Lo que aprendí en una cancha de mi barrio

Por Arturo Romboli, Representante de UNICEF Ecuador

Lo que aprendí en una cancha de barrio
UNICEF/ECU/2026/Arcos

De niño pasaba muchísimo tiempo jugando al fútbol. Como muchos chicos de mi generación, no necesitábamos demasiado: una pelota, algunos amigos del barrio y cualquier espacio podía convertirse en una cancha. Jugábamos en la calle, en terrenos vacíos o donde encontráramos lugar, muchas veces hasta que oscurecía. Recuerdo especialmente esos "picaditos", como llamamos en Argentina a los partidos improvisados entre amigos. Llegábamos decenas de chicos con ganas de jugar y, en cuestión de minutos, ya estábamos armando equipos y disputando lo que para nosotros era el partido más importante del mundo.

Han pasado casi cuarenta años desde el Mundial de México 1986, pero todavía lo recuerdo con mucha claridad. Yo tenía seis años y veía los partidos de la selección junto a mi papá, mi mamá y mis hermanas. En casa teníamos un televisor a color y otro en blanco y negro, y frente a esas pantallas compartimos la alegría de ver a Argentina convertirse en campeona del mundo.

Como tantos niños, después de cada partido salía a buscar una pelota para intentar repetir las jugadas que había visto en la televisión. Durante semanas, cada rincón del barrio se convirtió en una pequeña final mundialista.

Sin embargo, cuando pienso en aquellos años, me doy cuenta de que lo que más permanece en mi memoria no son los resultados ni los goles. Lo que realmente recuerdo es la sensación de pertenecer. Siempre había alguien esperándote para jugar y siempre había un lugar para vos en el equipo. El fútbol era una excusa para encontrarnos, hacer amigos y compartir tiempo juntos. 

Con el paso de los años entendí que esos momentos eran mucho más importantes de lo que imaginábamos. Mientras corríamos detrás de una pelota, también aprendíamos a respetar reglas, trabajar en equipo, resolver diferencias y apoyarnos mutuamente. Sin saberlo, estábamos desarrollando habilidades y valores que nos acompañarían durante toda la vida.

Por eso sigo convencido de que jugar es una parte fundamental de la infancia. En esos espacios, los niños y niñas exploran el mundo, construyen vínculos, descubren sus capacidades y aprenden a convivir con otros. También encuentran oportunidades para expresarse, sentirse seguros y desarrollar un sentido de pertenencia que los ayuda a crecer.

Cuando reconecto con aquellos recuerdos, entiendo que muchas de las cosas que valoro hoy nacieron en momentos que parecían simples: una tarde con amigos, una conversación después de un partido o la emoción de compartir una cancha. Sin darme cuenta, allí fui construyendo aprendizajes, valores y sueños que todavía me acompañan.

Por eso es tan importante que cada niño y cada niña tenga la oportunidad de vivir experiencias similares; de crecer en entornos seguros, rodeados de personas que los acompañen, los escuchen y les permitan desarrollar todo su potencial.

Si alguna vez tuviste una cancha, un grupo de amigos o un lugar donde sentirte parte, ya sabes el impacto que esos espacios pueden tener en una vida. Hoy nos toca ayudar a construirlos para otros. Seamos las familias que acompañan, los docentes que escuchan, los líderes que inspiran, los entrenadores que enseñan y las comunidades que protegen. Porque toda infancia necesita un equipo que crea en ella.