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Dos mujeres embarazadas cruzan la ruta más peligrosa del mundo en tiempos de Covid-19

Naomi y Rael son dos de las más de 300 gestantes que caminaron durante siete días para pasar de Colombia a Panamá decididas a aventurarse hacia el Norte en 2020.

Dos mujeres embarazadas
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta

El Covid-19 impidió que continúen el viaje y tuvieron que dar a luz a sus bebés en una Estación de Recepción Migratoria (ERM) a medio camino, en Darién (Panamá). 

 

Cruzar la frontera entre Panamá y Colombia es caminar durante más de siete días por doce horas cada uno de ellos a través de la selva más peligrosa del mundo: un muro vegetal de 575,000 hectáreas que tragó a conquistadores españoles, exploradores escoceses, cientos de migrantes y hasta una carretera, ya que es el único lugar del continente donde la naturaleza interrumpe a la ruta Panamericana. Es atravesar barrancos y ríos, abrirse paso entre una vegetación pesada como el hierro, pelear con animales salvajes, desfallecer por el cansancio de sostener las pisadas en caminos enlodados, entre el calor y la humedad imposibles, hasta incluso desmayar. O morir. Una misión inhumana que deja el cuerpo agotado. Pese a eso, cada año miles de migrantes encaran esa ruta por la promesa de un destino mejor.  

Naomi y Rael lo hicieron embarazadas a mediados de marzo de 2020. Naomi es una mujer morena y afable de 35 años que, antes de eso, ya había tenido a Rael, de 16. Primero fueron de Haití a Chile, luego a Perú, pasaron por Ecuador, llegaron a Colombia y, finalmente, se dispusieron a cruzar el Tapón del Darién cuando Naomi llevaba casi seis meses de embarazo y Rael, tres. No sabían lo que les esperaba, pero sentían que nada podía ser peor de lo que dejaban atrás.  

—No era lo que imaginábamos —dice Naomi en creole, su idioma natal.  

La noticia del cierre de fronteras para contener la transmisión del Covid-19 las intranquilizó: no podían seguir al norte. El embarazo avanzaba y no sabían cómo iban a hacer para parir en un pequeño poblado selvático, lejos de cualquier urbanización.  

—Jamás imaginamos que podíamos dar a luz antes de llegar a nuestro destino final —dice Rael, también morena y con trenzas de color naranja—. Nos contaron que una madre había dado a luz a mellizos durante el cruce de la selva y sin asistencia, y mi mamá se angustió mucho. 

Como ellas, Panamá ha recibido desde Colombia entre 2019 y 2020 una oleada de más de 30,000 migrantes originarios de países tan diversos como Haití, Bangladesh o Somalia. De ellos, 700 eran mujeres embarazadas y más de 5,600 niños, niñas y adolescentes decididos a aventurarse por el Darién para llegar, 3,500 kilómetros después, a Estados Unidos o Canadá.  

Antes del Covid-19, todos ellos permanecían entre cuatro y quince días en cada una de las dos Estaciones de Recepción Migratoria operadas por el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) y el Servicio Nacional de Migración (SNM): La Peñita y Bajo Chiquito, como parte de la operación “flujo controlado” del Gobierno panameño. Pero el cierre de fronteras dejó a 2,531 personas extracontinentales en Panamá por más de siete meses y hasta que el virus lo disponga. Entonces, el Gobierno abrió una nueva estación: Lajas Blancas. Las tres reciben a esas personas que llegan desahuciadas a instalarse en toldas que levan como pueden, bajo techos precarios compartidos, junto al humo de fogones y chitras, para vivir juntas al mismo tiempo que el virus avanza: un desafío de salud.   

Para hacer frente a la situación, brindar asistencia y acompañamiento a los migrantes y refugiados, UNICEF reforzó una serie de servicios esenciales junto a sus socios implementadores. De esta manera apoya los esfuerzos del país en temas de salud, provisión de agua, saneamiento e higiene, y protección. Junto a la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Cruz Roja Panameña, brinda asistencia médica en las tres ERM con una Unidad Móvil acondicionada con tres consultorios, que atiende entre 30 y 80 personas por día. Integrados al Ministerio de Salud de Panamá (Minsa), también monitorean a mujeres gestantes como Naomi y Rael, a través de controles prenatales, seguimiento de la evolución del embarazo, parto y post parto. 

