La escuela como refugio: niñas y niños en Mayarí aprenden a cuidar el futuro

Desde las aulas de Mayarí, estudiantes, docentes y familias impulsan una cultura de prevención que refuerza la seguridad y la resiliencia comunitaria.

Iris Torres y Rubiel de la Cruz
Alumna de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí en la presentación del Proyecto Guardianes de la Tierra
Rubiel de la Cruz
09 Octubre 2025

En un aula de Mayarí —un extenso municipio del este holguinero, en el oriente cubano, marcado por comunidades rurales, zonas montañosas, reservas de agua y una franja costera que convive con lluvias intensas— un grupo de maestros y directivos lee, lápiz en mano, una fórmula escrita en mayúsculas sobre un cartel sencillo: Riesgo = peligro + vulnerabilidad.

No es una clase cualquiera. Es una escena que resume la intención del proyecto “Educación, protagonismo infantil, inclusión educativa y género para la reducción de los multirriesgos de desastres y resiliencia ante el cambio climático desde las escuelas a las comunidades en Cuba”, impulsado por el Ministerio de Educación, con la cooperación de UNICEF Cuba y el apoyo de la Fundación ITURRI. Su meta es clara: reducir vulnerabilidades, entender los riesgos antes de que golpeen y, sobre todo, preparar a niñas y niños para enfrentar lo que la naturaleza impone cada temporada.

Mayarí no es un lugar fácil de resumir en una sola postal. Extenso y montañoso en más de la mitad de su geografía, combina comunidades rurales, reservas de agua, costas y valles donde la vida depende de que los suelos, los ríos y el clima jueguen a favor.

Reinier Damián Ramírez González, especialista del CITMA en el municipio, lo explica sin rodeos: “Si no preparamos hoy a las nuevas generaciones, les será muy difícil adaptarse a los cambios del medioambiente, sobre todo a la gestión de recursos como el agua o los alimentos”.

Alumno de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí se disfraza como el Sol en la presentación del Proyecto Guardianes de la Tierra
Rubiel de la Cruz Alumno de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí se disfraza como el Sol en la presentación del Proyecto Guardianes de la Tierra

Reinier enumera amenazas que ya están aquí: temperaturas que suben, suelos que pierden salud, lluvias extremas y fenómenos meteorológicos que alteran la rutina de un día para otro. Por eso insiste en que la clave es simple, pero no fácil: formar desde temprano, con palabras claras, para que niñas y niños entiendan el entorno y puedan protegerlo.

Ese mismo espíritu motiva a docentes como Anisleydis Fargie Sánchez, maestra de apoyo en la escuela especial Juan Fajardo Vega, en la zona de Levisa. Con su equipo idearon un programa de educación ambiental que se integra a clases y actividades especiales. Ya lo pusieron a prueba durante el Día Mundial del Medio Ambiente: exposiciones de dibujos, materiales didácticos y niños explicando —sin miedo ni libreta en mano— cómo cuidar lo que tienen cerca.

Algo similar ocurre en la escuela especial José Martí, donde Adianez Delgado de la Peña guía a un grupo de quinto grado llamado Guardianes de la Tierra. Los niños montan pancartas, maquetas, se disfrazan del sol, la luna o de flores para contarle a la comunidad cómo protegerse de un desastre y cuidar recursos que ven a diario en caminatas y conservatorios.

Adianez Delgado de la Peña, maestra de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí, durante la presentación del Proyecto Guardianes de la Tierra
Rubiel de la Cruz Adianez Delgado de la Peña, maestra de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí, durante la presentación del Proyecto Guardianes de la Tierra

Más allá de la teoría, Mayarí conoce bien la fuerza de la lluvia. En Cabonico, basta un aguacero para cambiar la rutina de familias enteras. Maidelín Castillo Borges, coordinadora de la escuela Los Maceo, lo sabe bien: para llegar a su anexo, Mártires del Corinthia, hay que cruzar un río que rara vez respeta los límites del puente.

“La comunidad tuvo que improvisar una balsa, pero era demasiado riesgoso para los niños. Por eso organizamos un aula multigrado que evitara ese traslado y creamos un círculo de interés que prepare a las familias y a los estudiantes para entender los riesgos y actuar con conciencia”, cuenta Maidelín.

En esas aulas, los concursos y clases no se quedan en papeles. Con ayuda de herramientas digitales, los alumnos representan crecidas de ríos, estudian mapas de riesgo y cruzan saberes con asignaturas como Geografía, Educación Ciudadana o El Mundo en que Vivimos.

Geovanis Jiménez Velázquez, coordinador del séptimo grado en la escuela Mártires del Corinthia, refuerza la idea: “Lo integramos al currículo: círculos de interés, charlas en la comunidad, conferencias. Todo suma para que la prevención no se quede solo en un folleto”.

Alumno de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí en la presentación del Proyecto Guardianes de la Tierra
Rubiel de la Cruz
Adianez Delgado de la Peña, maestra de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí, con sus alumnas parte del Proyecto Guardianes de la Tierra
Rubiel de la Cruz Adianez Delgado de la Peña, maestra de la Escuela Especial José Martí Pérez de Mayarí, con sus alumnas parte del Proyecto Guardianes de la Tierra

En total, más de 1900 niñas, niños y adolescentes participan de este esfuerzo. Detrás están maestras, directivos y familias que saben que no basta con reaccionar: hay que anticiparse. Tal y como dice una frase que encabeza sus capacitaciones, citando a Martí: “Los peligros no se han de ver cuando se les tiene, sino cuando se les puede evitar”.

En Mayarí, esa certeza martiana no se queda en un cartel. Se convierte en dibujos, mapas y simulacros dirigidos por manos pequeñas que ya saben qué hacer cuando el río sube o el viento arrecia.

Son miles de niñas y niños aprendiendo que proteger su entorno no es algo que se hereda: se entrena, se comparte y se defiende, desde la escuela hasta la puerta de su casa.

Cada taller, cada círculo de interés y cada clase fuera del aula refuerza la misma certeza: el clima puede cambiar, pero ellos también.

Mientras sus voces expliquen, sus manos planten y sus pies crucen puentes aunque la corriente crezca, la resiliencia no será solo una palabra: será su forma de quedarse de pie.