Capítulo 2

Una oportunidad para aprender

Los progresos relacionados con la ampliación del acceso a la enseñanza se han estancado. Si no tomamos medidas ahora, más de 60 millones de niños en edad de asistir a la escuela primaria estarán desescolarizados en 2030, y más de la mitad vivirán en África subsahariana.

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A sus 15 años, Muhammad Modu se mantiene recogiendo basura en Maiduguri, Nigeria.
 

Al pie de la carretera que atraviesa el mercado Mairi Garage, en Maiduguri, Nigeria, hay un basurero cercado donde trabaja arduamente Muhammad Modu, de 15 años.

Con una rama de unos 30 centímetros de largo, Muhammad revuelca las basuras humeantes. Bajo los fuertes rayos del sol, siente como si sus chanclas de plástico y su cuerpo se estuvieran quemando. Pero la peor parte, dice, es esperar la llegada de la basura. Nunca se sabe si se encontrará lo suficiente para que la espera valga la pena. Luego de trabajar entre dos y tres días, Muhammad reúne el material suficiente para venderlo por N150 o N200, el equivalente a 0,75 centavos de dólar o 1 dólar.

Entre los tesoros que encuentra –botellas de plástico y chatarra– de vez en cuando descubre artículos que lo cautivan, incluso si no los puede vender. Sus favoritos son los libros. “Me impresionan mucho las fotografías de niños en la escuela o jugando fútbol”, explica.

Muhammad era como los niños de las fotografías. Pero eso cambió hace dos años, cuando Boko Haram saqueó su aldea y su familia tuvo que huir al monte.

Hoy, Muhammad es uno de los aproximadamente 124 millones de niños y adolescentes desescolarizados en todo el mundo.

También es uno de los 75 millones de niños que, según se calcula, han tenido que interrumpir su educación a causa de las crisis. Las emergencias complejas y las crisis prolongadas –provocadas por conflictos violentos; desastres naturales, incluyendo los que se asocian con el cambio climático; y epidemias– no solo interrumpen temporalmente las vidas de los niños y su asistencia a la escuela. También pueden acabar definitivamente con sus esperanzas de tener una educación.

 

“Yo soñaba con ser soldado o algo parecido. Pero como ya no estoy en la escuela, no sé qué podré ser en el futuro”. – Muhammad Modu, 15 años



Mudarse a la relativa seguridad de Maiduguri no ha facilitado las cosas a la familia de Muhammad. Ellos perdieron todo cuando huyeron. Y aunque la enseñanza es gratuita en las escuelas del Gobierno, Muhammad apenas logra pagar su desayuno. Si a esto se agregan los gastos por concepto de uniforme, suministros escolares y transporte, ir a la escuela es imposible.

 

 

Gráfico sobre educación, Estado Mundial de la Infancia 2016

Incluso antes de que el conflicto violento obligara a Muhammad a dejar la escuela, el sistema educativo de su país no le proporcionaba el aprendizaje que necesitaba. Educar a un niño no se trata, simplemente, de que pueda asistir a la escuela. Lo que cuenta es el aprendizaje, y Muhammad, a pesar de todo el tiempo que pasó en la escuela, no puede leer los libros que encuentra en el vertedero de basura.

Evaluaciones mundiales indican que demasiados niños y niñas no están obteniendo los conocimientos y las destrezas que necesitan. Según una estimación de 2013, casi 250 millones de niños en edad de asistir a la escuela primaria –más de un tercio de los 650 millones en este grupo de edad– no dominan las aptitudes básicas de lectura, escritura y aritmética. Esta es la situación de unos 130 millones de niños que, no obstante, han asistido a la escuela al menos cuatro años.

Sin estos conocimientos básicos, los niños no logran una oportunidad justa en la vida. Una educación de calidad abre puertas a trabajos gratificantes, productivos y generadores de ingresos; es decir, la clase de trabajos que pueden sacar a la gente de la pobreza.

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Tolu Olatunji, de 11 años, hace su tarea escolar en su habitación, en Abuja, Nigeria. Tolu quiere ser ingeniero aeronáutico cuando sea grande.

