Cuando entro al mar con mi hija de seis años, el tiempo cambia de ritmo. Ella va conmigo sobre mi tabla. El teléfono queda atrás y las obligaciones esperan en la orilla. Durante un rato solo importa leer el mar y estar atentos a la próxima ola.
Compartir ese pequeño espacio sobre la tabla tiene algo profundamente liberador. Yo remo con ella delante, atenta al movimiento del agua. Esperamos una ola suave y, cuando llega, la tomamos juntos. Incluso los días en que apenas surfeamos, regresamos distintos.
Pienso en esa sensación mientras escucho a José Ángel, de 15 años, hablar del mar.
Lo entrevisto en el campamento transitorio de Mare Abajo, en La Guaira. Las carpas ocupan ahora parte del terreno donde antes se jugaba al béisbol. Desde los terremotos del 24 de junio, el lugar acoge temporalmente a familias que tuvieron que abandonar sus viviendas.
José Ángel vive allí con su madre y otros familiares. Cuando el edificio comenzó a temblar, él estaba en el pequeño balcón de su casa. Pensó primero en su sobrino de dos meses. Lo ayudó a salir y después hizo lo mismo con el resto de su familia.
Aquella primera noche llovió. Muchas personas dormían sobre el suelo porque todavía no había colchones. José Ángel tenía una carpa que utilizaba para su deporte; salió de ella y dejó que durmieran dentro varios niños pequeños. Desde entonces, sus días transcurren entre el campamento y la playa.
“A mí me tranquiliza ir a la playa. Cuando entro al mar espero la mejor ola para poderla agarrar”.
Practica surf desde los seis años y ya ha participado en campeonatos. Sueña con convertirse en atleta de alto rendimiento para poder ayudar a su familia. Cuando habla de las olas, su expresión cambia. Describe el instante en que entra en un tubo y solo ve la abertura delante de él. También le gusta despegarse del agua con la tabla. “Volar en el aire”, lo llama. Allí dentro encuentra calma.
Comprendo bien esa sensación. Mi hija todavía es pequeña y entra al mar conmigo, sobre mi tabla. Soy yo quien rema y busca una ola que podamos disfrutar juntos. Ella siente el movimiento del agua mientras aprende, poco a poco, a confiar en el mar.
Para José Ángel, el mar sigue estando cerca. Sin embargo, el terremoto ha cambiado su relación cotidiana con otra agua. Después de surfear necesita agua dulce para quitarse la sal del cuerpo. Su familia la necesita también para preparar la comida y mantener limpio el espacio donde vive.
Durante unos tres días en el campamento no tuvieron agua. José Ángel recuerda a las personas intentando bañarse con una pequeña perola. Más tarde aparecieron los recipientes y comenzó el abastecimiento mediante cisternas.
Ahora espera pendiente de la llegada del camión. Cuando lo ve, llama a su madre y se hace cargo de la manguera hasta llenar cuatro pipotes que permanecen fuera, junto a la carpa familiar.
“Mi mamá me dice: ‘Estate pendiente de la cisterna’. Y yo soy el que agarra la manguera y pone a llenar los pipotes”
En el campamento, las duchas y los baños habilitados con el apoyo de UNICEF permiten a las familias asearse en condiciones adecuadas. El agua que José Ángel almacena le sirve para bañarse al regresar de la playa y cubrir las necesidades diarias.
José Ángel conoce bien la diferencia entre los primeros días y el presente. “Antes uno se bañaba con una perolita de agua”, explica. Ahora el abastecimiento es más regular y las familias pueden cubrir mejor sus necesidades.
UNICEF actúa junto a las autoridades y a sus socios para mantener el abastecimiento de agua segura en los campamentos y comunidades afectadas. El apoyo incluye medios para almacenarla y medidas que permiten sostener los servicios de saneamiento. La distribución de artículos de higiene completa este trabajo. Así se reduce el riesgo de enfermedades y se protege la dignidad de las familias mientras avanza la recuperación.
Hay otra rutina que José Ángel quiere recuperar y que el campo de béisbol todavía no puede devolverle.
Ha pasado a cuarto año de secundaria y le quedan dos cursos para graduarse. Su profesora vive en el mismo campamento, apenas dos carpas más allá. A pesar de esa cercanía, cuando conversamos todavía no realizan actividades educativas.
“Espero que otra vez pongan el liceo para volver a estudiar”, dice.
En una emergencia, volver a la escuela devuelve un ritmo conocido a los días. Permite reencontrarse con los compañeros y seguir construyendo un proyecto de vida. Para José Ángel, significa mantener abierto el camino que podría llevarlo algún día a competir fuera de Venezuela.
Ese regreso requiere un lugar seguro y docentes que puedan acompañar a sus estudiantes. Requiere también agua segura para beber y lavarse las manos. Los baños deben poder utilizarse en condiciones adecuadas. Recuperar el acceso al agua y unas condiciones apropiadas de saneamiento e higiene en las escuelas forma parte, por tanto, de la recuperación educativa.
Mientras hablamos, la atención de José Ángel regresa varias veces hacia la playa. Cuando le pregunto qué hará después de la entrevista, responde sin detenerse a pensarlo:
“Para la playa”.
Antes de entrar tiene un pequeño ritual: toca el agua y se persigna. Después se mete al mar. Lo hace todos los días que puede.
Quizás por ser padre y surfista, su historia me toca de una manera especial. Mi hija tiene ahora la misma edad que tenía José Ángel cuando empezó a surfear. Cuando la llevo conmigo sobre mi tabla, siento la confianza con la que se entrega al movimiento del mar. Él ha recorrido ya ese camino. Entra solo y sabe leer las olas. Allí encuentra su propio espacio.
En tierra, la espera es más larga. Su familia sigue necesitando una vivienda segura. Él quiere regresar al liceo, mientras el campamento depende todavía de soluciones temporales para disponer de agua. Asegurar esos derechos permitirá que el futuro de José Ángel vuelva a ponerse en marcha.
José Ángel dice que las mejores olas llegan temprano, entre las seis y las diez de la mañana, antes de que cambie el viento. Por ahora, seguirá levantándose para buscarlas. Entra al agua y espera la que merezca la pena.