Los niños y niñas en Venezuela te necesitan
Click to close the emergency alert banner.

Kerven pone una carita feliz

Kerven migró de Haití a Chile y, cuatro años después, pasó por una de las Estaciones de Recepción Migratoria de Darién en dirección a Estados Unidos.

Kerven pone una carita feliz
©UNICEF / 1250 / Urdaneta

Kerven migró de Haití a Chile y, cuatro años después, pasó por una de las Estaciones de Recepción Migratoria de Darién en dirección a Estados Unidos. Allí, armó muñecos y calificó los servicios que brinda UNICEF junto a sus socios, completando una encuesta gracias a un sistema de monitoreo digital humanitario que combina recolección de datos en Kobo y visualización en PowerBI.

Es la mañana de un jueves de octubre y en un rincón de la Estación de Recepción Migratoria (ERM) de Lajas Blancas, Darién, un puñado de niños y niñas bailan al ritmo de un reguetón mientras otros dibujan y algunos más juegan dominó. Abstraído del bullicio desplegado a su alrededor, Kerven está concentrado en cortar unas lanas con las que armará un muñeco: envuelve un círculo de cartón con varias vueltas de un hilo grueso y anaranjado, lo corta, lo ata, agrega unos ojos con la prolijidad de un relojero y vualá, lista la carita feliz.

Kerven es un niño robusto y decidido de 10 años que nació en Haití y vivió los últimos cuatro en Chile, donde sus papás migraron por las crisis acumuladas tras el terremoto que dejó unos 200 mil muertos en su país. Tiempo después, por la falta de trabajo durante la pandemia y el clima hostil que sintieron en el país del sur, miles de haitianos decidieron emigrar otra vez. Esta vez, dejar Chile para ir a Estados Unidos.

En septiembre él, su mamá, su papá y su hermanita de tres años juntaron sus cosas y emprendieron una nueva travesía. Bus desde Santiago de Chile hasta Perú, luego Ecuador y tras más paradas, más dinero, más días de viaje, finalmente llegaron a Necoclí, un pueblo costero de Colombia que limita con Panamá. Desde allí, la peor parte: cinco días caminando de sol a sol por el Tapón del Darién, más de 160 kilómetros de una selva imposible que de tan densa e ingobernable, impidió la construcción de la carretera Panamericana.

—Pasábamos bien pero cuando cruzamos un río, mi mamá se cayó —cuenta Kerven—. Le dimos muchas cosas para que se recuperara pero no tenía fuerzas para caminar.

Kerven pone una carita feliz
©UNICEF / 1208 / Urdaneta Kerven pasó el día jugando, comiendo y armando muñecos junto a 37 niños y 33 niñas más que llegaron al Espacio Amigable de UNICEF y RET Américas. Antes de irse, lo evaluó.

Lograr sortear los ríos torrentosos es una de las hazañas más mencionada por los niños y las niñas que llegan al Espacio Amigable en las ERM de Darién, donde el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) junto a RET Américas montó un sitio seguro para dar acompañamiento psicosocial, con actividades recreativas y de desarrollo infantil para niños y niñas migrantes. Estos servicios los provee UNICEF desde hace 3 años gracias a los fondos del Gobierno de los Estados Unidos; la Unión Europea se ha unido a este esfuerzo recientemente.  

Las ERM en Darién son el primer lugar donde migrantes encuentran servicios básicos como agua, atención de salud, comida, y son tres: Bajo Chiquito, San Vicente y Lajas Blancas, donde Kerven repasa la travesía que lo llevó a cruzar esos ríos bravos, imposibles de pasar, sin resbalarse o rodar por la corriente sin la ayuda de cuerdas o de otras personas formando cadenas humanas, una mañana húmeda y pesada de octubre.

Así y todo, esa no fue la peor parte para Kerven. Lo peor fue cuando se toparon con ladrones, que abundan como las serpientes en la ruta. 

—Cuando íbamos a cruzar el río, unos ladrones tiraron balazos arriba en el cielo. Había tres, con armas, cuchillo y machete —dice Kerven—. Cogían dinero, uno cogió nuestra comida y nuestra ropa. Por eso pasamos hambre y tuvimos que comprar ropa acá.

Después de las miles de horas en bus, de los ríos peligrosos y de los ladrones, Kerven finalmente llegó a Panamá con su familia: una parada más en su ruta a Estados Unidos. Tras bañarse, ponerse la camiseta gris que lleva puesta y ver a un médico, corrió al Espacio Amigable donde acaba de terminar el muñeco de lana y ahora come una galleta.

—Lo mejor es jugar y que hay comida—dice.

Como Kerven, este jueves de octubre 37 niños llegaron al Espacio Amigable a jugar, además de 33 niñas y 23 cuidadores. UNICEF lleva la cuenta con un sistema digital para gestionar la información sobre su respuesta en Darién que combina recolección de datos con KoBo y visualización con PowerBI, sin necesidad de conexión a Internet.