UNIDAD DE SALUD
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta La Unidad Móvil de Salud en la ERM de LA Peñita en Darién ha iniciado los preparativos para atender a los pacientes que aguardan ser atendidos.
Franchette (una madre haitiana de 31 años)
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta Franchette (una madre haitiana de 31 años) recibe control post parto en la Unidad Móvil de Salud mientras su esposo carga al bebé.

En esa área trabaja Zulma Shakespeare, la licenciada en Enfermería encargada de identificar a las mujeres embarazadas, acompañarlas hasta el parto, y hacerles el seguimiento una vez nacidos los bebés. Cada día, luego de revisarlas, Zulma remite un informe al Minsa para que estén anuentes de la situación médica general de la zona y, particularmente, de la evolución de cada una de las madres gestantes con el objetivo de prever la coordinación de su traslado a una Sala de Maternidad cercana, cuando sea el momento, tal cual sucedió con Naomi y su hija adolescente Rael. 

Naomi comenzó con el trabajo de parto la última semana de junio y, enseguida, fue trasladada desde la ERM ubicada en zona rural al servicio de salud del pueblo más cercano, Metetí.. Tras unas horas de contracciones, dio a luz a Delaila, una bebé rozagante. Poco más de dos meses después, fue el turno de Rael, quien acompañada de su madre tuvo a su hijo Jhon.  Ambas se recuperaron enseguida y como habían participado de los talleres de lactancia materna que les brindo UNICEF y la Cruz Roja, estaban preparadas para lo que venía. Rael decidió dar el pecho a su bebé, dado que la leche materna no sólo alimenta a su hijo: lo protege de numerosas enfermedades, algo a lo que está expuesto en estos tiempos en una ERM sobrepoblada y en medio de una pandemia.   

Rael (16) amamanta a su hijo Jhon en Lajas Blancas, Darién, una ERM inaugurada en pandemia
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta Rael (16) amamanta a su hijo Jhon en Lajas Blancas, Darién, una ERM inaugurada en pandemia

No son las únicas que pasaron esas hazañas físicas y emocionales; hubo y hay más embarazadas cruzando el Darién. Una de ellas es Franchette, una mujer de 31 años, también haitiana, que hizo la travesía en septiembre de 2020 con su esposo y con 36 semanas de gestación. Ahora, lo cuenta a la sombra de un árbol junto a una de las calles de tierra de La Peñita, luego de haber sido atendida en la Unidad Móvil de Salud de la Cruz Roja: “Nuestros calzados se dañaron a los pocos días, y más de la mitad del trayecto lo caminamos descalzos”. Wilbert, el esposo, asiente y suplica: “Exhorto a todos aquellos que pretenden cruzar el Darién que no lo hagan. No pongan en riesgo sus vidas”. Los pies en carne viva y las otras heridas físicas no fueron lo peor: “Vimos como la corriente se llevaba a una madre con dos hijos pequeños en brazos”, cuenta Franchette, mientras sostiene a su bebé de cuatro días, que al igual que otros 85 bebés, ha nacido en las ERM en territorio panameño durante la pandemia. 

“La pandemia ha deteriorado la salud mental de la población migrante, en particular de las mujeres”, dice Margarita Sánchez, funcionaria de UNICEF en Darién. Antes del virus, no se habían registrado casos de estrés post traumático de la magnitud que se han visto durante estos últimos meses. Tampoco casos de esquizofrenia. Pero en 2020 derivaron a unos cuantos pacientes a otra ciudad, para que reciban atención especializada.  

Los oficiales gubernamentales reubican constantemente a los migrantes entre una ERM y otra. Naomi y Rael ya habían estado en dos, La Peñita y Bajo Chiquito, cuando, junto a sus bebés, fueron llevadas a Lajas Blancas, destinada principalmente para atender casos médicos que requieren mayor seguimiento por Covid-19.  

El primer caso positivo fue identificado el 2 de abril, por contagio de alguien que había viajado desde la ciudad de Panamá. UNICEF emitió la alerta al Sistema de Naciones Unidas en Panamá y transmitió las demandas expuestas por la población migrante de La Peñita luego de dos semanas de tensiones y protestas: necesidad de acceso a información sobre el cierre de fronteras y la situación mundial, insuficiente acceso a alimentos, necesidad de espacios para resguardarse de las lluvias, atención permanente de salud y protección.  

