Damián y Mercedes aprenden a vivir juntos después de la pérdida
Damián, de 13 años, y su hermana María, de 10, perdieron a su madre en los terremotos de Venezuela. Su tía Mercedes, que también llora la pérdida de su hermana, asumió su cuidado. Entre recuerdos, juegos y nuevas responsabilidades, aprenden a acompañarse.
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Damián sabe cómo convertir un balde en tambor. Lo pone boca abajo y empieza a tocar. Se las arregla con unos palos o una tapa. Los demás marcan el ritmo y él los sigue. Así lo cuenta en el polideportivo José María Vargas, en La Guaira, donde vive desde los terremotos de junio.
Tiene 13 años y muchas ganas de aprender. Observa cómo toca un amigo del campamento, memoriza los movimientos y prueba. Algunos ritmos ya le salen; cuando intenta acelerar, todavía se le escapan.
“Eso me cuesta porque cada vez que le doy el ritmo quiero frenar”, explica.
El sonido le resulta familiar. Su madre lo llevaba a las fiestas de San Juan y, en la playa donde ella trabajaba, él se metía en las ruedas de baile. Mercedes, su tía, recuerda que no tenía ninguna vergüenza. Ahora, entre nuevos amigos, aprende también a tocar.
“Le sentí la pasión al tambor”, dice Damián.
Perdió a su madre en los terremotos del 24 de junio. También a amigos con quienes creció jugando al fútbol y buscando mangos.
Ahora vive en el campamento transitorio con Mercedes, sus dos primas y otra tía, Franci, que ha venido a ayudar. Su hermana María, de 10 años, presenció el derrumbe en el que falleció su madre y, para cuidar de su bienestar emocional, permanece temporalmente con familiares en Puerto la Cruz, a unos 350 kilómetros de las zonas afectadas, hasta que pueda reunirse con Mercedes y Damián cuando salgan del campamento.
Cuando habla de su vida antes del terremoto, vuelve a la cancha, a las travesuras y a los partidos que no quería terminar. En esos recuerdos están sus amigos y su madre.
La receta de su madre
Damián recuerda exactamente cómo le gustan las sardinas: con tomate, cebolla, un poquito de vinagre y aceite. Su madre las preparaba para rellenar una arepa frita. Ponía una porción generosa porque sabía cuánto le gustaban.
Él se sentaba cerca a mirar cómo las preparaba. Cuenta que, cuando ella se descuidaba, intentaba coger un poco antes de que estuvieran listas. Su madre lo mandaba a apartarse; él seguía pendiente de la comida.
Conoce la receta y la cuenta al detalle. Dice que, solo de recordarla, se le hace la boca agua. “Yo sé cómo a mí me gustan las sardinas”, explica.
También la recuerda cuando habla del fútbol. Aprendía en casa, lanzando el balón contra la pared y recibiéndolo con el pie. A veces se escapaba para ir a jugar y ella lo regañaba. Al contarlo, pasa de los partidos a la comida y de la playa a las personas que echa de menos.
En el campamento ha encontrado compañeros para volver a jugar. Prefiere el fútbol sala y sabe a quién pondría de portero, quién defendería y quién subiría con él. Neymar es su jugador favorito y le encantaría conocerlo. Quiere entrenar con un equipo.
“El fútbol es lo que me quita la tristeza”, cuenta.
Media hora más
Mercedes describe el campamento desde el lugar donde duermen: “Cama, cama al lado, mis vecinos”. Entre las camas y una colchoneta se acomoda la familia. Por la noche, los niños se turnan para dormir junto a una de las tías. A veces Damián quiere quedarse con Franci; otras veces, alguna de sus primas reclama su turno.
Mercedes, de 40 años, conoce a su sobrino desde que nació. Acompañó a su hermana durante el embarazo, lo cuidó de bebé y, mientras crecía, lo defendía de algún regaño. Es, como ella misma se presenta, “la tía consentidora, la tía regañona, y la tía que lo saca a pasear a la playa”.
Después del terremoto asumió el cuidado de los dos hijos de su hermana. Al llegar al refugio, le preocupaba recuperar los documentos de los niños, perdidos entre los escombros. Buscó ayuda con los servicios de protección de la infancia y adolescencia y se realizaron las gestiones para formalizar la colocación familiar.
“No lo pensé, no lo dudé, son mis sobrinos”, dice.
Quererlos es algo que lleva años haciendo. La responsabilidad cotidiana trae preguntas nuevas. ¿Cómo establecer las mismas reglas para sus hijas, Mercelys (12) y Mercy (7), y sus sobrinos? ¿Cómo dejar jugar a Damián sin pasar el día preocupada por dónde está?
Cuando llega la hora de dejar de jugar, empieza una negociación conocida. Mercedes le avisa. Él pide media hora. Cuando vuelve a buscarlo, pide otra media hora más.
Ella le explica por qué necesita saber dónde está: si escucha una pelea y no lo ve cerca, sale corriendo a buscarlo. Él insiste en que quiere jugar. Los dos van ajustando las reglas.
