Sanar después del desastre, un compromiso con la salud mental de niñas, niños y adolescentes
Equipos de salud, educadores y comunidades, con apoyo de UNICEF, unen fuerzas para acompañar recuperación emocional de la infancia en territorios afectados por desastres naturales
En 2024, Cuba enfrentó fenómenos naturales que marcaron a miles de familias más allá de los daños visibles. Los huracanes Rafael y Oscar golpearon con fuerza varias provincias del oriente y occidente del país, mientras los sismos registrados en Pilón sacudieron la cotidianidad de comunidades enteras. Pero más allá de los techos arrancados, los caminos interrumpidos o las escuelas dañadas, quedó otra huella menos perceptible y más persistente: la emocional.
Niñas, niños y adolescentes vivieron noches de miedo, días de incertidumbre, pérdidas materiales e incluso humanas. Muchos vieron transformarse su entorno en cuestión de horas. En ese escenario, el apoyo psicoemocional se convierte en una necesidad vital. Reconocer el impacto de estas experiencias y acompañar a la infancia y sus familias en el proceso de recuperación emocional es una prioridad.
Las lecciones aprendidas en estas situaciones de emergencia—no solo las de 2024, sino también tras el huracán Ian, en 2022 y la explosión en la base de supertanqueros de Matanzas—, así como las buenas prácticas para hacer frente estos escenarios fueron compartidas en la reunión metodológica nacional de atención médica y salud mental, celebrada en La Habana, que contó con el acompañamiento de UNICEF Cuba, en la que las y los participantes actualizaron las guías de manejo psicoemocional en situaciones de emergencia, contextualizadas a nuestro país.
Guantánamo: cuando la emergencia entra de noche
La doctora Ileana Digurnai Durruty, directora del hospital provincial psiquiátrico de Guantánamo, no olvida los días posteriores al paso del huracán Oscar. San Antonio del Sur e Imías, zonas habitualmente áridas, quedaron arrasadas por lluvias y fortísimas inundaciones. “Fue algo muy triste. El daño no ha sido solo material. La población no está recuperada ni económica ni emocionalmente”, afirmó.
“Nos movilizamos de inmediato. No fue una alarma, fue una emergencia”, recordó. Equipos de psiquiatras infantiles, psicólogos y doctores residentes partieron hacia las zonas más golpeadas, sorteando puentes destruidos y caminos intransitables. “Llegamos a un panorama desolador: pérdidas humanas, animales, casas, pertenencias. Desesperanza. Tristeza. Silencio”.
La intervención fue casa por casa. No había condiciones para reunir a la población. “Las personas no solo buscaban atención psicológica; buscaban lo que habían perdido. No hablaban. No podían. La tristeza los inmovilizaba”, rememoró Ileana.
Los niños y niñas fueron los más afectados, aseguró Ileana. “Los veías con una carita perpleja. Dormían cuando entró el agua, y al despertar, habían perdido todo”, relató la doctora. Se organizaron juegos, actividades culturales, visitas de payasos y artistas para crear espacios de catarsis. Los estudiantes de la Universidad de Ciencias Médicas también apoyaron activamente en la identificación de hogares con duelos y casos vulnerables.
Las estadísticas revelan una verdad inquietante, reconoció la doctora Digurnai: los municipios más afectados por el huracán Oscar son hoy los que más pacientes nuevos ingresan al hospital psiquiátrico. “Personas que estaban mentalmente sanas desarrollaron cuadros de ansiedad, depresión, estrés postraumático. Lo que dice la literatura, lo vivimos en carne propia”, afirmó.
UNICEF Cuba aportó un kit de adolescentes para la expresión e innovación como apoyo psicoemocional a niñas y niños de la Secundaria básica urbana “Máximo Gómez Báez”, de San Antonio del Sur, como respuesta al paso del huracán Oscar.
Aprender del dolor
Para la doctora Digurnai, su participación en la reunión metodológica nacional fue clave: “Hemos compartido experiencias, reforzado saberes y comprendido que las personas están dañadas en todos los aspectos: social, económico, psicológico. Algunos dicen: ‘quizás con medicamentos mejoremos, pero no volveremos a ser los de antes’”. La resiliencia, sin embargo, nace también del intercambio y la solidaridad.
Granma: cuando la tierra tiembla, las emociones también
En Granma, los sismos de noviembre de 2024 no provocaron muertes, pero sí dejaron secuelas emocionales. La doctora Raida Rodríguez, especialista en psiquiatría y la psicóloga Yelena Arcaya formaron parte de una intervención integral que atendió a las comunidades damnificadas en la provincia. “La experiencia fue una oportunidad para fortalecer la resiliencia. Trabajamos salud, gobierno y comunidad”, explicó Arcaya.
