Escuelas y familias unidas por la nutrición infantil en Yaguajay
Niñas y niños, docentes y familias construyen hábitos saludables desde el aula, el hogar y la comunidad en este territorio espirituano
En las mañanas de Yaguajay, un municipio ubicado al norte de la provincia de Sancti Spíritus, las rutinas han cambiado. En las escuelas, los pasillos se llenan de conversaciones sobre frutas, meriendas saludables y ejercicios físicos. Lo que antes parecía un tema médico, hoy forma parte de la vida cotidiana de niñas, niños y familias que han aprendido a mirar la alimentación con otros ojos, en un escenario que sigue siendo muy complicado, por la fortísima crisis económica que apenas deja horas de electricidad cada día.
Durante dos años, el proyecto + Salud – Obesidad, implementado por el Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología (INHEM) del Ministerio de Salud Pública con el acompañamiento de UNICEF Cuba, convirtió a Yaguajay en un laboratorio de buenas prácticas. El objetivo fue claro: prevenir el sobrepeso y la obesidad infantil mediante la educación alimentaria, los ejercicios físicos y la participación comunitaria.
El punto de partida
El proyecto no fue una historia aislada, sino continuidad del que comenzó, en 2018, en el municipio cienfueguero de Cruces, donde especialistas habían identificado altas cifras de sobrepeso y obesidad infantil.
“Yaguajay fue seleccionado porque es el municipio piloto para la aplicación de la Ley de Soberanía Alimentaria y Seguridad Alimentaria y Nutricional de Cuba en Sancti Spíritus”, explica la MsC. Liliana Álvarez, responsable del programa de nutrición en el INHEM de la provincia. “Decidimos que fuera la sede del proyecto con la idea de expandirlo luego al resto del territorio.”
La implementación comenzó con algo tan sencillo como necesario: conocer el estado nutricional de niñas y niños. “Iniciamos con la medición antropométrica de todos los estudiantes de las escuelas que íbamos a intervenir, para después realizar una evaluación nutricional”, explica la MsC. Daniela Arbrisas Sierra, responsable municipal del programa de nutrición en Yaguajay.
Los resultados sirvieron de mapa. Se obtuvieron cifras claras de niñas y niños con delgadez, delgadez severa, sobrepeso y obesidad. A partir de esos resultados, los equipos de salud y educación diseñaron un conjunto de acciones para mejorar los hábitos alimentarios, aumentar la actividad física e involucrar más a las familias.
“Se realizaron varias actividades encaminadas a una mejor educación nutricional, un mejor consumo y utilización de los alimentos”, añade Liliana. “Sobre todo, trabajamos la cultura alimentaria con niñas y niños, que son los principales agentes de cambio en la sociedad.”
Para María Esther Núñez Martínez, directora de la escuela primaria “Héroes de Yaguajay” en Meneses, el cambio es un hecho cultural: “Antes, muchas familias creían que un niño gordito era un niño saludable. Ahora entienden que la salud está en los hábitos y no en la apariencia”. Su centro, que acoge a 375 estudiantes, se ha convertido en el espejo de cómo la conciencia alimentaria puede transformar una comunidad.
Niñas y niños como protagonistas
En las aulas, la teoría se transformó en experiencia. Los talleres, dramatizaciones y ferias de alimentos hicieron que aprender sobre nutrición fuera también un juego.
“Yo aprendí que hay que comer más frutas y vegetales, porque nos ayudan a crecer sanos. Antes no me gustaba la zanahoria, pero ahora la como y me encanta”, cuenta Carlos Pérez, de 10 años, estudiante de la escuela “Héroes de Yaguajay”. A su lado, su compañera Darlene Rodríguez, también de 10 años, confiesa entre risas: “pensaba que comer saludable era aburrido, pero ahora sé que puedo hacer meriendas ricas con mango, guayaba o pan con vegetales.”
“Lo que he aprendido en el proyecto se lo cuento a mi mamá para comer saludable. Si ella no me hace caso, yo le insisto”, reconoce René Díaz Morales, de 10 años quien cursa el 6to grado en la escuela “Francisco Vales”. Para René, la lógica es irrefutable: "Es importante comer frutas y vegetales porque los nutrientes nos ayudan a estar sanos".
Sus compañeros replican esa conciencia. Mariángel García, de 11 años y que también estudia el 6to grado en la escuela “Camilo Cienfuegos”, ha aprendido a detallar la dieta perfecta: “Comer saludables. Frutas en el desayuno, a la hora de la merienda. Además, vegetales. Y hacer deportes”. Mariángel incluso usa el proyecto como referente intelectual: en un trabajo de la asignatura Educación Cívica sobre los derechos de niñas y niños, dibujó frutas y le puso abajo ‘+ Salud – Obesidad’.
En la misma escuela, Dianel López Hernández, de 6to grado, confirma que el proyecto le ha enseñado a “tener una dieta saludable, comer vegetales y frutas y hacer deportes”. Y como un buen cocinero, no olvida la inocuidad: de su vegetal favorito, la habichuela, recuerda que “siempre hay que lavarlas primero “y, antes, lavar muy bien sus manos, con agua y jabón.
La lucidez de estos niños se extiende incluso a la comida menos sana. Leydis Crespo Cedeño, de 11 años, asume la realidad sin tabúes: “las chucherías no son saludables. Son ricas, nos gustan, pero los vegetales contienen vitaminas que nos fortalecen”. Mientras que Danilo Paz, de 11 años, sabe que puede permitirse azúcares, pero “no en exceso, porque es malo”.
