Una niña o niño contagiado de ¡Soy Música! puede transmitir su alegría a muchos más

A través de la música las niñas y los niños pueden vencer la timidez, fomentar la amistad, estimular el espíritu creador y expresar libremente sus emociones

Rosarlin Hernández
Profesor de centro escolar Cantón Vainillas canta a todo pulmón con sus alumnos
UNICEF/Martinez

01 Noviembre 2017

Chalatenango, El Salvador, noviembre de 2017. La energía se contagia cuando el profesor Saúl Gestoni y un grupo de niñas y niños del centro escolar Cantón Vainillas, en Chalatenango, cantan a todo pulmón la siguiente estrofa: “cuando voy caminando por esta vida hermosa quiero hacer amigos para celebrar… porque soy la música”. El profesor hace breves pausas para pedir a los más tímidos que suban la voz y a los más expresivos que gesticulen la letra de la canción.

Al final del ejercicio, el profesor les pregunta ¿qué sintieron mientras cantaban, bailaban y actuaban? Las niñas y los niños responden: Alegría. Felicidad. Amor. Tranquilidad. Paz. Hasta que llega el turno de uno de los niños más tímidos del grupo y dice que él ha sentido todo lo que dijeron sus compañeros, pero junto. Los demás aplauden el comentario.

Saúl explica que gracias al proyecto “Soy Música”, impulsado por el Ministerio de Educación (MINED) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), asistió al taller impartido por Musician Without Borders. Allí aprendió que la educación musical podía ser una herramienta para reforzar principios como la inclusión, la igualdad y la creatividad en la población estudiantil

“Junto a 65 profesores de diferentes zonas del país comprendimos que a través de la música las niñas y los niños podían vencer la timidez, fomentar la amistad, estimular el espíritu creador y expresar libremente sus emociones”, asegura el profesor.

Añade que uno de los obstáculos fue la percepción que muchos padres o familiares tenían sobre la educación artística: “por la tradición agrícola del municipio, el arte no se aprecia como una materia importante, aquí los padres les dicen a sus hijos no hable fuerte, no corra y los niños se cohíben. Pero la clase de Soy Música es para liberarse, aquí pueden gritar, bailar y cuando han tenido ganas de llorar también lo han hecho y han recibido el abrazo de sus compañeros”.

 

Profesor Saúl Gestoni toca la guitarra a sus alumnos en una sesión de Soy Música
UNICEF/Martínez

Los 200 alumnos que hay en esta escuela desde parvularia hasta bachillerato reciben la clase y ahora todos andan cantando, sacando ritmos, si se encuentran dos palos empiezan a practicar sonidos de percusión. El logro es que los padres de familia lo agradecen porque hay niños que no hablaban, que ni siquiera saludaban y hoy es todo lo contrario

Saúl Gestoni, profesor del centro escolar Cantón Vainillas

Una pareja de niñas se pone de acuerdo para sacar ritmos de percusión con unas baquetas. El desafío del ejercicio es no perder la concentración y hacerlo cada vez más rápido.

Una de ellas es Yoselin Guerra, tiene 8 años y dice que disfruta el reto de estar atenta: “en esta clase siento la paz de estar en armonía con los demás”. Para Jennifer Alvarenga, de nueve años, la música es “una experiencia sicológica positiva”.

El profesor las observa y comenta: “una niña o niño contagiado de soy música va a transmitir su alegría a muchos más”.

Está satisfecho con los resultados de “Soy Música” porque efectivamente ha reforzado en la población estudiantil principios para la vida: “uno de los ejemplos más valiosos es que se han creado lazos de empatía entre niños que antes tenían un comportamiento violento y ahora los he visto abstenerse de pelear, se ha incrementado la participación en el aula y creo que estas son cualidades que les servirán en el futuro para no tener miedo de expresar su opinión, denunciar un abuso o luchar por una oportunidad”, concluye Saúl.