Reducción de los riesgos de desastres, en defensa de la vida
Niños, niñas y adolescentes de dos escuelas rurales del municipio santiaguero de Songo La Maya, aprenden sobre la reducción de los multirriesgos de desastres
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Beatriz Maja Reitor lanza la piedra hasta la primera casilla y va saltando de dos en dos en el juego del pon, pintado en el suelo. A lo lejos se ven las lomas arboladas, en las cuales destacan las palmas, que se empinan con cubanísima elegancia en las cercanías de la comunidad La Bicoca, en el Consejo Popular de Ti Arriba. Un coro de amigos de sexto grado la rodea. Sonríen.
El horario del recreo escolar está a punto de finalizar en la escuela primaria Julio Antonio Mella, del municipio santiaguero de Songo La Maya. La maestra Yaneisi Galán Casternaux espera en el aula para comenzar la clase de Matemáticas, que contiene información añadida sobre reducción de multirriesgos de desastres.
Ante los rostros expectantes, la docente lee el problema:
“En un barrio existen 27 alcantarillas o desagües, las cuales pueden convertirse en un riesgo para la salud de las personas por la contaminación de las aguas, si ocurriesen intensas lluvias. Si en La Bicoca existe un tercio de la cantidad que en ese barrio, ¿cuántos desagües hay aquí? ¿Qué precauciones deben tener la población ante intensas lluvias?”
Estas situaciones problémicas son habituales en la escuelita multigrado, gracias a un proyecto coordinado por el Ministerio de Educación (Mined), con el apoyo de UNICEF Cuba y el financiamiento de la Agencia Europea de Ayuda Humanitaria (ECHO), que promueve la participación de niños, niñas y adolescentes en los planes de reducción de multirriesgos de su escuela y su comunidad.
Por eso, José Carlos Vega sabe que Santiago de Cuba se encuentra en riesgo de enfrentar un sismo de gran intensidad. “Las familias deben estar preparadas para defenderse en caso de que ocurra uno”, dice y mira a su amiga Lorena Espinosa, invitándola a hablar. La estudiante explica que también hay que evitar los incendios forestales. Por eso, no se deben hacer fogatas en los bosques ni tirar fósforos encendidos.
No es extraño que uno de los lugares favoritos de José Carlos, Lorena y Beatriz sea el área de exploración de la escuela. Allí aprenden algunos métodos para sobrevivir en caso de una emergencia.
“Tenemos el conocimiento para mantenernos a salvo, comer, beber, resguardarnos del frío o la lluvia y entretenernos”, dice Beatriz con seguridad, y un brillo peculiar en sus ojos negros.
La Madre Tierra en el rostro de una niña
Al este del municipio de Songo La Maya se encuentra el Consejo Popular Yerba de Guinea, rodeado de hermosos parajes naturales. Allí los vecinos utilizan la planta de la cardona para cercar sus patios y colocan la ropa mojada sobre ella para que se les seque.
En aquellos parajes orientales se percibe el impacto del cambio climático, pues durante buena parte del año los pobladores sufren la sequía que incide en la carencia de agua para las labores agrícolas y en la degradación de suelos. Entre los problemas ambientales que más les afectan está la contaminación por residuales líquidos, cuando crecen los ríos, debido a la ubicación de letrinas cerca de abastos de agua. La tala de árboles y el barrido excesivo en los patios de tierra son otras de las prácticas nocivas que afectan el entorno.
En medio del verdor ocre, resalta la modesta escuelita rural Gilberto Isalgué González, en la comunidad Granja Hermanos Díaz. En el jardín, donde crecen las matas de plátano, tan orondas como plantas ornamentales, las y los alumnos interpretan una obra teatral que reflexiona sobre el respeto hacia la naturaleza.
Ataviada con elementos del entorno, como hojas secas y buganvilias sobre el cabello, Irma Leina Rodríguez Despaigne, de sexto grado, encarna a la Madre Tierra y clama para que cuiden sus ríos, bosques y seres vivos.
Después, cuando retorna a su papel de niña, Irma Leina muestra el mapa de multirriesgos y explica por qué es tan importante conocer el entorno en el que viven y qué hacer ante los desastres naturales:
“Para los niños y niñas es muy importante. Si hay un ciclón, debemos estar pendientes de las fases estipuladas por la Defensa Civil y resguardar los techos. Si un sismo nos sorprende en la escuela, debemos ponernos debajo de la mesa con las manos sobre la cabeza. Si estamos en la casa, nos ubicamos debajo del marco de la puerta”.
Hasta esta escuela santiaguera también ha llegado el proyecto del Mined y UNICEF Cuba, el cual posibilita que la formación curricular incluya contenidos vinculados con la reducción de multirriesgos de desastres y la respuesta ante la ocurrencia de alguno.
Por eso, no es extraño que las niñas y los niños conozcan sobre los primeros auxilios que pueden prestar a personas heridas luego de un desastre natural. El círculo de interés donde aprenden sobre estos temas les ha permitido desarrollar habilidades para crear una camilla improvisada donde trasladar a las personas heridas, conocer los elementos imprescindibles que debe llevar un botiquín y realizar vendajes.
Con la contribución de la Agencia Europea de Ayuda Humanitaria (ECHO), UNICEF Cuba apoya que alrededor de 4,315 niños, niñas y adolescentes, de ellos 175 con alguna discapacidad, adquieran habilidades y participen en acciones para la reducción del multirriesgo de desastres y el empoderamiento adolescente ante los efectos negativos del cambio climático
Más allá del ámbito escolar
En la provincia de Santiago de Cuba, 45 escuelas participan de este proyecto que enfoca la atención en la la resiliencia ante los efectos negativos del cambio climático y en la preparación de la comunidad estudiantil para reducir los multtirriesgos ante desastres naturales.
Migdalia Escudero Vinent, metodóloga provincial de Ciencia y Técnica del Ministerio de Educación en esa provincia oriental, explica que el trabajo desplegado para crear conciencia sobre la importancia de este tema no solo ha sido enfocado en las escuelas, sino también en el accionar de los agentes educativos y de la comunidad.
“Capacitarles ha sido nuestra acción fundamental —asegura Escudero Vinent—. Esto deviene en un sistema de acciones educativas y metodológicas para el personal docente. También hemos desarrollado escuelas de educación familiar. Todo eso, unido a los ensayos y simulacros de desastres que hemos realizado con estudiantes, explica su sostenibilidad. Y como se ha trabajado con las necesidades reales que existen en los diferentes lugares, la comunidad lo ha abrazado”.