El desafío con las familias, convencer para sanar
La parte más delicada del proyecto ha sido cambiar la mentalidad en el hogar. Yosleidy Villa Delgado, Licenciada en Nutrición que atiende las localidades de Jarahueca y Meneses, en Yaguajay, identifica que el principal reto fue “cómo convencer a las familias”. Ella y su equipo han tenido que ser pedagogos de la mesa, explicando qué es una dieta sana, la importancia de los vegetales y las frutas, y cómo eliminar el consumo de alimentos chatarra.
“La familia lo va aceptando poco a poco, aunque adquirir los alimentos es un reto, pero entienden cuáles son los más saludables y cuáles no”, relata Villa.
Las madres, confrontadas por los nuevos conocimientos de sus hijos, han tenido que adaptarse. Taimí de Armas Cepero, madre de Paola, de 6 años, que estudia el primer grado en la escuela “Francisco Vales”, lo resume como una batalla de amor: “Batallo bastante con Paola, porque me gusta que se alimente bien”. Para ganar, ha tenido que ser creativa: “Le compro vegetales, el que más le gusta es la habichuela, y trato de preparársela de la forma que le gusta”.
Dayanis, madre de Dani Miguel, de 7 años, aplica el conocimiento aprendido: “A partir de las posibilidades reales que podamos tener, trato de balancear la comida de mi niño. Le enseño todo lo que puede adquirir con cada alimento que consume”.
La escuela de la vida
En cada escuela intervenida, los docentes adaptaron los contenidos a las edades de los estudiantes. Las clases de ciencias y educación física incorporaron mensajes sobre hábitos alimentarios saludables y vida activa. “Los niños están más interesados, hacen preguntas y se sienten parte del cambio”, comenta Daniela.
Para que los mensajes calaran, se recurrió a una metodología innovadora. Liliana Álvarez comenta que se incorporó “la nutrición a la malla curricular de los profesores” y se trabajó con la escuela culinaria “para las recetas, de cocina” buscando propuestas “mucho más atractivas para los niños”.
La escuela “Héroes de Yaguajay” se convirtió en un laboratorio viviente. La directora Núñez Martínez destaca el huerto escolar: “Ellos siembran, riegan, cuidan y cosechan. Cuando vieron crecer el tomate que plantaron, su entusiasmo fue indescriptible”. Este huerto no es solo educativo, es funcional, ya que abastece el almuerzo escolar, conectando a los niños con el origen real de sus alimentos.
Ileanis Morales, maestra de 6to grado en la escuela “Mariana Grajales” de Jarahueca, ha sabido integrar el proyecto en su planificación: “Llevamos un año trabajando con el proyecto y lo vinculo con las clases, las actividades complementarias, el juego, en ejercicios físicos. Atendemos una parcela y lo hacemos de manera dinámica. A ellas y ellos les gusta porque aprenden sobre la alimentación saludable”.
Incluso la salud bucal ha sido un eje. La Dra. en Estomatología Yamichel Beavides Castro, que atiende la primaria “Mariana Grajales”, explica a niñas y niños que la dieta fibrosa actúa como “un detergente natural en los dientes”. Ella ofrece un mensaje realista y humano sobre la “comida chatarra”: no se trata de prohibir, sino de que el consumo sea “en un horario en el que los niños puedan lavarse los dientes y que sea en un menor por ciento”.
Correr, jugar, aprender: la actividad física que cambia vidas
Una idea clave del proyecto es la práctica de los deportes. La profesora de Educación física, Lisbet Cedeño Fernández, de la escuela “Francisco Vales”, lo pone en términos energéticos: “una alimentación balanceada es el combustible que impulsa a nuestro cuerpo a moverse y a disfrutar de la actividad física”.
Gracias a los kits de recreación aportados por UNICEF, las clases están llenas de dinamismo. René Díaz confiesa que su ejercicio favorito es “correr para así quemar las calorías”. Leydis prefiere “saltar a la suiza”. Danilo disfruta del fútbol. Incluso en la escuela “Raúl Pedroso”, Ana Bárbara, que estudia el 6to grado, revela una afición local: “Mi ejercicio físico favorito es nadar, en el río que nos queda cerca”.
El futuro cosechado
El proyecto + Salud – Obesidad llega a su cierre en Yaguajay con resultados visibles: más niñas y niños informados sobre lo que comen, más docentes y familias implicadas, y una conversación cotidiana sobre nutrición que antes apenas existía.
Pero los retos siguen siendo grandes. En un contexto económico complejo como el que atraviesa el país, mantener una alimentación variada y saludable no siempre es fácil. Los altos precios, la disponibilidad de alimentos frescos y las tensiones del día a día obligan a muchas familias a improvisar.
“Sabemos que cambiar hábitos no basta si no hay opciones al alcance”, reconoce Daniela, pero “sí podemos ayudar a que las familias aprovechen mejor lo que tienen y entiendan la importancia de una buena combinación de alimentos.”
Las maestras también lo sienten en sus aulas. “A veces los niños llegan sin merienda o con productos poco saludables, pero no por desinterés, sino por necesidad. Por eso insistimos en educar, en acompañar, no en juzgar”, comenta María Esther.
Aun así, el proyecto ha dejado aprendizajes que trascienden las limitaciones materiales: la conciencia de que la salud se construye en comunidad, con pequeños gestos sostenidos en el tiempo.
“Lo más valioso es que ahora los niños hablan del tema, preguntan, proponen. Eso demuestra que algo cambió”, dice Liliana.
En Yaguajay, como en todo el país, las frutas y los vegetales no siempre abundan, pero el deseo de aprender y cuidar la salud sigue creciendo.
Entre escaseces y aprendizajes, las escuelas y familias han demostrado que educar para comer mejor también es una forma de resistir y de cuidar el futuro.