En cada una de las ERM, todos los días el personal de UNICEF y sus socios en terreno entra desde el celular a un software humanitario y carga de forma ágil y rápida quiénes llegaron, de qué género y edad eran, y qué servicios se les brindó. Antes lo hacían a mano, en papel o tablas de Excel que les tomaban tiempo y tardaban en procesarse. Desde septiembre de 2021 UNICEF incorporó este sistema que les quitó de encima el trabajo manual para dedicarse exclusivamente a dar el servicio.

UNICEF y RET Américas
©UNICEF / 5388 / Urdaneta UNICEF y RET Américas brindan un espacio de contención y juegos a los niños y niñas que llegan a las ERM de Darién.

“Nos sirve para llevar la estadística de cuántos niños atendemos al día y las edades”, dice Mónica Arcia, una psicóloga de 28 años que nació en otra provincia de Panamá llamada Coclé pero hace dos años se mudó aquí para trabajar como técnica de proyectos y dar apoyo psicosocial en los Espacios Amigables. Mónica explica que el dashboard, como le dicen al sistema, también les sirve para otras funciones como evaluar el servicio que dan a niños y niñas migrantes: “Hay una encuesta de satisfacción donde pueden decir si les gustó o no estar aquí y dejarnos sugerencias. Esa información la usamos para ver cómo vamos y qué tenemos que mejorar”, dice.

Inmediatamente después de registrada, la información puede leerse y clasificarse desde ciudad Panamá o cualquier otro punto del mundo en una web abierta. “Esto nos permite observar en tiempo real cómo va nuestra ejecución, refinar la intervención y la gestión”, dice Anilena Mejía, oficial de Monitoreo y Evaluación de UNICEF en Panamá. Anilena lideró el equipo que ideó el sistema, lo implementó, capacitó al personal de terreno de UNICEF y sus socios como RET Américas, para la carga de información y ahora la muestra con el entusiasmo del trabajo bien hecho.

Abre el dashboard —una página web que concentra los datos de respuesta de UNICEF y sus socios—, señala y dice:

"Aquí estás viendo la población en movilidad del año 2021, desagregada por los lugares donde estuvo esa población”.  Lo que se ve son cifras con gráficos y referencias que muestran el volumen de la migración que pasa por Panamá, por mes, género, edad y locación. Por ejemplo, entre enero y principios de noviembre de 2021, pasaron por las ERM de Darién 126.380 personas, de las cuales 29.067 eran niños y niñas. Enseguida Anilena mueve el mouse de su computadora y dice: “Acá vemos casos gestionados, los casos que llegan a UNICEF por violencia, por una atención de salud física, porque están separados de sus padres, y figura quién gestionó ese caso”.

 

El dashboard concentra toda la información de la atención a miles de migrantes que brindan UNICEF y sus socios en Darién. Un universo inmenso de gente que llegó destrozada tras el cruce de la selva y fue atendida con calidez y respuesta humanitaria oportuna con alguno de los servicios, como acceso a agua potable —donde se lleva el conteo de litros de agua por día en cada una de las estaciones—, higiene y saneamiento —baños portátiles, duchas y puntos de lavados de manos—, capacitaciones y entrega de kits de higiene menstrual, salud materno infantil y protección contra todas las formas de violencia. Y, por supuesto, Espacios Amigables.

 

En lo que va del año, el personal en terreno como Mónica recibió a 14.388 niñas y niños como Kerven para jugar, conversar, bailar o hacer muñecos. La mayoría —el 57 por ciento del total— son menores de 5 años. “También vemos aquí la parte de satisfacción”, dice Anilena y describe las tres preguntas que responden quienes visitan los espacios: Beneficio de venir al Espacio Amigable, Experiencia en el Espacio Amigable, Trato del equipo. Cada una de ellas puede responderse con una de seis opciones: “excelente”, “muy bueno”, “bueno”, “regular”, “malo” y “muy malo”. La mayoría lo evalúan muy bien: un promedio del 93 por ciento calificó la experiencia como excelente.

“Este espacio lo que les aporta es un lugar para que sean niños”, dice Mónica. Tras el terror del cruce, pueden llegar aquí a dibujar y hablar sobre lo que experimentaron en la selva, la loma de la muerte, los senderos, los peligros. Pueden jugar y reír y bailar, pero también pueden llorar: “Porque son niños y aquí pueden serlo, aunque tengan a cargo el cuidado de sus hermanitos y les hayan dicho que no lloren, que sean fuertes para seguir el viaje. Aunque tengan muchas responsabilidades, tienen derecho a la infancia, a la recreación, a jugar y también a estar tristes o tener miedo”, dice Mónica.

A su lado, Kerven aguarda su turno para completar la encuesta. Mónica le extiende una tablet donde lee las preguntas.

—Fue difícil llegar aquí, pero una vez que llegué me sentí feliz porque ya había dejado atrás la selva peligrosa.

Kerven se voltea, mira las preguntas y elige "excelente".  Luego se para, dice gracias, saluda y se va con su padre para continuar la travesía migrante hacia el norte. Hoy, a diferencia de cuando salió de la trocha a la que logró sobrevivir, lo hace con una carita feliz.