Cada día, una victoria impulsada por la lactancia materna y el amor familiar
Una familia habanera demuestra que la lactancia materna y el cuidado compartido hacen posible superar los desafíos de un nacimiento prematuro
Bruno fue un bebé prematuro: nació a las 34 semanas. Convive en su hogar habanero con su mamá, papá, abuela materna y una hermana de 8 años.
Su madre, Damaris, es hipertensa crónica desde muy joven, por lo que los dos embarazos fueron muy difíciles. En el más reciente, cuando esperaba a Bruno, ingresó en Maternidad Obrera con 28 semanas de gestación y debió permanecer allí tres meses antes del nacimiento.
La llegada del bebé ha sido una mezcla de amor y resistencia creativa por parte de toda la familia.
Fue inminente la interrupción del embarazo por una hipertensión añadida, preeclampsia, pérdida de líquido, entre otras complicaciones. Al nacer, Bruno pesaba poco más de tres libras. Estuvo 14 días en Neonatología, en una incubadora y con tratamiento de antibióticos para favorecer la maduración de sus órganos.
Damaris aún recuerda cómo, recién hecha su cesárea y “ligadura”, caminaba con dolor hasta la sala donde estaba Bruno para extraerse leche “a apretones”, siempre mirándolo para estimular la hormona que favorece la bajada.
“Cuando no hay un bebé que succione, es más difícil que la leche baje”, explica. Luego, “el líquido preciado” era dado al pequeño a través de un levín.
Felizmente, llegó el período piel a piel, donde el calor, el contacto humano y la leche materna eran fundamentales. ¡El método “mamá canguro” estaba en marcha!
Se trata de una práctica que ha demostrado ser de las más efectivas para salvar a recién nacidos en riesgo.
Desde 1979 se aplica en la mayoría de los países de América Latina, así como en varias naciones de Europa, Norteamérica, Asia y África.
“En el prematuro cada día cuenta, cada gramo cuenta. Un día en un prematuro es una victoria. Y desde su nacimiento, la leche que lo alimentó y permitió que saliera de la incertidumbre de su situación fue la materna”, refiere su mamá. Finalmente, Bruno alcanzó el peso esperado. ¡Había llegado el momento de ir a casa!
Actualmente, Bruno tiene 3 meses (cronológicamente), aunque, al ser prematuro, su grado de maduración es el de un bebé de 2 meses. Permanece poco tiempo despierto, pero en esos instantes se ríe cuando “le pintamos monerías”, observa con atención los objetos de colores, imita sonidos cuando le hablan, reconoce las voces familiares y reacciona cuando las escucha. “Toma mucha leche ¡y ensucia bastantes culeros!”, bromea su mamá.
En el hogar, todo se organiza para que Bruno aumente paulatinamente de peso. Por eso, la hora de la lactancia es primordial.
Damaris, en ese instante, deja lo que esté haciendo, se asea si está sudada y ha tenido que cambiar su dinámica de vida.
Es difícil, porque la hermana de Bruno, de 8 años, también necesita cuidados y atención.
Damaris debe llevar a Bruno todos los miércoles al consultorio médico para que la doctora y la enfermera controlen su peso, estatura y estado general. Este seguimiento se mantendrá durante un año, debido a la condición de prematuridad del bebé. El equipo médico ya es parte de la familia. “¡No digo yo, con los desvelos que le he dado a mi doctora todos estos meses!”, bromea Damaris. Este acompañamiento es fundamental, pues un bebé prematuro, ante cualquier síntoma —fiebre, catarro, etc.—, posee un riesgo mayor en cuestiones de salud.
Al regresar a casa y mientras Damaris prepara la merienda, en el cuarto cercano se gesta una conversación imaginaria: Bruno “le cuenta” a su hermana mayor los avatares de la consulta y lo aliviado que se siente de vuelta en el hogar. Luego, el ciclo se repite y reclama su alimento antes de dormir.
“He interiorizado que, en la labor de lactar, nadie puede sustituirme. Eso depende totalmente de mí. Y psicológicamente se siente una gran responsabilidad. Me pregunto a veces: ¿me estaré alimentando bien?, ¿le estaré dando suficiente leche a mi bebé?, ¿los horarios y cantidad de tiempo que lo lacto serán los correctos?, ¿cómo lograr tenerlo en una postura cómoda a pesar del calor del verano y los apagones?”, confiesa con preocupación.
Ya en las tardes, cuando todos están en casa y Bruno duerme, surge otra dinámica familiar. Damaris suele encargarse de la cocina, mientras la abuela, al llegar del trabajo, descansa un poco antes de apoyar en el cuidado del bebé. ¡El momento del café se disfruta al máximo!
Apenas Bruno despierta, se activa otra dinámica. Hasta la bisabuela, que vive en los bajos de la casa, no quiere perderse esos momentos. La abuela, emocionada, espera ansiosa su cercana jubilación: “Pasamos por tanto y estuvimos tan preocupados porque saliera todo bien cuando naciera, que no hay día que no quiera estar cerca de él para verlo crecer sano y fuerte”.
Mientras la abuela sueña con jubilarse, Damaris piensa en reincorporarse al trabajo una vez que termine el período de lactancia. Su anhelo es recuperar la independencia económica, por lo que ya prueba algunas opciones: vender útiles del hogar o hacer donas en casa. “Es arriesgarse. Si no resulta, se intentará con otra cosa”, dice convencida.
“A pesar de que en mi familia cada quien tiene su propio mundo y a veces no estamos de acuerdo en todo, el problema de uno es el problema de todos”, reflexiona Damaris. Ese es uno de los pilares sobre los que se sostiene la crianza de Bruno y de su hermana.
Termina el día y, en aquel pequeño hogar de Playa, las luces vuelven a apagarse.