Las brigadas actuaron directamente en las zonas más vulnerables: Pilón, Niquero, Media Luna y Bayamo. Se habilitaron locales seguros para garantizar la continuidad de las clases, se crearon espacios alternativos de atención y se puso especial énfasis en la infancia. “A menudo se minimiza el impacto en niñas y niños. Pero ellas y ellos también sufren. Lo expresan con sueño alterado, irritabilidad o retraimiento”, aseveró Rodríguez.
Con apoyo financiero de la Dirección General de Protección Civil y Operaciones de Ayuda Humanitaria Europeas (ECHO), 30 carpas aportadas por UNICEF Cuba funcionan como aulas temporales en Pilón y permiten a 1.065 estudiantes de primaria y secundaria seguir aprendiendo después de que sus escuelas sufrieran graves daños estructurales, tras los sismos.
La intervención en Granma combinó métodos científicos con saberes naturales. “Trabajamos ejercicios de respiración, contacto con la tierra. En cada comunidad se identificó a personas con capacidad de replicar las actividades, para garantizar la sostenibilidad del apoyo”, aclaró Raida.
La radio comunitaria también jugó un rol esencial. El programa “Mi familia en antena”, con más de 16 años de historia, transmitió desde las comunidades y en sus programas especiales llevó especialistas en psicología, magos y payasos. “La radio permitió mantener el contacto, resolver dudas, explicar lo que estaba ocurriendo. Las redes de apoyo son clave”, reconoció Yelena.
“Demostramos que el conocimiento, la empatía y la presencia pueden sanar incluso sin recursos materiales abundantes. Como digo siempre: no somos lo que nos sucede, sino cómo lo enfrentamos”, concluyó Arcaya.
En varios municipios de Guantánamo y Granma se implementa un proyecto sobre reducción de multirriesgos de desastres, con enfoque inclusivo y protagonismo infantil, por el Ministerio de Educación y UNICEF, con la contribución financiera de la Dirección General de Protección Civil y Operaciones de Ayuda Humanitaria Europeas (ECHO). Esta iniciativa fortalece sus capacidades de respuesta ante emergencias y de resiliencia.
Artemisa: atención, seguimiento y comunicación como pilares tras el paso del huracán Rafael
El doctor Ireno Esquijarosa atiende Salud mental en Artemisa y vivió el ciclón Rafael en carne propia. “Quince días sin electricidad ni agua. Las personas mostraron mucha resiliencia, pero el estrés y la tristeza estaban presentes”, relató. Desde los centros de salud mental, se conformaron brigadas con psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales. Se brindó atención, seguimiento y tratamiento a quienes presentaban afectaciones psicológicas.
“Lo más importante fue comunicar con claridad. Explicar que el evento era pasajero, que no hubo pérdidas humanas. En Cuba tenemos cultura de enfrentar estos fenómenos, pero las emociones duelen igual”, asegura.
El doctor considera que esta experiencia marcó un antes y un después: “Es la primera vez que implementamos algo así con tanto alcance. Fue muy positivo. La salud mental ya no es secundaria, es parte del primer frente de respuesta”, aseveró.
Gracias al apoyo del Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia (CERF), UNICEF continúa movilizando recursos para fortalecer los sectores de Salud, Educación y Agua y Saneamiento en las zonas más impactadas por los huracanes Rafael, Oscar y los sismos.
Sanar mentalmente también es un derecho
Los testimonios recogidos de los profesionales de Guantánamo, Granma y Artemisa revelan una verdad incuestionable: la salud mental no puede quedar al margen de las respuestas ante emergencias. Cuando un ciclón arrasa con todo o la tierra tiembla bajo los pies, el miedo, la incertidumbre y el dolor dejan marcas profundas, especialmente en la infancia. Niñas, niños y adolescentes también necesitan espacios seguros, rutinas que los reconecten con la normalidad, y adultos que los escuchen y los acompañen emocionalmente.
La actualización de las guías de manejo psicoemocional, el trabajo directo en comunidades, la activación de redes de apoyo y el compromiso de profesionales que no dudan en dejarlo todo para ayudar, son pasos firmes hacia una cultura de atención más humana y preventiva.
La salud mental no es un lujo ni una etapa posterior. Es una prioridad desde el primer momento de una emergencia. Porque cuando ayudamos a niñas, niños y adolescentes a comprender sus emociones, a procesar lo vivido, a volver a jugar y confiar, estamos haciendo mucho más que sanar heridas invisibles: estamos sembrando resiliencia.