“Quiero aprender y seguir estudiando, para ser doctora y ayudar a mi papá”, Claimar, 14 años
En las comunidades más remotas de Venezuela es un desafío para los niños y niñas acceder a la educación; y aún más en medio de la pandemia por la COVID-19.
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En Yakerawitu, a la orilla del río Orinoco a 700 km de distancia de Caracas, en el estado Delta Amacuro, vive una comunidad Warao, que hace más de 15 años decidió acercarse a la ciudad para acceder a mejor educación para sus niños y niñas, y a servicios de salud para sus familias.
Al inicio eran 97 familias, hoy solo quedan 33. Muchas familias de la etnia warao han emigrado a Brasil o Trinidad buscando mejores condiciones de vida, y las de Yakerawitu no son la excepción. La escuela más cercana está a 40 minutos de la comunidad, un largo recorrido que caminan muchos con la sonrisa en el rostro cuando es momento de aprender.
“Mi papá trabaja cortando el monte y mi mamá falleció, a veces no nos alcanza para la comida. Pero desde que llegó el programa “La educación no puede esperar” he aprendido mucho, antes no sabía hacer operaciones matemáticas, y además nos ayudan con la comida en la casa… eso me hace sentir más tranquila”, dice Claimar, 14 años.
En Yakerawitu, y sus comunidades aledañas UNICEF apoya a 168 niños, niñas y adolescentes con seguimiento académico y alimentación, a través de kits escolares, alimentos y productos de higiene que llegan a las familias de la comunidad y ayuda a que puedan tener el mejor desempeño en su proceso de aprendizaje.
El seguimiento académico está a cargo de facilitadores que trabajan con guías y cuadernos de actividades, adaptados al nivel de aprendizaje en que se encuentra cada niño, niña y adolescente de la comunidad. Además, a través de los Consejos de Protección a la Niñez, las familias de la comunidad reciben servicios de apoyo psicosocial.
“Me enseñaron matemáticas, también a leer mejor y escribir, y ahora le enseño a mi papá cosas que él antes no sabía. A él siempre le hago dibujos”, expresa Claimar, 14 años.
Conversamos también con Marcelín Cedeño, autoridad de la comunidad de Yakewawitu, nos dice “Los niños tienen que jugar, y estudiar, pero les falta comer bien y poder ir a la escuela… por eso estamos agradecidos con ustedes, porque nos han ayudado a que estudien y coman mejor.”
“Yakera significa bonito en lengua Warao, y así es como nos sentimos hacia ustedes, bonito por apoyarnos en esta comunidad”, expresa Marcelín.
Los pasatiempos favoritos de Claimar son jugar voleibol y bailar, a todo el que llega a la comunidad le invita a jugar risueña y sonriente. Nos presenta a sus hermanos, y a su gato, Juanito.
“Me encantó el morral, porque es muy bonito. Además, traía cosas muy buenas como lápices, cuadernos, colores… que yo nunca había tenido. Y con la comida pudimos probar cosas que no había comido antes. Siempre comíamos sopita y domplinas (arepas de trigo), ahora preparamos otras cosas también. La facilitadora nos enseñó a lavarnos las manos, y siempre lo practicamos mi hermanita y yo”, dice Claimar.
Alejandra Pocaterra, Oficial de Comunicación UNICEF Venezuela