Centinelas del río
En Sagua de Tánamo, niñas y niños aprenden sobre primeros auxilios, reforestan márgenes con bambú y llevan la prevención a sus hogares
El río Sagua guarda en su cauce la memoria de más de un susto. Las inundaciones de 1993 todavía se cuentan entre las familias como un episodio que nadie quiere volver a vivir, pero que regresa cada temporada de lluvia. En Sagua de Tánamo, municipio del oriente cubano, la mayoría de sus habitantes vive dispersa entre montañas, tierras de cultivo y orillas de río: allí convivir con los riesgos hidrometeorológicos es rutina.
Quizás por eso la idea de preparar a las nuevas generaciones para lidiar mejor con estos desafíos no suena descabellada. Más bien, es urgente. Un grupo de maestras, maestros y especialistas decidió poner manos a la obra para que cada niña y cada niño aprenda a reconocer el peligro y sepa cómo protegerse y proteger a los suyos.
El proyecto “Educación, protagonismo infantil, inclusión educativa y género para la reducción de los multirriesgos de desastres y resiliencia ante el cambio climático desde las escuelas a las comunidades en Cuba”, impulsado por el Ministerio de Educación con el apoyo de UNICEF Cuba y la Fundación ITURRI, ha abierto puertas en aulas y hogares para que la prevención deje de ser teoría y se vuelva práctica diaria.
“Visitamos escuelas en comunidades de alto riesgo y trabajamos directamente con docentes y estudiantes en acciones de mitigación”, cuenta Yuris Alexis La O Camacho, especialista de la Cruz Roja. Junto a él, otros profesionales entrenan a profes y alumnos en primeros auxilios y respuesta rápida ante lluvias intensas, vientos fuertes o sismos.
José Luis González Sedano, técnico del Cuerpo de Guardabosques, sabe que cada charla y cada ejercicio de simulacro siembra más que conocimiento: “Dotamos a los niños de herramientas que forman valores, y esos valores se multiplican en sus familias”.
Aunque en Sagua de Tánamo no hay estación de bomberos, la creatividad suple carencias. Varias escuelas han creado círculos de interés para aprender sobre incendios forestales, protección de bosques y creación de viveros. En la escuela Orlando Regalado Acosta, del Consejo Popular La Plazuela, el aula se traslada a la plaza. Entre pancartas vistosas y uniformes impecables, los estudiantes muestran cómo actuar ante un desastre, cuál es el rol de la Cruz Roja y cómo cada acción comunitaria puede salvar vidas.
“Preparar a los alumnos para reducir riesgos es vital”, dice Andelino Pérez Tamayo, especialista de la Defensa Civil. “Que aprendan desde pequeños puede marcar la diferencia entre una pérdida y una vida salvada”, añade.
La comunidad no se queda atrás: madres, padres y abuelos graban cada paso con sus teléfonos. Olga Nicelis Salazar Fernández, presidenta del consejo de padres, resume lo que significa para su familia: “Lo que aprenden aquí llega a la casa. Melisa, mi hija, sabe cómo trasladar a un herido y qué hacer en una emergencia. Eso da tranquilidad”.
Más allá, en la escuela Julio Antonio Mella, en la zona rural Miguel, la prevención se mezcla con la naturaleza. Allí, rodeados de cultivos, frutales y el río Miguel —que crece y desborda en cada aguacero— los niños defienden con orgullo su proyecto Retoños de Bambú. Saben que esta planta ayuda a fijar los suelos, actúa como sumidero de carbono y combate la erosión.
Y no lo dicen solo con datos. Lo afirman cantando versos que memorizan y comparten:
Hoy la reforestación
Es un pilar muy valioso
Del pionero laborioso con su participación
Aumentando la protección
Del bambú cada día
Reservando garantía de esta planta importante
Siendo el mayor diamante de
Toda la Cuba mía.
Además de cuidar las raíces, aprenden primeros auxilios para responder ante cualquier accidente provocado por el río. Para Thalía Rivero Rigñack, de sexto grado, este aprendizaje tiene un destino claro: “En un futuro quiero ser médico y ayudar a las personas”. Mientras, Mauro Batista Leyva, de quinto, enumera los usos del bambú y cuenta, sin dejar de sonreír, cómo aprendió a nadar gracias al círculo de interés.
Para Masiel Fonseca Vidiaux, metodóloga de la actividad científica en Sagua, este trabajo es un punto de partida: “Aquí no solo se educa para reparar lo perdido, se educa para cuidar lo que aún tenemos y garantizar que esas niñas y niños puedan vivir más tranquilos cuando crezcan”.
Los guía la certeza de que cada esfuerzo —cada taller de primeros auxilios, cada círculo de interés, cada brote de bambú que echan a la tierra húmeda— suma. No se trata solo de resistir la próxima crecida ni de esperar que la naturaleza tenga piedad. Se trata de entenderla, de prepararse y de colcoar raíces profundas, para que el futuro de Sagua de Tánamo sea, como sus bambúes, firme y vivo.