En Bolivia, una línea gratuita busca prevenir la violencia en tiempos de pandemia

Familia Segura brinda atención psicológica desde el inicio de la pandemia de COVID-19

Autor Grover Cardozo - Edición Elisa Lieber
Salud mental pandemia COVID-19, psicología
UNICEF Bolivia/2020/Czajkowski
01 Abril 2021

Durante el confinamiento por el COVID-19, UNICEF apoyó la creación del centro de llamadas Familia Segura, una línea gratuita de información, escucha, contención y derivación, para prevenir y atender situaciones de violencia doméstica.

LA PAZ, Bolivia - María tiene 23 años y convive con la violencia desde que tiene memoria: “siempre ha habido maltrato en mí, mi papá tomaba, nos pegaba”. De adolescente se quedó en la calle, donde aprendió a delinquir y acabó en la cárcel. Pero éste no fue el final de su historia. Hace pocos meses, María fue liberada y regresó a casa con su esposo y dos hijas en las afueras de La Paz.

Tenía la ilusión de lograr algo importante con esta nueva oportunidad que le dio la vida, pero sus planes se vieron sacudidos cuando se confirmó el primer caso de COVID-19 en Bolivia. En marzo, las familias debieron aislarse y las calles quedaron vacías, poniendo en jaque sus ingresos como vendedora ambulante de golosinas.

La familia quedó confinada en una sala de 12 metros cuadrados que hace de dormitorio, recepción y cocina. Allí pasan los días con su pareja de 20 años y sus hijas de cinco y tres, además de dos sobrinas de 15 y 18 años, hijas de su hermana que aún está en la cárcel. Con la llegada de la pandemia, una situación familiar ya complicada se volvió mucho más tensa: “Con mis hijos soy un poco agresiva, les grito, a mi pareja también le grito, siempre discutimos y nunca frenamos”, relata María, cuyo nombre es ficticio para proteger su identidad.

Servicio especializado para brindar apoyo

En este contexto de violencia diaria, una amiga le habló de una línea gratuita (800-11-3040) a la que podía llamar para conseguir apoyo emocional. Así nació el vínculo de María con el programa Familia Segura, un centro de llamadas creado con apoyo de UNICEF en abril, para asistir a la población vulnerable durante la crisis desatada por la COVID-19. Desde que comenzó a operar el 1 de abril de 2020 se recibieron más de 32,379  llamadas y cerca del 40% fueron de niños, niñas y adolescentes.

Familia Segura linea telefónica de protección a la niñez, salud mental
UNICEF Bolivia/2020/Czajkowski
Salud mental pandemia COVID-19, psicología
UNICEF Bolivia/2020/Czajkowski

La línea pone a disposición de las familias un equipo de unos 30 psicólogos y psiquiatras voluntarios que brindan recursos y seguimiento para preservar la salud mental en tiempos de incertidumbre y prevenir la violencia física y psicológica. “Es un servicio de psicoeducación, de consejería a padres, educadores y cuidadores, pero también una orientación a cualquier persona que lo esté necesitando durante la pandemia”, explicó Virginia Pérez, jefa del Sistema de Protección a la Familia de UNICEF Bolivia, que se alió para lanzar este programa con la Fuerza Especial de Lucha Contra la Violencia de la Policía de Bolivia y el Colegio Departamental de Psicólogos de La Paz, entre otras instituciones.

La crisis del coronavirus golpeó la economía de los hogares bolivianos, confinó a las familias en sus casas y redujo los servicios públicos de protección a su mínima expresión en un país que ya sufría altos índices de maltrato: según datos citados por el Banco Mundial, 58,5% de las bolivianas reporta haber sufrido violencia física o sexual de parte de una pareja alguna vez en la vida, la mayor prevalencia de la región. En paralelo, muchos programas de prevención de la violencia fueron suspendidos durante el confinamiento, y las Defensorías de la Niñez y Adolescencia trabajan con equipos de emergencia reducidos.

El centro funciona las 24 horas y recibe llamadas de todo el país, no sólo en castellano, sino también en quechua y aimara. Si bien comenzó como un servicio de escucha e información, incorporó expertos en infancia y adolescencia y, si los casos ameritan un seguimiento psicológico más profundo, son derivados a un equipo de profesionales de la Universidad Católica Boliviana y la Unidad de Salud Mental del Hospital de Clínicas. Además, cuando ingresa una llamada por un caso de violencia hacia menores de edad, automáticamente se deriva a la Policía o las Defensorías de la Niñez y Adolescencia para que den una respuesta inmediata.

“Yo ya no quiero ser violento”

Los voluntarios atienden muchos casos de violencia psicológica y de castigos físicos contra menores, en un ambiente donde los niños no tienen un espacio para recrearse y donde los padres y madres sufren angustia y estrés por la crisis sanitaria y económica. A esto se suman denuncias de violencia sexual, en un contexto en el que las víctimas tienen menos capacidad de reportar los delitos. En ocasiones, son los propios niños quienes llaman a la línea.

Desde hace cuatro meses, la psicóloga Georgina Romero es la coordinadora del servicio de Familia Segura, un trabajo que inició de forma voluntaria y que siguió realizando de forma remota pese a contraer coronavirus. “A partir de haber enfermado de COVID-19 puedo entender a las personas que nos llaman y nos dicen qué es lo que sienten, porque yo he podido sentir y palparlo de frente”, reflexiona.

Mientras juega con un títere, realiza una terapia a distancia con una de las hijas de María. “Se está trabajando con todo el núcleo familiar, no solamente con la mamá, el papá, inclusive con los hijos”, explica. “Los pasos más grandes que está dando con el proceso terapéutico es, primero, que han aceptado que necesitan ayuda. Segundo, ambos padres han tomado la decisión de querer cambiar y lo están haciendo, no solo por ellos sino por sus hijos”.

Familia Segura linea telefónica de protección a la niñez, salud mental
UNICEF Bolivia/2020/Czajkowski

Después de cuatro meses de trabajo, la familia asegura que los resultados son palpables. “Yo ya no quiero ser violento”, dice Fernando, pareja de María. “Familia Segura de UNICEF nos ha ayudado más que todo a no pelear, porque a mis hijas a veces les hago un poco de daño al gritar”. “Se me ha abierto un camino que de eso (la violencia) lo puedo remediar”, agrega María. “Sentirme bien y que se sienta bien mi familia y que seamos alegres”, concluye, con la esperanza de esta terapia le permita brindarle otro futuro a sus hijas.

 

Fernando y María