Vacunas contra la desnutrición
Cómo la inmunización oportuna sostiene la recuperación nutricional en Guatemala
San Pedro Carchá, Alta Verapaz.- "Mi corazón se alegra porque vinieron a visitar a mi hijo", relata Rosario desde su casa en San Pedro Carchá, una comunidad rural e indígena a unas cuatro horas de Ciudad de Guatemala. Hasta su puerta llegó el equipo de salud del municipio para hacer el seguimiento de su hijo Mynor, de 1 año. Unas semanas atrás, se detectó una alarma durante un control de rutina en el puesto de salud local: estaba bajo de peso y necesitaba intervención inmediata para no comprometer su crecimiento.
Para ayudar a mejorar su salud y nutrición, Rosario recibió suplementos nutricionales y una indicación médica clave: poner al día, en esa visita, las vacunas pendientes en el carné de inmunización de su hijo. “Fui al centro y mi hijo fue pesado (...) me dieron todas sus vitaminas, la ‘chispita’ y el zinc, y recibió todas sus vacunas”, recuerda Rosario. Siguiendo las recomendaciones del personal de salud, ella también complementó el tratamiento con alimentos nutritivos que tiene a su alcance en su comunidad, como hierbas, frijol y huevo.
El caso de Rosario refleja una prioridad urgente de salud pública en Guatemala, donde uno de cada dos niñas y niños menores de cinco años tiene desnutrición crónica. Esta tasa, que representa la más alta de América Latina, es mucho más que un dato alarmante: es una realidad que compromete el presente y el futuro de la niñez. La desnutrición debilita el sistema inmunológico desde la primera infancia y aumenta de manera drástica la vulnerabilidad frente a complicaciones graves por infecciones respiratorias y gastrointestinales.
En regiones como Alta Verapaz, caracterizada por su alta dispersión geográfica y barreras estructurales para acceder a los servicios básicos, la combinación de pobreza y desnutrición
expone a las familias a riesgos mortales. A nivel global, UNICEF reporta que, durante más de 200 años, las vacunas han protegido a los niños y a las familias, salvando más de 150 millones de vidas solo en los últimos 50 años. Eso equivale a seis vidas cada minuto, todos los días, durante décadas.
El ciclo de la enfermedad y la pérdida de peso
El rezago en los esquemas de vacunación no solo expone a niñas y niños a brotes infecciosos, sino que también limita su recuperación nutricional. Vivian Salomon, especialista en salud de UNICEF Guatemala, explica la dinámica crítica que se genera en este contexto: “Cuando se combinan la pobreza, la desnutrición y un esquema de vacunación incompleto, niñas y niños tienen un mayor riesgo de contraer enfermedades, de que estas se presenten con mayor gravedad y de requerir hospitalización”.
Este escenario activa un ciclo perjudicial para el desarrollo físico y cognitivo de la niñez. Cada episodio de enfermedad, tanto agudo como prolongado, como las infecciones respiratorias o gastrointestinales, provoca una pérdida acelerada de peso y energía. A su vez, esta pérdida contribuye al agravamiento de la desnutrición, debilitando aún más el sistema inmunológico y aumentando la vulnerabilidad frente a nuevas infecciones
“Cada enfermedad hace que el peso disminuya progresivamente, y así el ciclo de la desnutrición continúa, incrementando los riesgos para la vida y el desarrollo de las niñas y los niños”, advierte Salomon.
Respuesta integral desde el territorio
En este contexto, el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social (MSPAS), con el apoyo técnico de UNICEF, implementa un modelo de atención integral en la primera infancia. Este enfoque busca mejorar la calidad de los servicios de salud, fortalecer los sistemas de cadena de frío que permiten conservar adecuadamente las vacunas, dar seguimiento al crecimiento de las niñas y niños y trabajar de la mano con las comunidades para promover su cuidado y bienestar.
En la práctica, esto significa un seguimiento cercano a cada niña y niño. Juana Tiul Chub, enfermera del puesto de salud en el territorio de Chicó, explica que el equipo médico realiza planes mensuales para identificar a quienes están en riesgo de desnutrición. A partir de esos datos, el personal de salud sale de los centros de atención para realizar visitas domiciliarias periódicas, brindando acompañamiento directo a las familias. “La visita a los hogares nos permite conocer de cerca la salud y nutrición de las niñas y niños y sus familias. También verificamos el carné de vacunación, para confirmar que esté completo según su edad”, explica.
Durante estas visitas, el personal de salud verifica que los niños reciban adecuadamente zinc y micronutrientes en polvo (conocidos como “chispitas”), y también aplicar vacunas clave para prevenir enfermedades, como el neumococo y la triple viral (sarampión, paperas y rubéola). “Esto es parte del trabajo que realizamos como Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social”, añade.
Esta estrategia busca acercar los servicios de salud a las comunidades, superando barreras geográficas y culturales. Para Salomon, llevar atención directamente a los hogares y brindar información clara y confiable permite derribar la desinformación y fomentar la continuidad de los tratamientos médicos. “Les explicamos por qué es importante la vacunación. A veces piensan que solo estamos poniendo una inyección, pero en realidad estamos previniendo enfermedades y ayudando a que sus hijas e hijos crezcan sanos y fuertes”, destaca.
Prevención en el hogar: hábitos que consolidan la recuperación
La evidencia y la experiencia acumuladas en los puestos de salud demuestran que cuando la inmunización de la niñez se integra de manera sistemática y prioritaria, las niñas y niños experimentan una mayor estabilidad en su recuperación nutricional. En este contexto, las vacunas no actúan como un simple complemento, sino como un escudo indispensable para que niñas y niños puedan asimilar los nutrientes sin interrupciones por el desgaste provocado por las recaídas en infecciones. “La vacunación completa y oportuna es una herramienta esencial para proteger a niños y niñas de la desnutrición. Las vacunas salvan vidas”, concluye Salomon.
Para Rosario, el acompañamiento permanente de los trabajadores de salud y los consejos recibidos en su lengua materna también han transformado profundamente las rutinas de prevención que aplica en su hogar. Hoy, no solo se asegura de llevar a su hijo al centro de salud para los controles mensuales de talla y peso, sino que ha establecido medidas estrictas de higiene para bloquear cualquier posible foco de infección en la familia.
“Los lavo y los baño todos los días (...); les lavo las manos y les doy un trapo para que se sequen y no toquen otra cosa sucia”, explica Rosario. Además de reforzar la higiene, ha modificado los hábitos familiares de consumo de alimentos, priorizando la comida preparada en casa sobre los productos procesados. “Ya no voy a la tienda a comprar galletas (...) le doy su comida para que crezca y se fortalezca”
Los resultados son visibles. Al observar cómo su hijo recupera el apetito, exige con energía sus tiempos de comida y mejora su estado de salud de forma sostenida, Rosario confirma la efectividad de la alimentación adecuada junto con la inmunización oportuna: "Estoy viendo que mi hijo ya está creciendo, se le está quitando la enfermedad. Ya no siento que mi hijo esté sufriendo", asegura la madre.
El caso de Rosario no es un logro aislado: es el resultado de un sistema que decidió ir a buscarla. UNICEF trabaja junto con el Ministerio de Salud para llegar a cada comunidad dispersa de Alta Verapaz, capacitando al personal, fortaleciendo el registro de niñas y niños con vacunas pendientes y apoyando el diálogo en lengua materna, que convierte una visita domiciliaria en un punto de cambio real. Porque recuperar la inmunización no es solo completar un carné: es garantizar que cada niña y niño pueda crecer sin que una enfermedad prevenible comprometa su derecho a la salud.