Pero no todos los niños tienen las mismas oportunidades de estudiar, permanecer en la escuela y adquirir los conocimientos que necesitan. Y las disparidades no son fruto del azar. Datos de todo el mundo muestran que las oportunidades que tienen los niños de obtener una educación de calidad son menores si provienen de familias pobres, viven en zonas rurales apartadas, son niñas, sufren de alguna discapacidad, pertenecen a grupos étnicos o raciales que la sociedad discrimina, o si, al igual que Muhammad, viven en zonas afectadas por crisis. Cuando estos factores se superponen, las privaciones son aún más extremas. Por ejemplo, las niñas más pobres del medio rural del Pakistán asisten a la escuela medio año menos, como promedio, que las niñas más pobres del medio urbano, según datos de 2013.

En Nigeria, las disparidades comienzan temprano en la vida y se intensifican a medida que los niños crecen.

De acuerdo con datos de 2013, menos de un tercio de los niños pobres de Nigeria de 15 a 17 años de edad habían ingresado a la escuela primaria en el momento oportuno, en tanto que casi todos los niños de los hogares más pudientes habían empezado la escolaridad en el momento adecuado. En todos los niveles de la enseñanza, la deserción escolar es mayor entre los niños pobres.

Cuando los niños abandonan el estudio, disminuyen sus posibilidades de salir de la pobreza y de superar su situación de desventaja. Luchan para mantenerse, atrapados en empleos poco cualificados, inseguros y mal pagados. Y no pueden sino transmitir a sus propios hijos las privaciones y desventajas que les impidieron alcanzar su pleno potencial, lo que perpetúa el círculo de la desigualdad.

 

 

Una oportunidad para los niños desplazados internos

En el campamento de Dalori para desplazados internos, ubicado en las afueras de Maiduguri, las cosas han cambiado sustancialmente. Allí viven unas 20.000 personas –la mayoría de la zona gubernamental local de Bama– y muchos de los niños más pobres tienen la oportunidad de asistir a la escuela por primera vez. Antes de llegar al campamento, muchos de esos niños, en su mayoría pertenecientes a comunidades de granjeros, estaban acostumbrados a pasar sus días trabajando en el campo.

Yafati Sanda es la directora de la escuela del campamento. Todas las mañanas recorre las aulas llevando una gran cantidad de carpetas azules para verificar que todo marche correctamente: que los maestros y maestras estén dictando clase, que se haya tomado la asistencia, que los cuadernos de los estudiantes estén al día y que sus morrales estén limpios.

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En Maiduguri, Nigeria, la directora de una escuela de UNICEF para niños desplazados internos, Yafati Sanda, revisa los cuadernos de los estudiantes.

La directora empieza por Preprimaria 1. Aunque al menos 100 bulliciosos chiquillos están apiñados en una tienda de campaña, sus maestras logran mantener un perfecto control. Sentados ordenadamente en bancos para cinco niños, difícilmente contienen su emoción mientras recitan versos infantiles.

Satisfecha, Yafati continúa su recorrido. Ahora es el turno de Primaria 1A. “Buenos días, tía”, la saludan los niños al unísono. “¿Cómo están?” les responde la directora. “Estamos bien, gracias”, contestan los niños. Hoy están aprendiendo las partes del cuerpo en inglés. Yafati revisa el registro escolar, recuerda a la maestra hacer el llamado a lista y se dirige a la siguiente clase.

Cuando llega a Primaria 2A, el aula es un caos. Son las 9:30 de la mañana y la jornada escolar ha debido comenzar hace una hora y media, pero la maestra no ha llegado. Aunque por lo general está llena de energía, en ese momento Yafati se siente descorazonada. Aun cuando hay 134 docentes para los 24 salones de clase, lograr que se presenten a trabajar es una lucha constante. “Estos niños vienen desde sus hogares todas las mañanas para estudiar. Sus padres piensan que están aprendiendo algo... Pero ¿cómo van a aprender si el docente no llega?” Moviendo la cabeza con un gesto de incredulidad, dice: “Esto no me gusta”.

 

 

En mayo de 2015, cuando Yafati empezó a trabajar en esta escuela como voluntaria, había solamente 30 estudiantes. Uno de los primeros retos consistió en convencer a los progenitores de enviar a sus hijos a la escuela.

