Mickenson aprende las vocales
Es uno de los niños migrantes que ha encontrado un espacio inclusivo en plena selva darienita, donde más de 2,500 personas incluidos 700 niños y niñas quedaron confinados debido al cierre de fronteras por el Covid-19 en el año 2020.
Mickenson tiene 8 años y atravesó la ruta más peligrosa del mundo cargado por su padre con la ilusión de futuro: una travesía imposible sorteando ríos de corrientes extremas, senderos lamosos, animales como jaguares o serpientes y las bandas criminales que anidan en este terreno de frontera, con el fin de llegar al norte en busca de mejores oportunidades para ellos. Pero la irrupción del Covid-19 cerró las fronteras, alteró los planes de pasar de Sur América a México, Estados Unidos y Canadá y los dejó atrapados en La Peñita, una comunidad rural del Darién panameño durante más de 8 meses.
No es el único migrante al que el virus lo atrapó en el camino: durante el año 2020 más de 2,500 personas extracontinentales varadas en Panamá, de las cuales una tercera parte eran niños, niñas o adolescentes, que llegaron luego de caminar cerca de diez días por la peligrosa ruta que es el tapón de Darién y con la idea de seguir viaje. Desde el 16 de marzo de 2020, cuando el gobierno cerró las fronteras, La Peñita se convirtió en albergue de 1,724 personas que levantaron carpas o estructuras con lonas y cañas de bambú sobre las calles de tierra. De ellos, 500 son niños, niñas y adolescentes que, como Mickenson, pasaron los días y las noches en las Estaciones de Recepción Migratoria (ERM), el lugar donde encuentran servicios básicos como agua, atención de salud, y alimentos.
Aquí, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) brinda servicios esenciales junto a socios locales en temas de agua, saneamiento e higiene, salud materno infantil y también protección mediante el establecimiento de Espacios Amigables: un espacio seguro implementado por RET Américas, donde se brinda acompañamiento psicosocial, actividades de desarrollo infantil y fortalecimiento de las capacidades de autoprotección a los niños, niñas y adolescentes. Los profesionales de psicología, sociología y artes teatrales que trabajan con ellos, a través de juegos, bailes, deportes, interacciones por medio de dibujo y manualidades realizan las acciones que permiten fortalecer su autoestima, cuidado y expresar sus sentimientos. Ahora además dan charlas para la prevención del Covid-19
Mickenson llega casi todos los días junto a su padre, Enau, al Espacio Amigable de UNICEF. Enau es un hombre delgado, alegre y vital, que nació hace 54 años en Haití y migró hace nueve a Venezuela junto a su mujer.
Allí tuvieron a Mickenson, que nació con síndrome de down. Han estado resistiendo en este ambiente donde las necesidades abundan. Siempre sonríe y eso lo distingue en el clima de tensión en el que se ha tornado este punto desde que se desató la pandemia.
El agotamiento indescriptible de cruzar la frontera, la imposibilidad de continuar el camino planeado, el nuevo riesgo que se suma con el Covid-19 y las complicaciones para comunicarse porque hablan distintos idiomas, han aumentado el estrés y la ansiedad en las personas que se encuentran en tránsito en las ERM. Con ello, crecieron también los niveles de tensión y el riesgo de violencia contra los niños y niñas, agravando aún más la situación de vulnerabilidad de la niñez migrante. Estas son algunas de las preocupaciones de UNICEF como parte del Grupo de Movilidad Humana del Sistema de Naciones Unidas en Panamá.
Más de la mitad de los niños y niñas que están en La Peñita tienen menos de 6 años. Por lo difícil que es revisitar experiencias traumáticas, muchos no cuentan lo que han vivido en el cruce de la selva o alguna situación de violencia que puedan estar atravesando. Es por eso que el dibujo como herramienta terapéutica es un recurso clave en el Espacio Amigable: comunica lo que a veces el lenguaje oral no logra expresar.
Los primeros días de agosto ese ánimo irritado estalló en la ERM: una manifestación desencadenó eventos de violencia que limitaron el acceso del equipo para dar continuidad al Espacio Amigable. El equipo enseguida improvisó una solución, ahora tienen Espacios Amigables Móviles en las tres Estaciones de Recepción de Darién con toldas, sillas, mesas y decoraciones que arman y desarman a diario con ayuda de los niños y niñas.
En las Estaciones de recepción Migratoria, más de 100 niños esperan ansiosos la llegada del equipo de RET Américas para bailar o pintar —y todo lo demás— durante cinco horas. “Antes de las nueve ya están ayudándonos a cargar las sillas, contentos y llenos de energía, y eso nos recarga de energía a nosotros”, dice Kathyuska Forde, técnica artística del proyecto, licenciada en bellas artes y actriz. Y es cierto. Los jóvenes técnicos que se encargan de conducir los Espacios Amigables son alegres y energéticos, a pesar del calor de infarto y de los implementos de protección que visten.
