Niños, niñas y adolescentes no son testigos sino víctimas de la violencia hacia sus madres
Investigación basada en historias de vida
Esta investigación busca aportar a la comprensión de las distintas manifestaciones de la violencia hacia niños, niñas y adolescentes en contextos familiares caracterizados por violencia entre los integrantes de la pareja adulta.
El estudio, basado en testimonios de personas adultas que sufrieron estas violencias en su infancia, ha permitido describir las modalidades de la violencia ejercida en la pareja adulta y su relación con la violencia hacia los niños, niñas y adolescentes, las expresiones dirigidas a ellas y ellos; al tiempo que definen conexiones entre las diversas manifestaciones de la violencia intrafamiliar.
La violencia contra niños, niñas y adolescentes ocurre de muchas formas y en distintos ámbitos. Es un fenómeno que atraviesa a toda la sociedad y todas las generaciones, repercute en su vida actual y les acompaña a lo largo de su desarrollo. Una de las formas de violencia que sufren es aquella que ocurre en el contexto de la violencia contra la mujer.
Muchos niños, niñas y adolescentes se encuentran expuestos cotidianamente a estas situaciones de violencia e incluso, se convierten en destinatarios directos de ella. En todos los casos sufren las consecuencias de esta situación.
Niños, niñas y adolescentes son víctimas directas, no testigos de esta violencia
La exposición de los niños y las niñas a la violencia de pareja tiene consecuencias en el desarrollo y la salud física y mental de niños, niñas y adolescentes similares a las de vivenciar el maltrato infantil y el trato negligente en carne propia.
Vivenciar cómo alguien ejerce violencia hacia su principal cuidadora, tiene el mismo impacto en niños, niñas y adolescentes que si la violencia estuviera intencionalmente dirigida hacia ellos mismos.
Tipos de violencia
El estudio identifica al menos cuatro tipos de manifestaciones de esta violencia:
Es una de las violencias más frecuentes. Se expresa en gritos, insultos o discusiones subidas de tono entre la pareja adulta, pero también hacia niños, niñas, adolescentes, lo que impacta en las dinámicas de toda la familia. Esta violencia es, en muchos casos, una instancia previa a otro tipo de violencias.
Forcejeos, golpes, ataques, agarres de cuello y ahorcamientos en la pareja. Además, en ocasiones en que niños, niñas y adolescentes quieren mediar en situaciones de disputa en la pareja, se observa violencia física específicamente hacia ellos. Incluye desde golpes ocasionales hasta castigos recurrentes o golpizas.
Menosprecio, culpabilización y destrato entre personas adultas y desde ellas hacia los niños, niñas y adolescentes. El aislamiento, el enfrentamiento o la amenaza son otras manifestaciones que aparecen con frecuencia en este tipo de situaciones. La ruptura de redes afectivas y de sostén deja a la víctima en un lugar más vulnerable y manipulable, mientras que la amenaza imposibilita el movimiento o la transformación de la realidad ya que induce miedo a las consecuencias que esto podría generar.
Los relatos dan cuenta de ocasiones en que esta violencia se ejerce dentro de la pareja adulta, pero haciendo partícipes a los niños, niñas y adolescentes de modos más o menos directos, llegando a situaciones en que también fueron dirigidas hacia ellos. Las modalidades son amplias y tienen en común el silencio que acompaña a la situación, muchas veces por la vergüenza y la cercanía familiar entre víctima y victimario.
Efectos de la violencia
Las marcas que deja la violencia se manifiestan de distintas maneras y varias de ellas no son directamente visibles, lo que muchas veces dificulta el reconocimiento del daño en niños, niñas y adolescentes.
Dificultades para conciliar el sueño, como pesadillas o miedo a dormir sola/o
Problemas en la alimentación, como falta de apetito o ansiedad con la comida
Síntomas asociados a la ansiedad, la angustia y la depresión como llanto o tristeza
Baja autoestima, irritabilidad o dificultad para interactuar con otras personas
Permanecen en un estado de alerta constante, con la sensación de que “algo malo va a pasar”
Sienten miedo a la muerte propia o ajena (de su madre, padre u otros familiares)
En casos más extremos, pueden recurrir a la autolesión como una forma de calmar la ira, el enojo o el dolor causados por la violencia
Pueden, además, presentar comportamientos agresivos hacia los demás
Pueden tener dificultades en el ámbito escolar como problemas de atención y concentración, bajo rendimiento académico y dificultades en el relacionamiento con pares