 

 

“Los padres no conocen la importancia de la educación”, explica. Así, pues, la escuela puso en marcha una campaña para promover la matriculación, especialmente de las niñas. “¿Necesita una médica para atender a su esposa?”, se leía en afiches colocados en las paredes de la escuela. “Mande a su hija a la escuela”.

 

 

Actualmente hay unos 8.000 estudiantes matriculados en la escuela, pero muchos no asisten. Pasan las mañanas haciendo fila para recoger agua –filas que en ocasiones llegan a las 1.000 personas. Buscando solucionar este problema, se han creado incentivos; por ejemplo, la escuela provee ahora el almuerzo, y artículos para el hogar, como detergente, también se distribuyen allí.

 

Sin embargo, el ausentismo de los docentes es un problema que Yafati no ha podido resolver. Aparte de la labor habitual de supervisión, no es mucho lo que puede hacer para que asistan a su trabajo. Los docentes reciben su salario de la zona gubernamental local independientemente de si se presentan a trabajar o no. Pero no es solo por falta de responsabilidad; ocurre que muchos no pueden costear el transporte hasta el campamento. Al igual que Yafati, viven en la ciudad, donde el costo de vida es exponencialmente más alto que en sus lugares anteriores de residencia.

Con solo 14 tiendas de campaña y 12 aulas móviles, la escuela no dispone de suficiente espacio para todos los 8.000 alumnos. Muchos sistemas escolares han enfrentado este problema estableciendo turnos dobles: la mitad de los estudiantes asisten a la escuela por la mañana y la otra mitad, por la tarde.

Brindar educación a 8.000 niños y niñas desplazados –pagar a los maestros, contar con suficiente espacio para las clases, y conseguir los materiales necesarios para la enseñanza y el aprendizaje– exige más que los esfuerzos heroicos de una persona dedicada y con recursos como Yafati. Requiere dinero y también políticas que prioricen las necesidades de los niños y las niñas más vulnerables, tanto en tiempos de crisis como en tiempos normales.

No obstante, la educación representa una pequeña proporción de las solicitudes de asistencia humanitaria, y solo una pequeña fracción de esas solicitudes recibe financiación. Menos del 2% de los fondos que se recaudan gracias a los llamamientos humanitarios se destinan a la educación. Aparte de financiación, educar niños en contextos de emergencia exige replantear la relación entre las actividades humanitarias y de desarrollo. Las crisis actuales, cada vez más prolongadas, obligan a responder con celeridad y a hallar soluciones a largo plazo. Los sistemas educativos deben estar preparados incluso antes de desencadenarse las crisis, fomentando la resiliencia de las escuelas, los docentes, los estudiantes y las comunidades donde viven, para que puedan hacer frente a las conmociones y recuperarse nuevamente.

 

 

 

Invertir en educación reporta dividendos

En los próximos 15 años, la población mundial de 15 a 24 años aumentará casi en 100 millones de personas. La mayoría de estos jóvenes vivirán en Asia y África. Ellos serán los padres y las madres que educarán a los niños del mañana, los trabajadores que harán funcionar la economía mundial y los dirigentes que determinarán en qué clase de mundo viviremos.

 

 

Hoy, ellos son niños. Necesitan urgentemente la educación de calidad a la cual tienen derecho, y el mundo necesita urgentemente que cada uno de esos niños y niñas obtenga esa clase de educación.

 

 

Como promedio, cada año adicional de educación que recibe un niño incrementa las ganancias futuras en cerca del 10%. Cada año adicional que un país logra mantener a sus niños en la escuela puede reducir la tasa de pobreza nacional en un 9%. Los países más pobres obtienen los mayores rendimientos.

El aprendizaje también marca una verdadera diferencia. Si todos los niños que nacen hoy en países de ingresos medianos bajos adquieren las aptitudes básicas de lectura y matemáticas, el PIB de sus países podría aumentar 13 veces en el transcurso de sus vidas. Lograr que todos los niños y las niñas adquieran estas aptitudes también crearía las condiciones para alcanzar patrones de crecimiento más equitativos, al tiempo que aumentaría el tamaño de la economía y se reduciría la pobreza.

Si todos los niños y las niñas tienen la oportunidad de llegar a la edad adulta con los conocimientos necesarios para asegurar sus medios de subsistencia y participar plenamente en la sociedad, las economías y las sociedades se transformarían.



Capítulo 3:

Una oportunidad para soñar