“Ella me quiere y me aconseja”, dice Damián. A veces la acompaña a lavar la ropa. Con sus primas discute por las cosas que comparten, pero también pasa un buen rato preparando mangos verdes con limón, vinagre y picante. Cuenta que pueden estar una hora picándolos hasta llenar una taza grande.
Cuidar también se aprende
“Yo busqué ayuda”, cuenta Mercedes.
Consultó a una psicóloga para aprender a acompañarlos. Al principio permitía que Damián usara el teléfono más tiempo para que permaneciera cerca de ella. Sus hijas protestaban: ¿por qué a él sí? Esa orientación la ayuda a establecer reglas iguales para todos.
También procura esperar a que pase el enfado antes de conversar. “Yo me siento y le explico”, dice. No siempre resulta sencillo. Está criando mientras atraviesa su propio duelo por la muerte de su hermana y la pérdida de su casa.
Aracely David, trabajadora social especializada en protección de la niñez de Fundainil, organización que implementa estas actividades con apoyo de UNICEF, explica que las familias necesitan acompañamiento en sus procesos de duelo. También requieren herramientas de crianza para manejar los celos, resolver conflictos entre primos y adaptarse a la nueva convivencia.
Con apoyo de UNICEF, Fundainil ofrece acompañamiento psicosocial a niñas, niños y adolescentes en el espacio amigable del campamento. A través del juego, el deporte y el arte, promueve el buen trato y les ayuda a reconocer situaciones de violencia y saber cómo pedir ayuda. Madres, padres y cuidadores reciben orientación para manejar las emociones, practicar una crianza positiva y afrontar los cambios en la convivencia familiar. Este acompañamiento también busca prevenir la separación familiar y facilitar el acceso a los servicios locales de protección de la niñez y la adolescencia.
Damián participa sobre todo en las actividades deportivas y recreativas de este espacio, cuenta Aracely. Cuando el equipo identifica una necesidad de atención psicológica o un riesgo de violencia, deriva el caso a las autoridades y los programas que prestan los servicios correspondientes. Así, el acompañamiento también ayuda a conectar a las familias con la atención especializada que necesitan.
“Acompañar a niños, niñas y adolescentes en el duelo, también significa apoyar a quienes lo cuidan. Las familias necesitan espacios de escucha y herramientas para afrontar los cambios que trae una pérdida, mientras los niños necesitan tiempo, afecto y entornos seguros donde puedan expresar lo que sienten, jugar y seguir creciendo. Brindar un acompañamiento oportuno puede contribuir a fortalecer su resiliencia y la esperanza”, dice Wendy Torres, oficial de Protección de la Infancia de UNICEF Venezuela.
Mercedes necesita también momentos para ella. Sale a caminar por la costa y escucha las olas. Cuando siente que no puede con algo, hace ejercicios de respiración. Por el momento, cuenta con su hermana Franci para cuidar a los niños mientras realiza sus gestiones, pero pronto su hermana tendrá que volver con sus hijos.
La familia que imaginan
Mercedes imagina una casa. Piensa en los cuartos, en las tareas que compartirán y en cómo será vivir con los cuatro niños. Ya anticipa las discusiones por el espacio y las llamadas para que alguien vaya a fregar. Se imagina recogiéndolo todo y bromea con que será la Cenicienta de Damián.
También imagina a la familia animándolo desde la grada si llega a ser futbolista. Quiere ayudarlo a tener disciplina sin apagar lo que le gusta de él.
“No quiero quitarle esa esencia que él tiene”
Mercedes describe a cada uno desde el vínculo que los une: “Mercy es mi fortaleza. Mercely es un amor, es la que me cuida las heriditas. Damián es amor, puro amor. Ese niño es un pilar muy fuerte en mi vida”. A María la describe como “una niña llena de amor, de ternura”. "Todos son mis hijos", añade.
Damián quiere ver a su hermana María. Hablan por teléfono de vez en cuando y le guarda dulces para cuando vuelvan a encontrarse. También quiere volver al río y a la playa, a los lugares donde iba con su madre.
Por ahora, siguen en el campamento. Reunirse con su hermana María y tener un espacio propio son deseos pendientes. Mientras tanto, Mercedes y Damián van aprendiendo a escucharse, a compartir las tareas y a encontrar tiempo para jugar.
Damián tiene claros dos deseos: “Quiero ser futbolista y tamborero”.
Ya se imagina ganando un trofeo y celebrándolo con música y baile. Mientras tanto, observa, practica y vuelve a probar el ritmo que le cuesta. “Quiero aprender más”, dice.
UNICEF, junto con Fundainil, acompaña a niñas y niños como Damián y a sus cuidadores con actividades de apoyo psicosocial, herramientas de crianza y orientación para acceder a servicios especializados cuando los necesitan. Mantener ese apoyo es parte de ayudar a que Damián siga aprendiendo y jugando, mientras Mercedes encuentra cómo cuidar de su familia y de sí misma.