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para cada niño | seguridad digital

Si bien internet ha descubierto a los niños todo un mundo para explorar, también ha facilitado a los acosadores, agresores sexuales, traficantes y abusadores la tarea de encontrarlos.

Un país especialmente conectado es Malasia. En más de 7 de cada 10 hogares hay acceso a internet, y la proporción crece rápidamente. Además, el país registra una de las tasas más altas de “nativos digitales” del mundo: jóvenes de entre 15 y 24 años que llevan, como mínimo, cinco años utilizando internet de forma activa.
En Malasia, los padres, los profesores, los encargados de formular políticas y el sistema de justicia, se enfrentan a una dificultad creciente para controlar los numerosos peligros a los que se exponen los niños en la red.
Una organización combatió a los depredadores sexuales utilizando la tecnología de la que se servían para ponerla en su contra: publicaron una denuncia masiva para captar la atención de los medios. La denuncia fue un catalizador que impulsó un cambio nacional. Y para cualquier adolescente conectado, sería un estímulo para el activismo.
“Tienes que aprender a confiar en los demás. Yo puedo enseñarte”.
“Lo haremos solo si tú quieres”.
“Me acosté con una niña de secundaria y seguimos siendo amigos”.
Palabras para ganarse la confianza. Provienen de la boca de hombres adultos que tratan de convencer a niñas de que mantengan relaciones sexuales con ellos, sabiendo que son menores de edad.
Quedaron registradas en cinta en Kuala Lumpur, Malasia, como parte de una investigación encubierta que duró meses, conocida como ‘Predator in my Phone’ (“Un depredador en mi teléfono”) y llevada a cabo por un medio de comunicación llamado R.AGE. Cuando comenzó la investigación, los jóvenes periodistas no podían imaginar que ayudarían a liderar un movimiento para la creación de la primera ley nacional de Malasia contra la captación de niños por internet con fines sexuales.
Periodista de R.AGE Malasia

Un depredador en mi teléfono

Comenzó hace un año, cuando los periodistas de R.AGE se enteraron de que unos hombres habían abusado de niñas menores de edad mediante unas aplicaciones populares de mensajería móvil. Entonces decidieron enviar a dos reporteras encubiertas que se hicieron pasar por adolescentes de 15 años en la aplicación. Habilitaron la opción de “gente cerca de aquí” y se pusieron a conversar con una serie de desconocidos, todos ellos en un radio de unos 100 metros.
Instantáneamente, varios hombres les escribieron proponiéndoles tener relaciones sexuales: en total, recibieron 70 mensajes. Algunos les enviaron fotografías y mensajes gráficos de inmediato, pero otros trataron de entablar confianza con ellas. Esos hombres, según contó una reportera, eran los más perturbadores. Fueron muy meticulosos, pasaron varios días enviando mensajes antes de proponer un encuentro. Muchos se presentaban como personas atentas y paternales. Todos tranquilizaban a sus futuras víctimas diciéndoles que lo que estaban haciendo era normal.
A medida que la correspondencia continuó, los hombres comenzaron a presionar a las jóvenes para concertar citas, a lo cual las reporteras accedieron. Estos encuentros en persona fueron desagradables, por decirlo de forma suave: los hombres trataban cuidadosamente de convencer a las jóvenes de quedar con ellos en privado, a lo que ellas reaccionaban con incomodidad, vacilación y negativas rotundas.
Inpographic Malasia
R.AGE grabó en secreto los encuentros con el objetivo de demandar judicialmente a los hombres. Sin embargo, pese a trabajar con la policía, era difícil recabar pruebas suficientes para culpar a los acosadores. Las leyes que contemplaban los delitos sexuales contra niños en Malasia no comprendían cláusulas sobre la captación por internet con fines sexuales de niños de entre 15 y 18 años. Técnicamente, lo que esos hombres estaban haciendo era legal.
Con el fin de reunir apoyos públicos para crear nuevas leyes sobre delitos sexuales contra los niños, UNICEF se unió a R.AGE como aliado para la campaña “Un depredador en mi teléfono”. Las dos organizaciones, junto con otras ONG locales, celebraron encuentros con padres y niños en el ayuntamiento para hablar de sus experiencias con los peligros de la red.
En apoyo de un impulso legislativo por parte del Ministro de Derecho de Malasia, los periodistas utilizaron las redes sociales para presionar a los Miembros del Parlamento uno por uno, bajo el hashtag #MPsAgainstPredators (el Parlamento de Malasia contra los acosadores).
Y funcionó. En abril de 2017, el Parlamento de Malasia aprobó la histórica Ley de delitos sexuales contra los niños, que aborda la captación de niños por internet con fines sexuales, la prostitución infantil, los delitos de agresión sexual física y de otra índole y el abuso de las situaciones de confianza. El primer ministro también prometió su apoyo y ayudó a establecer un tribunal penal especial para escuchar casos de delitos sexuales infantiles.
Video