Franchette (31) recibe consejos en lactancia materna dentro de la Unidad Móvil de Salud.
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta Franchette (31) recibe consejos en lactancia materna dentro de la Unidad Móvil de Salud.
Naomi camina por el sector de cuarentena preventiva en Lajas Blancas, Darién.
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta Naomi camina por el sector de cuarentena preventiva en Lajas Blancas, Darién.

Las condiciones de hacinamiento con un sobre cupo hasta del 736 por ciento, avivaron conflictos e hicieron del distanciamiento social una medida imposible de aplicar. Así, se dificultaba el control del virus. Lo que hizo el Gobierno fue dividir en tres sectores bien diferenciados una ERM: un sector para los positivos, otro para sus contactos directos y, en el tercer sector, a aquellas personas recuperadas o en cuarentena preventiva. El brote afectó a funcionarios, a los residentes de los pueblos y a la población migrante, incluidos siete niños y niñas de entre 1 y 10 años. Para fines de junio, 199 personas migrantes se habían contagiado. De ellas, 192 habían logrado recuperarse y siete estaban en ese proceso.  

La alerta de UNICEF activó un llamado interagencial del Coordinador Residente al Estado Panameño sobre la situación en Darién. A raíz de la situación, se realizó una mesa de diálogo entre funcionarios del nivel nacional (Minsa, Servicio Nacional de Migración, Servicio Nacional de Fronteras, Gobernación) y siete representantes de la comunidad migrante; con acompañamiento de OIM y la Defensoría del Pueblo. Los acuerdos se centraron en habilitar otros espacios que permitan reducir las condiciones de hacinamiento y riesgo de contagio en las ERM: Lajas Blancas y San Vicente.  

Jhon, el bebé de Rael
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta Jhon, el bebé de Rael, recibe estimulación temprana por parte de una de las técnicas psicosociales de RET Américas, socio implementador de UNICEF en Darién.

Al igual que en todas las sociedades, la llegada del Covid-19 tomó por sorpresa, suspendió sueños, cambió rumbos, pero sobre todo azotó económica y emocionalmente a las poblaciones más vulnerables que, desprovistas de recursos y certezas, se vieron sumergidas en un espiral de frustración, angustia y desesperanza, agravadas por la ausencia de información y la barrera idiomática. Los rumores y teorías conspirativas locales están a la orden del día, alimentando la idea de que la pandemia no existe y que es una excusa del o los países de la región para interrumpir la movilización de migrantes.  

Lejos de esos comentarios, Naomi y Rael cumplen con la cuarentena preventiva en Lajas Blancas, aguardando ser trasladadas a San Vicente, la cuarta y recién inaugurada ERM darienita. San Vicente fue acondicionada con instalaciones nuevas, espacios habitacionales confortables, servicios de higiene suficientes y un amplio comedor techado, para una atender la demanda durante esta pandemia. Algunos días son visitadas por el equipo de RET Américas, otro de los socios de UNICEF, quien brinda a las familias de los recién nacidos orientaciones para hacer estimulación temprana, a través de juegos, canciones y sonidos en busca de que pese a las abruptas condiciones del entorno el desarrollo de los bebés no se vea truncado.  

Rael y Naomi descansan luego de los ejercicios de estimulación temprana realizados a sus bebés.
UNICEF Panamá/2020/ Urdaneta Rael y Naomi descansan luego de los ejercicios de estimulación temprana realizados a sus bebés.

Cerca del mediodía de este jueves, funcionarios de salud toman muestras de hisopado para la detección del SARS-CoV-2 a la larga fila de personas. Naomi y Rael conversan, descansan, sonríen y sueñan. Los temores y preocupaciones que cargaban en marzo, cuando llegaron al país, ya son cosa del pasado: sus bebés nacieron con asistencia, están bien de salud y ellas también, gracias al esfuerzo interagencial de Naciones Unidas en apoyo a las instituciones de Gobierno, y al equipo humano en campo de UNICEF, la Federación Internacional de la Cruz Roja, la Cruz Roja Panameña y RET Américas, que las han sabido acompañar, guiar y brindarles atención en circunstancias inimaginables.