reflexionar, entender la regla y aprender (en desarrollo durante la primera infancia) se apaga, y queda al mando la parte que solo sabe defenderse, atacar o paralizarse. Por eso un castigo nunca deja aprendizaje: llega justo cuando más conexión emocional necesitan las niñas y los niños, y por sus efectos nocivos, impide la posibilidad de aprender o modificar la conducta.

Estas cuatro reacciones no se quedan solo en la infancia

Muchas veces dejan una huella que reaparece más adelante, cuando esa persona ya de grande construye vínculos importantes: una pareja, una amistad, su propia manera de criar. 

Vale la pena hacer memoria: cuando en la infancia alguien nos hizo sentir mal, avergonzados o con miedo, ¿nos daban ganas de aprender o de alejarnos? Esa misma pregunta se juega hoy, del otro lado, con cada niña o niño. Cuando el castigo es el patrón de la crianza, la confianza se deteriora. los ejemplos más frecuentes, entre las tantas reacciones posibles.

El castigo puede frenar una conducta en el momento, y por fuera hasta parecer que funcionó. Sin embargo, por dentro, suele dejar resentimiento, miedo, ganas de venganza o desconexión. Reconocer esas reacciones a tiempo es el primer paso para elegir otra forma de poner un límite.