Las víctimas invisibles del conflicto

Niños y niñas lo dicen alto y claro: “ya es hora de que respeten nuestros derechos”.

Rafael Ramírez Mesec
Bolivia_desfile escolar
Bolivia.com/2019
24 Noviembre 2019

Se cumplen 30 años de la Convención de los Derechos del Niño, el acuerdo de Naciones Unidas más ratificado del mundo, en el que los países se comprometen con el interés superior del niño, la no discriminación, el derecho a la vida, la supervivencia y el desarrollo, y el respeto a los puntos de vista del niño. Mientras en Bolivia cerca de 4 millones de niñas, niños y adolescentes no asistieron a clases en las últimas semanas, tampoco accedieron al desayuno escolar; en la ciudad de El Alto se destruyeron cuatro Defensorías de la Niñez y Adolescencia dejando a 313 mil sin servicios de protección; y más de 960 mil niñas, niños y adolescentes han sido expuestos a diversos grados de violencia que está afectando su salud emocional.

Este aniversario era un momento para celebrar lo avanzado y recordar los retos que tiene Bolivia con sus niños, niñas y adolescentes. Lamentablemente, el país está viviendo momentos muy difíciles y se está olvidando de los más vulnerables. Día tras día, los niños son testigos de la violencia a través de las redes sociales, los medios de comunicación o de lo que vive su familia en esta coyuntura, mientras los adultos no nos detenemos a pensar en que estamos enseñando a nuestros hijos.

Durante los últimos 30 años, Bolivia ha elevado a grado constitucional el garantizar la protección de sus niños, niñas y adolescentes y ha modificado su marco legal en tres oportunidades: la primera en 1992 con la promulgación del Código del Menor, luego en 1999 con el Código Niño, Niña y Adolescente, y finalmente en 2014 cuando el país dio un enorme salto cualitativo que, con algunas sombras, es el reflejo de la Convención sobre los Derechos del Niño.

En cuanto al principio de no discriminación, el Estado boliviano lo ha establecido tanto en su Constitución como en el Código de 2014, pero si bien rompe con la doctrina de la situación irregular sustituyendo el paradigma tutelar por la doctrina de la protección integral, para este nuevo modelo solo existen dos categorías de niños, niñas y adolescentes: los que tienen garantizados sus derechos y los que no los tienen.

El derecho a la vida, supervivencia y desarrollo muestra evidentes progresos durante los últimos treinta años. En 1989 la mortalidad de los menores de 5 años quintuplicaba la de 2016 y la cuadruplicaba en menores de 1 año. La atención del parto por personal calificado se incrementó en 114%. El número de alumnos de primaria aumentó en más de 300.000.

Bolivia no contaba con seguros de maternidad y niñez; entre 1993 y 1996 se creó el “Plan Vida” para reducir la mortalidad materna y perinatal. En 1996, se crea el Seguro Nacional de Maternidad y Niñez (SNMN). Para 2016, el índice de mortalidad neonatal fue de quince fallecidos por cada mil nacidos vivos, el Bono “Juana Azurduy” contribuye también a esta reducción. La mortalidad infantil bajó de 88 a 24 por cada mil nacidos vivos (EDSA 2018).  Con la Reforma Educativa de 1994 se inició la educación intercultural bilingüe, ya que antes la educación solamente se impartía en español. Mientras que en el año 2000 el promedio de escolaridad era 7,7 años, para 2014 llegó a 9,1 años. Es importante el estímulo a la permanencia de los estudiantes en el sistema educativo que significa el Bono Juancito Pinto.

Sin embargo, los desafíos le restan luz a todo lo que Bolivia ha avanzado; entre ellos están la medición de la calidad educativa, la prevención y atención de la violencia y la explotación contra la niñez y adolescencia, el desarrollo integral de la primera infancia y la prevención del embarazo adolescente.

Los últimos meses han estado marcados por la movilización de jóvenes exigiendo con fuerza y pasión su derecho a hacer escuchar su voz y participar directamente en las decisiones que les afectan.  Sin duda estos jóvenes son los niños, niñas y adolescentes que han crecido a la luz de la Convención y ahora nos muestran su fuerza motora para impulsar cambios que les aseguren mejores y más oportunidades para el desarrollo de su potencial.

La sensación de inconformidad de los adolescentes está presente, sienten que no los escuchamos, que no los dejamos participar en foros apropiados, y sienten que sus futuros son inciertos.

Urge priorizar en todo momento a la niñez para que esta nueva generación esté presente en los cambios sociales y políticos del país, pero también necesitan que los adultos muestren una cultura de dialogo y paz para resolver los problemas que nos afectan a todos.

Artículo publicado en el periódico La Razón el 23 de noviembre de 2019.