Un efecto dominó

La campaña “Un depredador en mi teléfono” fue un ejemplo de cómo sacar partido a la conectividad para lograr un cambio en pro de los niños. Además de la cantidad de niños que la nueva ley salvará de la victimización, la campaña ha llegado a una serie de jóvenes que ya habían experimentado los peligros de conectarse.
Algunos de ellos han compartido sus historias en el grupo de Facebook de R.AGE como parte de un esfuerzo más amplio para combatir la costumbre que hay en Malasia de culpar a la víctima. Otros, como Angeline Chong, de 17 años, se sintieron inspirados para tomar medidas.
Nacida y criada en Kuala Lumpur, Angeline se parece a la mayoría de los adolescentes que viven en el centro urbano de Malasia: la tecnología es la protagonista de su vida.
Cuando conoció la historia de “Un depredador en mi teléfono” se quedó atónita. “Me resultó espeluznante saber que jóvenes como yo, de mi edad, de verdad pasan por eso”, asegura. “No sabía que podía pasarle algo así a las adolescentes como yo”.
Aunque la historia le impactó, sí que conocía los peligros de crecer conectados porque también los había experimentado.

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Una niña sonríe sentada en un escritorio, Malasia

De amigo a ciberacosador

Cuando Angeline tenía 14 años, un malentendido entre ella y un amigo por un proyecto de la escuela se convirtió en un asunto más doloroso.
“Empezó a publicar cosas horribles sobre mí en internet”, cuenta, refiriéndose a su amigo. “Yo intentaba no molestarme, pero al final sí te preocupas”.
Unas semanas después, muchos de sus amigos de la escuela comenzaron a ignorarla, se negaban a sentarse con ella en clase y la excluían del grupo. El efecto fue vertiginoso. 
Conforme iba perdiendo a sus amigos y la bombardeaban con mensajes de burla (a veces, hasta 10 al día), Angeline empezó a pensar que tal vez ella era el problema.
“Le daba tanta importancia que hice varias capturas de pantalla y las guardé en Google drive. Solo trataba de recordarme a mí misma lo mala persona que era para poder mejorar. Estaba convencida de que, si una persona está contra ti, puede ser un malentendido; pero si todo un grupo está contra ti, entonces es que tal vez has hecho algo mal”.
Angeline atribuye a su padre el mérito de haberla ayudado a superar lo peor. Finalmente, el acoso cesó, y ella incluso se reconcilió con su amigo.
Sin embargo, Angeline asegura que la experiencia la cambió. “No se puede retirar lo que se ha dicho o lo que se ha publicado en línea”, dice. “Me di cuenta de lo mucho que una palabra puede herir a una persona”.
Una niña trabaja en su portátil desde su cama, Malasia
Angeline Chong, de 17 años, usa su computadora portátil y su teléfono celular para estudiar en su casa en Kuala Lumpur, Malasia

Una generación de activistas digitales

El año pasado, cuando vio la historia de “Un depredador en mi teléfono” en Facebook, Angelina se emocionó profundamente por la atención que la campaña prestaba a los peligros de estar conectados. Además, se sintió inspirada por el modo en que el activismo digital podía usarse en contra de los peligros digitales a fin de generar un cambio a nivel nacional.
De ese modo, decidió unirse al programa BRATs de R.AGE, un taller en el que los adolescentes aprenden un poco de todo, desde la ética en el periodismo hasta denuncias en redes sociales, aptitudes para entrevistar y edición de vídeos.
“Me di cuenta de que esta es una forma distinta de periodismo”, afirma. “Sentí que me ayudaría a crecer”.
Tanto R.AGE como BRATs son ejemplos de lo conectados que están los jóvenes de Malasia, que utilizan las redes sociales y la tecnología digital para amplificar sus voces y buscar soluciones a los problemas que hay en sus comunidades.
Aunque internet ha aumentado los peligros a los que se enfrentan los jóvenes, también se ha convertido en un gran democratizador que da voz y voto a grupos que, de otra forma, no podrían expresarse.
“Lo mejor de ‘Un depredador en mi teléfono’ es que nos brindó fe y esperanza”, asegura Angeline. “Es una demostración de que el periodismo realmente puede cambiar el mundo y convertirlo en un lugar mejor”.

UNICEF en Malasia

En Malasia, el 40% de los usuarios de internet son niños y jóvenes menores de 24 años. Hay personas con malas intenciones que pueden acercarse a los niños mediante perfiles desprotegidos de redes sociales, aplicaciones de mensajería o foros de juegos en línea. La mayor encuesta nacional sobre la ciberseguridad de los niños en edad escolar llevada a cabo en Malasia revela que más del 70% de los niños denuncian ser víctimas de hostigamiento en línea, mientras que un 26% ha sufrido ciberacoso.
En la actualidad, UNICEF se encuentra en un comité de trabajo con el gobierno dedicado a redactar directrices para manejar de manera adecuada los casos de delitos sexuales contra niños. Además, está trabajando con R.AGE y otros aliados para educar a los niños del país acerca de asuntos de seguridad en la red, desde las citas en línea hasta la violencia sexual.
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