“Mi sueño es que los chicos salgan adelante"

Oti, encargada del merendero “Las tacitas poderosas”, Barrio 21-24

UNICEF
Oti
Unicef_Widnicky
26 Junio 2020

Sabe que los chicos y las chicas del barrio la necesitan. Por eso se levanta cada mañana con fuerza y buen ánimo. “Tengo que estar para ellos. Ese es mi día a día”, cuenta emocionada. Oti tiene 45 años y hace catorce que está en la 21-24, en el sector San Blas. Cuando llegó con sus dos hijos, Nelson (23) y Hernán (14), esta parte del barrio era un basural, pegado al Riachuelo, y poco a poco fueron construyendo su casa con chapas, bolsas de basura y madera. Hoy vive con ellos y su pareja a pocas metros del merendero “Las tacitas poderosas”, su lugar en el mundo, un espacio pequeño, muy cuidado y prolijo que ella misma donó hace tres años.

Desde el comienzo de la pandemia por COVID 19, de lunes a sábado van a buscar la merienda 200 familias. Los fines de semana también preparan el almuerzo, hacen guiso o polenta con salsa, empiezan a trabajar a las 8.30 para que al mediodía todo esté listo para entregar. Cada día, después de tomarse la temperatura, rociar lavandina en la suela de los zapatos, alcohol en la ropa, higienizar a fondo el lugar, lavarse las manos y calzarse guantes y barbijo, se dedican de lleno y con el corazón a su tarea. “Empezamos de la necesidad. Acá no se trata de comida nada más, porque llegan chicos con muchos problemas, que sufren violencia en sus casas, eso me lastima porque yo lo viví. Es una contención para ellos este espacio, más ahora que no están yendo a la escuela, se ponen muy contentos cuando llegan cosas como ahora gracias a UNICEF”, asegura.

oti en acción
UNICEF/Widnicky

Antes se acercaban menos vecinos y vecinas, y las raciones solían alcanzar para todos. Entre Oti y los voluntarios de La Poderosa podían planear la semana con las donaciones y algún que otro pedido a los negocios del barrio, pero a partir de marzo la demanda se cuadruplicó. No es que antes fuera sencillo, muchas de las donaciones eran sobras o productos vencidos o próximos a vencer, no era tan frecuente tener comida fresca. “Cuando hay mandarina, pera o manzana, los chicos miren de otra manera, se sorprenden. A mí me hace sentir muy bien poder ayudar a las familias porque con esta pandemia no sé qué pasaría si este espacio no estuviera. Ahí sentí muy importante este lugar para la gente, que se multiplicó, y eso me asustó un poco porque no estábamos preparados para recibir tantas personas. Ahora pienso qué importante es la ayuda de UNICEF porque sino no sé qué pasaría con nosotros”, confiesa.

Además de encargarse de la cocina y coordinar las reuniones y los turnos entre los voluntarios, Oti había empezado a organizar un espacio de mujeres, ya había repartido los flyers, pero el coronavirus puso en pausa todo. La violencia intrafamiliar ya estaba muy presente en el barrio, pero a partir del aislamiento se agravó. Ella lo sabe bien, lo vivió en carne propia cuando vivía en Paraguay y gracias a la ayuda de otras mujeres se pudo recuperar, por eso siente que ahora es su turno de escuchar a un montón de vecinas que si saben que alguien las va a acompañar, pueden sentirse más fuertes y contar sus historias.

Mientras revuelve la olla gigante de mate cocido con leche y afuera ya se empiezan a escuchar las primeras risas de los chicos y las chicas de San Blas, Oti cuenta que quiere que el merendero progrese, que crezca para que pueda haber apoyo escolar y talleres. Después, tímida, comparte su sueño, inmenso y hermoso.

Que los chicos salgan adelante porque son nuestro futuro acá, que aprendan, sean profesionales. Lo que más quiero es tener en este barrio una universidad, que quede como historia que acá hay una, porque muchos no tienen su pasaje para ir a estudiar”.

UNICEF