Víctor, el guardián del agua en Villa Caleta
Un proyecto impulsado por UNICEF lleva servicios de agua, saneamiento e higiene a diez comunidades indígenas impactadas por la migración en la frontera colombo-panameña. Hoy más de mil personas pueden beber agua segura.
En medio de un sol abrasador y una humedad asfixiante, como solo un país bañado por dos mares como Panamá puede ofrecer, llega la piragua a Villa Caleta, una comunidad indígena Emberá al borde de las aguas del Río Tuquesa, uno de los tantos afluentes que recorren la provincia panameña del Darién, fronteriza con Colombia.
A unos metros del desembarcadero está Víctor, un líder comunitario de larga data. De pocas palabras, con un suéter azul y una piel cobriza que atestigua largas jornadas bajo el sol, nos lleva a recorrer el pueblo en el que nació, en el que vive y del que fue presidente del Congreso Local en el pasado.
El pueblo de Villa Caleta es disperso. Tiene un poco más de 300 habitantes esparcidos en viviendas de madera y zinc. Una sola escuela y un recuerdo vetusto de lo que en algún momento fue un centro de salud. Víctor camina unos pasos hacia la toma de agua para medir el PH y el nivel de cloro, algo que hace rutinariamente. Luego va a su próxima parada mientras una niña y su madre esperan que culmine la prueba química para llenar un balde con agua del grifo comunal.
Se acerca la hora del almuerzo. Las mujeres preparan un sancocho con arroz en el corazón del poblado, que es una cancha en donde se reúnen todos y todas para casi todo. Allí llega Víctor a golpe de mediodía para presidir la reunión que dará seguimiento a los proyectos de agua, saneamiento e higiene de Villa Caleta.
Este es justamente el trabajo de las Juntas Administradoras de Acueductos Rurales (JAAR), organizaciones locales que están conformadas por líderes comunitarios bajo la supervisión del Ministerio de Salud. Víctor Cabrera, quien es el presidente de la JAAR de Villa Caleta, explica que aspira a conseguir más paneles solares y baterías para cubrir la demanda de agua las 24 horas del día. La Junta está encargada de clorar el agua que se extrae del río con una bomba y que luego se filtra y se almacena en tanques, todo con energía solar gracias a los paneles provistos por UNICEF porque en esta comunidad no hay electricidad.
“Aquí ya no consumimos agua directamente del río como lo hacíamos antes”, dice Víctor mientras recuerda los constantes vómitos y diarreas que sufrían al beberla sin filtrar. Y es que, a pesar de estar a orillas del río, ésta no es apta para consumo humano, una situación que se ha agravado en los últimos años por la crisis migratoria que afecta a varias comunidades, que aunque no acojan migrantes, como es el caso de Villa Caleta, sí se ven afectadas por compartir los afluentes.
El tránsito migratorio por Panamá se ha intensificado desde hace cinco años. Para pasar desde Sur América hacia Estados Unidos, muchos migrantes cruzan la selva del Darién, el tramo más peligroso de la travesía ubicado entre las fronteras de Colombia y Panamá. Solo en 2022 cruzaron más de 248 mil personas por estas trochas y otros no lo lograron.
Las comunidades de acogida, por donde pasan en promedio unos mil migrantes al día, están mayormente dentro de la comarca indígena Emberá-Wounaán, que de por sí es una de las regiones más vulnerables en el país centroamericano en cuanto a acceso a servicios básicos como agua, saneamiento e higiene.
“La migración está contaminando los ríos en estas comunidades indígenas que están a lo largo del río Tuquesa y el río Membrillo, los cuales ancestralmente han sido sus fuentes de agua”, explica Reinaldo Rodríguez, técnico de Global Brigades, socio implementador de UNICEF para el proyecto Baido. “En el largo plazo, las heces, los desechos y la basura que se vierten directamente en ellos pueden comprometer la posibilidad de consumirla aún siendo tratada. No es lo mismo purificar agua con materia orgánica como hojas de árboles y lodo que purificar agua con heces y cadáveres que se encuentran en el río”, detalla Reinaldo.
UNICEF y Global Brigades implementan el proyecto Baido (que significa agua en lengua indígena emberá), con el cual se busca mitigar el grave problema de acceso al agua, higiene y saneamiento en 10 comunidades impactadas por la migración en Darién, nueve de ellas indígenas.
“UNICEF brinda acceso a agua potable en las comunidades de acogida de migrantes en diferentes modalidades, desde la instalación de plantas de tratamiento de agua hasta la provisión de tanques de almacenamiento para incrementar el acceso de todas las personas”, cuenta Jhon Tovar, especialista de agua, saneamiento e higiene en Darién.
Precisamente en medio de la mitigación del tránsito en la frontera colombo-panameña, el equipo de UNICEF en esa provincia detectó que por el alto nivel de contaminación, tomar agua directamente del río expone a la población a episodios de vómitos y diarreas, tal como explicó Raúl Isamará Ají, técnico del Centro de Salud de Villa Caleta, una de las 10 comunidades en las que se mejoró y se amplió el sistema de purificación y almacenamiento de agua. “El agua está ahora 85% más limpia después de filtrada”, expresó.
Además, de acuerdo a Jhon, la búsqueda de agua en el río expone a niños, niñas y adolescentes a picaduras y mordeduras y otros peligros, al tiempo que reduce la calidad de vida de las mujeres, que al ser las encargadas de las labores de cuidado, tienen que cargar largos tramos con el peso de varios litros de agua sobre sus hombros.
Gracias a los fondos flexibles donados por el Gobierno de los Estados Unidos, UNICEF puede llevar proyectos de desarrollo a comunidades impactadas por la migración; se trata del enfoque conocido como nexus que contribuye a fortalecer las capacidades locales mientras se atiende una situación de emergencia humanitaria.
El objetivo de UNICEF con los proyectos Baido es ir mucho más allá de la construcción de la mera infraestructura y las operaciones técnicas; el propósito es trabajar con las comunidades para fusionar sus saberes ancestrales con la operación y generar precisamente esos procesos de empoderamiento en las comunidades para que siembren en las nuevas generaciones ese sentimiento de gestionar su territorio a partir de garantizar el agua dentro de la comunidad. “Si se tiene agua apta para consumo con acceso en casa, el desarrollo físico y cognitivo da mayores herramientas y oportunidades a los niños y niñas para pensar un territorio diferente en el futuro”, plantea Jhon.
Víctor encarna ese proceso. Antes bebía agua del río, pero sufría las consecuencias en su salud. Hoy lidera y trabaja para que su comunidad tenga mayor y mejor acceso a agua purificada en sus propias casas, algo que está seguro devendrá en el desarrollo de su pueblo. ¿Es el guardián del agua de Villa Caleta?, le preguntamos. Se sonroja.