El virus no sólo trancó el recorrido de muchos, también obligó a todos a modificar las formas de hacer, ahora con medidas de bioseguridad y nuevos retos. En los Espacios Amigables aplicaron las recomendaciones impartidas por el Ministerio de Salud, como dividir a los niños y niñas en grupos reducidos rotativos al aire libre, el uso de tapabocas y el lavado de manos, gel alcoholado y toma de temperatura como prácticas de rutina. Lo más complicado, cuentan, es el distanciamiento social con los niños y niñas. “Si nosotros le decimos al niño 'no me abraces', creamos una barrera. Si hiciéramos eso, ellos pensarían que los estamos rechazando o discriminando”, explica Darinel Vásquez, técnico de Proyecto en el área de apoyo psicosocial. Así que resolvieron mantener todas las medidas de bioseguridad, afirma “Somos muy precavidos y sabemos los riesgos, pero es más importante un niño que llega al espacio en estos momentos: eso es lograr un niño más seguro y protegido”, explica Darinel.
Lo último que necesitan estos niños y niñas es ser rechazados, dicen. Todos ellos, sin excepción, han vivido historias traumáticas o bien en sus países de origen o durante del cruce del Tapón de Darién. El cruce es tan arduo que se dan situaciones a las que ningún niño debiera estar expuesto: “Niños y adultos muertos, por el río o comidos por algún animal. Una mujer que muere dando a luz en la selva y el bebé recién nacido la sobrevive. Esas son las cosas que viven y ven antes de llegar aquí”, cuenta Mónica García, coordinadora de Espacios Amigables en Darién. Los testimonios desgarradores se repiten con cada nuevo arribo: “La resiliencia es extraordinaria y ellos mismos han aprendido a tomar responsabilidades, por ejemplo, cargando y cuidando niños más pequeños que ni siquiera conocían y que algún adulto les entregó ya sin fuerza para continuar”, agrega Mónica, refiriéndose al Espacio Amigable, donde ahora los niños y niñas pintan y envuelven el ambiente con sus cantos.
Es la mañana de un miércoles y Mickenson aprende vocales. No es algo usual, pero con tanto tiempo confinados los niños ya quieren retomar actividades escolares y comenzaron a pedir tareas, sumas y restas, lecturas. Enau, que conoce bien de los esfuerzos del hijo, lo ayuda. Mónica los contempla ahora, tan cómodos en un espacio que hicieron suyo y le parece increíble: “Al principio Enau no lo traía, pensaba que Mickenson no se iba a poder integrar con los demás niños”, dice.
No es de extrañar, pues los niños, niñas y adolescentes con discapacidad son uno de los grupos más marginados y excluidos de la sociedad y sus derechos son vulnerados de manera generalizada. Pero el personal de UNICEF y RET Américas insistió a Enau para que llegue al Espacio Amigable, asegurándole que todos los niños y niñas gozan de los mismos derechos y se trabaja continuamente con el grupo reforzando el concepto de igualdad más allá del origen, color de piel, capacidad o género. Fue así como padre e hijo lentamente se unieron a este espacio que los niños migrantes y locales disfrutan tanto. Ahora asisten diariamente.
“Extrañaba la escuela… ciencias, geografía”, dice Graci, una niña de Congo de 11 años que no se pierde ni una clase. Los niños migrantes y los locales estuvieron muchos meses fuera del sistema escolar y echan de menos estudiar. “Querían que les demos tareas. Les gusta muchísimo la matemática, así que les ponemos bastante tarea”, dice Kathyuska. Mónica cuenta que no dudaron: “Al ver la necesidad, comenzamos a brindarles tareas y a hacer un reforzamiento educativo”, dice.
Con los más pequeños comenzaron a trabajar las vocales y la escritura. A Mickenson le encanta y ahora además de estimular su motricidad fina, incorpora las letras. A Enau eso lo puso feliz: “Me siento bien al ver a mi hijo integrado con otros niños y aprendiendo. Me pone muy contento”, dice, siempre sonriendo.
Las horas avanzaron y la jornada en “La escuelita”, como los niños bautizaron al Espacio Amigable de UNICEF, termina. Recogen las sillas, rocían con alcohol, limpian los juguetes y ayudan a enrollar las lonas plásticas. Los más grandes alzan a los pequeños y se preparan para el regreso. Dos hermanos se alejan a la par por la calle principal, arrastrando de una cuerda dos carritos de juguetes fabricados con un envase de jugo y ruedas de tapas de soda. Enau toma la mano de Mickenson, que continúa enumerando las vocales. La sonrisa del padre crece, burlando el peso de la trocha sobrevivida, de la angustia de no saber cuándo el niño que ahora mira, podrá encontrarse con su madre. Por un segundo, parecen estar en un lugar mejor.